domingo, 26 de septiembre de 2010

La pederastia en la Iglesia (II)

En la entrada anterior inicié el tema pero no pude acabar de comentarlo todo. Es muy complejo.
En primer lugar, me gustaría abordar el problema en sí mismo: ¿Es cierto que hay muchos pederastas en la Iglesia? Pues yo les diría y no me equivoco, que hay poquísimos, muchos menos que en otros colectivos. Hay y ha habido algún caso muy sonado y, por ser miembro de la Iglesia, el escándalo ha saltado libremente. Y es normal. Porque una institución que se dedica a moralizar a los demás no puede consentir en sus filas este tipo de comportamientos y mucho menos taparlos sin tratar de corregirlos o, al menos, controlarlos.
Lo que en algún caso existe en la Iglesia es la efebofilia; es decir, sacerdotes que se interesan sexualmente por adolescentes, y eso puede constituir o no un delito de estupro dependiendo del consentimiento del menor. Por eso les hice la distinción entre el verdadero pederasta y el efebófilo.
¿Y cuál es la causa de que de los casos de estupro que se destapan en la iglesia, el mayor porcentaje corresponde a relaciones homosexuales, en una proporción casi inversamente proporcional a lo que ocurre en la sociedad civil? ¿Por qué pasa esto? Bueno, pues D. B. Cozzens (The Changing face of the Priesthood, Liturgical Press, Collegeville MN 2000) que ha realizado un estudio muy serio e imparcial, dice que está comprobado que en USA, al menos un 50% de seminaristas y sacerdotes son homosexuales. En Europa, la cosa no debe ir a la zaga pues las noticias que de vez en cuando aparecen en los medios de comunicación así lo indican: los estudios de Pepe Rodríguez sobre “La Vida Sexual del Clero”, un estudio de campo que se comenzó en Roma y no se acabó por presiones del Vaticano, la noticia que publicó El Mundo recogiendo el reportaje de investigación de la revista Panorama sobre “Las noches locas del clero homosexual en Roma”, y otras investigaciones realizadas directamente por mí. Sé que habrá lectores a los que escandalizaré con estos datos pero les aseguro que no hay causa para ello y que los que están “dentro” saben que digo la verdad.
Lógicamente, si el porcentaje de homosexuales en las filas de la  Iglesia católica es prácticamente igual al de heterosexuales ¿por qué aparecen, entonces, más casos de efebofilia que de ninfofilia? En buena ley y guardando las proporciones deberían salir los mismos ¿o no?
La causa que se me ocurre es que las razones que llevan a un hombre creyente a ordenarse pueden ser diversas y en ellas debe estar el secreto. Podemos distinguir cuatro grupos:
1.- Los que tienen una personalidad madura y son capaces de entender, en toda su dimensión lo que significa y exige la ordenación sacerdotal. Da igual que sean homo que hetero puesto que saben que tendrán que permanecer castos. Son personas que tratarán de llenar su vida con la entrega a los demás y a Dios. Orarán. Y aceptarán su celibato de una forma libre y sabiendo lo que hacen, ofreciéndola a mayor gloria de Dios. Eso no significa que no puedan enamorarse de alguien y tengan que poner tierra de por medio para evitar apartarse de la senda que han elegido. O que algún día tengan un tropezón que, como un error que es, encontrará su salida en la confesión con el firme propósito de no volver a caer. Aunque luego no se pueda. Son hombres y, por lo tanto, frágiles ante las tentaciones.
Por eso a mí no me gustó nada la Instrucción sobre los criterios del discernimiento vocacional en relación con las personas de tendencias homosexuales antes de su admisión al Seminario y a las Órdenes Sagradas, aprobada por el Papa Benedicto XVI en 31-agosto-05. Y no me gusta porque no es justo que a los gays se les niegue el ingreso en un seminario o no se les ordene. Esto es tanto como equiparar a un homosexual con un indeseable. Y no es verdad. Hay sacerdotes homosexuales mucho más dignos y con más vocación de servicio que otros heterosexuales. ¿Por qué pues dejarlos fuera solo por su orientación sexual? Si deben cumplir el celibato ¿qué más da su orientación sexual en la abstención?
Este grupo de jóvenes que se ordena sabiendo lo que hace es el más numeroso pero, como hacer lo que uno debe y portarse bien nunca llama la atención de nadie, no salen en los periódicos a pesar de realizar una buena labor.
2.- Los jóvenes creyentes pero inmaduros que, sin saber exactamente las obligaciones que asumen, se lanzan al sacerdocio. Entre ellos estoy seguro que habrá muchos gays que siendo muy religiosos y queriendo hacer caso a lo que manda el catecismo de la Iglesia Católica (que dice que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados) ven como una solución a su problema el ordenarse de presbíteros ya que no pueden evitar su tendencia y el catecismo les condena a la castidad perpetua. Así hacen de la necesidad virtud y se entregan a Dios. Pero esa entrega es como la de la monja que ingresa en el convento únicamente por un desengaño amoroso; basada en unas premisas erróneas. El ingresar al sacerdocio no les vacuna contra sus tendencias y apetencias y, una vez ordenados (y a veces antes) se dan cuenta de que no pueden cumplir lo que prometieron. Los más valientes reconocen su error y se secularizan. De éstos unos suelen casarse y otros inician o continúan una relación homosexual de pareja. Los demás se quedan en la Iglesia: unos porque ya tienen la vida resuelta y ponerse a buscar trabajo entonces es duro, otros porque no tienen una pareja estable y van picando de flor en flor y eso lo pueden hacer igual dentro que fuera. Suelen ser sacerdotes que invierten poco tiempo en rezar y que no han comprendido el celibato como un instrumento para mejorar su entrega a Dios y a los hermanos; es decir, que en realidad no tienen vocación sacerdotal. Son los que dan algún que otro escándalo porque se les ve por bares de ambiente o discotecas gays o con alguna mujer en una actitud nada equívoca y siempre hay alguien que conocen y a quien se tropiezan. Hay que tener en cuenta que, en esta vida, lo que no se sabe es lo que no se hace.
Quizá en este grupo, hay algunos a los que la presión social y la inmadurez llegan a tal punto que no sabiendo encomendarse a Dios, y sintiendo sus apetitos carnales con toda su fuerza, los canalizan en la efebofilia o la ninfofilia.
Como en este grupo hay muy pocos heterosexuales ya que a ellos no se les niega la posibilidad de practicar sexo de forma normalizada casándose, no existe casi la ninfofilia. De hecho, este problema era más habitual hace muchos años –trataba de ocultarse pero lo había-, cuando los seminarios se llenaban de muchachos de pueblo que estudiaban allí gratuitamente porque sus padres no podían costearles los estudios y acababan ordenados, de buena fe pero sin haber calibrado las obligaciones de su ordenación. Hace años era normal que casi todos los curas tuvieran ama y en algún caso el ama se presentaba como una sobrina viuda, cuyos hijos, sospechosamente, se parecían mucho al cura al que llamaban tío. Es más, mi abuela siempre me contaba que cuando iban a cambiar al cura del pueblo todos pedían que el nuevo trajera ama porque, de lo contrario, perseguía a las mozas casaderas.
Actualmente en este grupo sí hay muchos gays. Y entre ellos los que prefieren mantener relaciones con alguien inferior en edad, en posición social, en cultura… siempre son personas con baja autoestima pero deseosos de ser admirados. Ven difícil que otra persona de su nivel se enamore de ellos o les admire, y lo intentan con alguien a quien creen inferior con el que les parece mucho más fácil brillar con un fulgor que, en realidad, no poseen. ¡Qué fácil es epatar a un muchacho/a jovencito llevándolo a un restaurante de lujo o haciéndole un buen regalo! Y esto nos da la medida de por qué existe más efebofilia.
3.- Los que, conscientemente, entran al seminario como refugio para que no se conozca su homosexualidad iniciando ya su andadura con el firme propósito de no cumplir las normas. Antiguamente en este grupo también había heterosexuales, no para tapar sus tendencias, sino para tener un trabajo seguro, más descansado que hacer de peón agrícola, y con cierto prestigio social. En estos casos, el celibato suelen saltárselo desde el primer día y sin ningún remordimiento. Actualmente son realmente pocos porque la sociedad admite ya con casi total normalidad a los gays y el ser cura está mal pagado y ya no sigue estando tan bien visto como antaño.
4.- Los psicópatas sexuales que se cuelan con el único propósito de tener un buen cazadero disimulado. Son poquísimos casos pero ya sabemos que hace mucho más ruido un árbol que cae que un bosque que crece.
Entonces ¿quién tiene que hacer la criba? Pues está claro que están fallando los Centros de Orientación Vocacional y los seminarios ya que los chicos pasan allí muchos años y sus superiores y educadores han de distinguir el trigo de la paja y no dejar que se ordenen ninguno sin la suficiente madurez para saber a lo que se compromete con ello. Y eso no tiene nada que ver con su orientación sexual.
Por otra parte, y de forma más mediata, tendríamos que hablar de la forma de educar actualmente, pues la disciplina ha desaparecido de los valores de la enseñanza y los niños, apoyados por sus padres, quieren aprobar el curso sin esfuerzo alguno y no renunciar a ninguno de sus caprichos, aunque no hayan hecho nada para merecerlos. Si educamos así a nuestros hijos y los seminaristas salen del pueblo –no los fabrican adrede para ser curas- ¿cómo queremos que sepan controlar sus apetencias? Es muy difícil exigirles eso cuando son adultos si les hemos consentido y alentado a hacer siempre lo que deseaban sin adquirir ningún compromiso y tener que cumplirlo.
Un lector, en carta privada, me apuntó como causa de los desmanes el hecho de la exigencia del celibato. No lo creo, no creo que la exigencia de castidad obligue a nadie a abusar de otro. Puede llevarle a buscarse un apaño o una relación puntual pero ¿abusar? No, no tiene lógica. Aunque personalmente a mí me parecería mejor que el celibato fuera opcional. Ahora bien, si el Papa toma la decisión de cambiar este precepto y deja que los sacerdotes puedan casarse y seguir con su misión evangélica teniendo mujer e hijos, va a tener un problema más bien pronto que tarde. Y este problema va a ser que los sacerdotes homosexuales exigirán el mismo trato. ¿Por qué nosotros no?
¿No sería hora de que el Vaticano revisara toda su doctrina en materia de homosexualidad? En la Biblia, solo el Antiguo Testamento hace referencia a “no te ayuntarás con hombre como con mujer”, en uno de los libros más antiguos. Y en el Nuevo Testamento, San Pablo declara que no podrán entrar en el reino de los cielos. Pero David llora a la muerte de su amigo Jonatan diciendo que su amor era más caro a sus ojos que el amor de las mujeres, y David fue un ungido de Dios. Y para el que no lo sepa decirle que el pecado de Sodoma no fue el de la homosexualidad, como casi todo el mundo cree, sino la falta de solidaridad con los pobres y necesitados.
Pero a la luz de los nuevos descubrimientos científicos y, demostrado que ser homosexual no es estar enfermo ni ser un vicioso, ¿no podrían admitirse con toda normalidad las relaciones de pareja homosexuales?
Y por último vamos a revisar la actitud de la Iglesia respecto a los casos que tiene. Yo creo que aunque nadie les denuncie a las autoridades civiles, si saben de algún caso con indicios serios de que esté ocurriendo algo, han de llevar a cabo una investigación interna para esclarecer los hechos. ¿Y qué hacer con el infractor? Lo lógico sería suspenderlos a divinis en cualquier caso pero no expulsarlos, primero porque el mandato evangélico nos obliga a perdonar –lo que no quiere decir que se les procure impunidad-, y segundo, porque deben asegurarse de que no vuelva a reincidir. Otra cosa es que el afectado se niegue a estar controlado y abandone voluntariamente la Iglesia; en ese caso, no se puede hacer nada más.
He de avisar que todo lo que he escrito es mi opinión personal y, en ningún caso, quiero pontificar sobre este tema, con cuya exposición espero no haber ofendido a nadie.

sábado, 18 de septiembre de 2010

La pederastia en la Iglesia Católica

A la vista de las noticias que van apareciendo en los medios de comunicación, no me queda otra que hacer un comentario sobre lo que se va destapando. Les juro que no quería meterme en este berenjenal en el que, seguro, voy a salir trasquilado.
Hace ya bastante tiempo que el tema de los abusos sexuales a menores en la Iglesia Católica ha destapado la caja de los truenos. Primero fue la diócesis de Boston y todos pensamos que esas cosas pasan en América pero aquí no. Después se supo que en Austria el rector de un seminario incluso hacía películas de esos abusos. Irlanda pasó a primer término en otra ocasión. Alemania tuvo su parte, que salpicó, incluso, al hermano del Papa Benedicto XVI y a él mismo. Ahora le toca a Bélgica. ¿Cuándo le llegará el turno a España?
He pensado mucho sobre este tema y, aunque es muy difícil llegar a conclusiones fiables, me gustaría compartir con Vds. mis elucubraciones.
En primer lugar hay que plantearse qué es un pederasta: una persona que alcanza el placer relacionándose sexualmente con niños. Si el niño ya es púber y, por lo tanto, comienza a tener formas de adulto, ya no es un pederasta, técnicamente estaríamos hablando de un efebófilo o un ninfófilo, si el objeto de sus deseos fuera un chico o una chica respectivamente.
Y para tener claro, cómo funciona la cosa en nuestro país, haremos la siguiente clasificación:
Un adulto que mantiene relaciones sexuales con:
-         Un niño hasta doce años: es lo que se llama pederastia. La ley lo castiga porque el niño no tiene la capacidad necesaria para consentir relaciones sexuales y el hecho siempre tiene consecuencias para la víctima, aunque éstas pueden ser muy variadas: desde quien le rompen la vida y es capaz de suicidarse para no tener que seguir recordando lo mucho que sufrió hasta quien lo asimila y es capaz de vivir con ello sin demasiados problemas psíquicos –son los menos pero también ocurre. Entre estas dos reacciones hay toda una gama. Lo normal es que el comportamiento y la actitud del niño cambien radicalmente, se produzca una introversión súbita, una bajada en las notas escolares, una tristeza difícil de explicar y reacciones ilógicas ante una manifestación de afecto de cualquier adulto. Los pederastas o pedófilos pueden abusar de niños o niñas o de ambos.
-         Una persona que haya cumplido los trece años. En este supuesto, el agresor suele tener preferencias claras por uno u otro sexo pero no siempre:
n  Relaciones con libre consentimiento: la ley no castiga al adulto. Pero ¿tiene un niño/a de trece años la suficiente madurez para consentir una relación sexual con cabal conocimiento de causa? Desde luego, yo no lo creo así y, si por mí fuese, esa edad subiría hasta los dieciocho años.
n  Relaciones con consentimiento viciado. Es decir, la víctima, independientemente de su edad, consiente la relación pero no lo hace con libertad porque se trata de una personal especialmente vulnerable por su edad o capacidad psíquica y el agresor se ha prevalido de una relación de superioridad o parentesco. Es lo que toda la vida se ha llamado estupro. La ley castiga al agresor. En estos supuestos, las consecuencias para la víctima son similares a las de la pederastia con el agravante de que el abusado sabe que ha consentido pero no conoce que su consentimiento no era válido y eso le hace sentirse corresponsable del hecho.
Todos ellos, los pederastas puros y los estupradores, obtienen los favores sexuales de su víctima bien con amenazas bien con engaños, bien con las dos acciones combinadas. Tanto si se utiliza la violencia como si se usa la infiltración en la familia de la víctima, la seducción afectiva y la culpabilización de la víctima hemos de saber que estamos ante el perfil de un verdadero psicópata, sea religioso o sea buceador o bombero. No crean Vds. que los psicópatas son siempre asesinos en serie como en las películas. La psicopatía tiene muchos grados y los hay desde patéticos a muy peligrosos. Y lo peor es que viven a nuestro lado, en nuestra familia, en la empresa en que trabajamos, en la comunidad de vecinos…
El psicópata suele ser inteligente y pone toda su inteligencia al servicio de sus propósitos. Es manipulador: mientras se sirve de las personas que le rodean, sexualmente o de cualquier otro modo, todo va bien –para él claro, no para la víctima que sufre desmedidamente. Cuando es desenmascarado puede convertirse en una fiera que es capaz de matar. Con el agravante de que sus facultades psíquicas no están menguadas y es conocedor del alcance maligno de sus acciones y sigue adelante. Por último, no siente remordimientos de ningún tipo ni sentimiento de culpa por ninguna de sus fechorías. La culpa de sus acciones siempre la tienen los demás. Sabe que hace daño pero no le importa. Si quieren conocer algo más sobre el tema lean “Cara a cara con el psicópata” de Vicente Garrido Genovés, un librillo ameno e inteligible para quienes no tenemos conocimientos del argot psiquiátrico.
Existen personas así, malas, y hay que aprender a vivir con ellos y a evitar las consecuencias de su trato.
Por último, apuntar que casos de pederastia y estupro ocurren todos los días en nuestro país y probablemente, sin que nos demos cuenta, mucho más cerca de lo que pensamos. Casi todos los abusos son cometidos por personas cercanas a la víctima: padres, hermanos, primos, tíos, maestros, curas, médicos, etc y solo un pequeño porcentaje de los casos salen a la luz.
En la Iglesia el problema no está tanto en que existan estos casos aislados –repugnantes- como en que los superiores que tienen o han tenido noticias del problema lo hayan intentado tapar de todas las formas posibles. Pero la Iglesia, aparte de ser una institución divina para los creyentes, es una corporación humana y actúa como tal. ¿Alguno de Vds. ha intentado alguna vez quejarse a un Colegio Profesional de la actuación impropia, fraudulenta o incluso delictiva de uno de sus colegiados? Si lo han hecho ya saben de qué hablo: Protección y arropamiento del infractor y hasta malas palabras para el que denuncia. Si se ven obligados a imponer una sanción, suele ser ridícula. Recuerdo el caso de un abogado que había engañado a su cliente pues ejerció como abogado en un pleito sin estar colegiado y el Colegio le impuso una sanción de expulsión de ¡una semana! a cumplir en agosto –que es un mes inhábil judicialmente hablando. Es decir, impunidad total. Mientras al que reclamó, que había ganado el juicio, se le anuló por la falta de colegiación del letrado actuante al que ya había pagado la minuta y se declaró insolvente. No digamos los médicos. Vaya Vd. con una queja al Colegio y todos arroparán al profesional y procurarán que los tribunales no puedan actuar contra él. Pues la Iglesia no iba a ser menos: apoya a su colegiado –clérigo- en detrimento del usuario –víctima.
De todos es sabido que los problemas no se arreglan así pero las instituciones actúan de esta manera suponiendo que si un miembro es condenado por algo, la generalización se producirá en la opinión pública y todos ellos pasarán a ser sospechosos de lo mismo.
En la Iglesia se están dando tres tipos de supuestos:
-         El abusador que actúa en solitario. En las filas de la Iglesia Católica puede haberse infiltrado un psicópata sexual que incluso haya alcanzado ciertas cotas de poder –no olvidemos que son tremendamente seductores y manipuladores, y la Iglesia no está inmunizada contra su ingreso. Y, desde su posición privilegiada –todo el mundo suele confiar en un sacerdote, tiene a su alcance niños en la catequesis o como monaguillos…- se dedica a lo que realmente quiere: abusar de sus víctimas.
-         Los abusadores que actúan conjuntamente tapándose unos a otros. A mi parecer esto es mucho más grave por lo que supone de asociación para delinquir. Es lo que ha estado pasando en colegios o seminarios donde varios abusadores se ayudaban unos a otros en su tarea delictiva.
-         Los encubridores, que no habiendo participado en ninguno de los hechos, han tenido conocimiento de los mismos y no han hecho nada efectivo para evitarlos: han callado y han mirado para otro lado o han cambiado al responsable de parroquia o de convento o incluso le han expulsado de sus filas trasladando el problema al ámbito civil.
En todos los casos, la persona o personas que abusaron de los menores eran precisamente aquellos que, por su cargo, deberían haberles protegido y educado e hicieron justo lo contrario de lo que tenían encomendado. Traicionaron su posición de garantes.
Y yo me pregunto ¿por qué las comunidades católicas de base no piden explicaciones y responsabilidades –aunque no sean ellos las víctimas; en estos casos, todos somos víctimas y debemos luchar- en lugar de tratar de justificar los abusos con razones tan peregrinas como que: son mentiras de los ateos, por un caso que hay dicen que son todos, hay cosas malas pero la gente no mira las buenas, hay un contubernio –ahora ya no es judeo-masónico, es socialista- para ahogar a la Iglesia de Cristo, etc, etc? Pues porque para ingresar en la Iglesia no se pide capacidad crítica sino fe. Diría más, se penaliza a los miembros más críticos. Y los fieles confunden su amor a la Iglesia con la pretensión de que sea –o parezca- perfecta.
No creo que ellos amen más a la Iglesia que yo. Pero me doy perfecta cuenta de que no solo es imperfecta, sino que, en ocasiones, en su seno se producen verdaderos monstruos. Y me dirán algunos fieles que no hace falta airearlo porque, de toda la vida, los trapos sucios se lavan en casa. Sí, se lavan en casa cuando los hechos no constituyen delito pero en otro caso, es la jurisdicción ordinaria la que debe llevar el asunto. Aun así, la experiencia me dice que los trapos sucios cuando se trata de lavarlos en casa acaban arrumbados en un rincón donde nadie los vea, pero siguen ahí contaminando su suciedad a quien se les arrima. A veces, las ratas hacen la benéfica acción de roerlos y comérselos pero esa labor de purificación viene acompañada, indefectiblemente, de un reguero de excrementos que huelen mal y son altamente peligrosos porque pueden producir infecciones.
Cuando una herida se cierra por fuera sin haberse acabado de curar por dentro, decimos que se cierra en falso ya que el pus y la inmundicia que produce suele quedarse dentro de la piel y, lo que antes era una herida nauseabunda pero en vías de curación, ahora se convierte en un foco infeccioso que va extendiéndose hacia adentro. ¿Queremos que pase eso con nuestra querida Iglesia? Pues no. Hay que sanear la herida, cortar por lo sano, si es preciso amputar y que el resto del organismo quede indemne. Y, sobre todo, poner los medios necesarios para prevenir cualquier tipo de infección.
Y otra cosa: ¿por qué escandaliza más al público que esto pase en la Iglesia que en una academia de artes marciales? Pues por la hipocresía que este hecho demuestra. Por una parte, la Iglesia prohíbe las relaciones sexuales entre solteros incluso aunque tengan un firme compromiso de matrimonio próximo, no reconoce siquiera el compromiso serio del matrimonio civil entre dos personas si una de ellas está divorciada después de un matrimonio canónico, demoniza las relaciones homosexuales, impone el celibato a sus miembros, no admite los métodos anticonceptivos… y, después quiere tapar los desmanes que se producen dentro de su seno y que contravienen sus propias directrices. Si no fuera tan grave hasta tendría gracia.
Nos queda el apartado de cómo luchar contra esta plaga. Y no es fácil la solución para los fieles de a pie. Está claro que la jerarquía ha de tomar cartas en el asunto y no limitarse a publicar normas canónicas en las que se castiga a los abusadores. Normalmente no se arregla algo simplemente con prohibirlo, sino que hacen falta reformas mucho más profundas en varias instituciones y un cambio de mentalidad para que un problema de esta envergadura quede resuelto.
¿Qué podemos hacer pues los fieles cuando sabemos o sufrimos algún caso de abuso sexual por parte de un clérigo? Les haría las siguientes consideraciones, aunque es cada cual quien debe tomar su propia decisión:
-         Si fuera mi hijo el abusado, intentaría por todos los medios que accediera a que lo denunciáramos a la fiscalía y que el culpable fuera perseguido penalmente. Le hablaría con cariño, le haría comprender que él no era responsable, que había sido una víctima y que cualquiera en su lugar habría hecho lo mismo que él; en una palabra reforzaría su autoestima y le indicaría que el hecho de que la gente supiera qué ha pasado no tenía por qué afectarle, que siempre habría quien pensara que algo habría hecho él para que ocurriera pero que debía saber enfrentarse a la opinión adversa de algunas personas conservando su lucidez y voluntad e impidiendo que su opinión, sesgada, hiciera mella en su ánimo.
-         Comprendo a los padres que no quieren seguir ese camino para salvaguardar la intimidad de su hijo y evitarle las miradas malévolas ajenas –siempre hay quien apoya al agresor contra toda evidencia. En esos casos, les aconsejaría que, al menos, lo pusieran en conocimiento del Obispo de su diócesis -a poder ser por escrito y con sello de entrada-, y si éste no hiciera caso, hablaran con el Nuncio de su Santidad en España, enviándole copia de lo que hubieran presentado ante el ordinario de la diócesis, así como una explicación detallada de todo lo que había pasado. Si tampoco recibía respuesta o ésta no les satisfacía, el siguiente paso sería enviar todo el expediente a la Congregación para el Clero en la Santa Sede, y si tampoco se obtuviera resultado aceptable, se enviaría todo directamente al Papa –en estos casos, debe enviarse dentro de un sobre en el que diga: “Confidencial: abrir solo por Su Santidad” y éste dentro de otro sobre dirigido al Papa con la dirección del Vaticano. Ya es difícil que alguna de estas comunicaciones no surta efecto. Por cierto, todas estas direcciones las pueden hallar en Internet.
-         Si alguien conoce algún caso de abusos o tiene sospechas o indicios fundados de que se están produciendo, debe ponerlo, de inmediato, en conocimiento del Obispo del lugar y seguir el mismo camino anterior.
Pero hay que tener en cuenta también que si el interesado o sus padres no denuncian el abuso, nadie puede hacerlo pues se encontrarían con el desagradable caso de que, habiendo sido denunciado el hecho a las autoridades por los superiores del agresor, cuando llegara el juicio, si no se presentaba la víctima para relatar todo lo que había pasado, el acusado saldría libre de cargos por falta de pruebas. Hay veces en que los padres se conforman con una sanción eclesiástica ya no que no están dispuestos a ir más allá. Que no nos obnubile la razón el que todos los casos no se denuncien dado que esto depende de las víctimas y no de la institución a la que pertenece el agresor.
Hay mucho más pero no me cabe aquí. Ya seguiremos.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Las fiestas de guardar

Érase una vez un país llamado España que acababa de salir de una guerra civil. La situación económica era desastrosa pero la situación psíquica de las personas no era mejor. Eran tiempos de hambre, de miseria, de enfermedades como tuberculosis, malnutrición, raquitismo, sarna, tiña -sin embargo no se supo de mucha gente que tuviera el colesterol alto, o gota-, de parásitos como chinches, piojos del cabello y de la ropa, pulgas, ladillas; tiempos de paro y de empleos con jornadas largas y salario corto. El embargo internacional que sufrimos y la falta de dinero con que pagar las mercancías hacían inviable comprarlas en el exterior. Y en el interior ¡teníamos tan poca cosa! Los coches eran refritos de piezas de varios modelos refundidos en uno. La escasez de gasolina agudizó el ingenio y se inventó el gasógeno que era un artilugio que se acoplaba al automóvil y que quemaba cáscara de almendra, serrín, madera, etc. para producir un gas combustible que alimentaba el motor del coche con una pérdida considerable de su potencia. La gente viajaba en las cajas de los camiones sentados en sillitas de enea sin anclar, y sin cinturón por supuesto. ¿Dónde iban a engancharlo? Y en los autobuses se circulaba sentado y de pie en el pasillo, dando tumbos a cada curva del camino. Y alguno había que se llevaba su propia silla o catre de casa.

En esa España pobre y gris, el que tenía medios para obtener productos de primera necesidad, medraba. Y así, valía mucho la harina, el arroz, el aceite, las alubias, la carne, el pescado… en comparación con los salarios que se pagaban. Los que tenían un enchufe y podía importar algo aunque fuera de contrabando o los que podían distraer algún producto de los que proporcionaba el Estado, como abonos, grano, etc. y venderlo en el mercado negro, se solían hacer ricos.

Era normal que las parejas se casaran y se quedaran a vivir en una habitación en casa de los padres de uno de ellos, y tuvieran niños y convivieran todos juntos, aunando esfuerzos para llegar a fin de mes. Muchos emigraron y las remesas de dinero que enviaron los que se fueron, fue uno de los ingresos más importantes de España durante un largo periodo de tiempo.

Eran tiempos duros, muy duros. Todos tenían una cartilla de racionamiento en la que constaba tu derecho a una escuálida cantidad diaria o semanal de leche, pan, tabaco, legumbres, azúcar… Y ese derecho también se vendía y se compraba. Por ejemplo, el que no fumaba vendía su cupón de tabaco a otro que pudiera pagarlo. En los pueblos, los que tenían ganado lo llevaban al monte a pastar; los piensos no se habían inventado. La gente procuraba segar hierba en el campo para llevar comida a conejos y gallinas, que se mataban y comían en las grandes fiestas. A diario, vegetales y pocos.

Además de todas estas penurias, la influencia de la Iglesia Católica había conseguido que el Gobierno hiciese cumplir el mandato de “guardar las fiestas” y la Guardia Civil, además de controlar la moral pública en las playas, también se ocupaba de hacer batidas por el campo para comprobar que la gente no trabajara en domingo.

Pero los animales tienen la mala costumbre de comer todos los días y un hombre de mi pueblo salió, como todos las mañanas, al campo a segar hierba con la hoz haciendo gavillas para llevarlas a casa en la burra. No los vio venir. Cuando se dio cuenta ya los tenía detrás. Cualquier otro se habría vuelto o habría tratado de explicar a los Guardias que las gallinas, patos, conejos, cobayas... necesitaban su alimento para sobrevivir y aquello era necesario. Pero él no. Siguió cortando la hierba sin darse por enterado de la presencia de los agentes de la autoridad que, como todo el mundo sabe, iban a pie y en parejas.

-         Oiga, buen hombre, ¿que no sabe que hoy es domingo?
-         Sí, sí señor, muy buen día. Un sol que calienta ya…
-         No, que le decimos que hoy es domingo y Vd. no puede trabajar… -el Guardia gritó un poco más-.
-         No, no pasa nada. Llevo gorra.
-         ¡Cojones, abuelo! ¡Que no se puede trabajar en domingo! ¿Es que está sordo?

Se volvió lentamente, los miró de arriba abajo y les dijo:

-         ¿Que sois gemelos que vais vestidos igualitos?
-         Oye Nemesio, déjalo, que este tío es más bruto que un arado y, además está como una tapia.

Y se fueron.

lunes, 6 de septiembre de 2010

La tregua de ETA

Hoy quisiera alegrarme con Vds. del mensaje que ETA envió a la BBC. ¿Que no piensan seguir matando? Pues es algo que supongo que llena de alegría a un montón de gente, entre ellos a mí.
Recuerdo cuando en la transición política, allá por la segunda mitad de los años setenta que, cuando la banda terrorista asesinaba a un particular, había gente que comentaba, indignada, que no había derecho, que habían matado a una persona anónima. Cuando les contestabas que también habían enviado al otro barrio, injustamente, a guardias civiles, policías, militares o políticos, algunos te contestaba: “Bueno, eso no es igual, porque para eso están”.
No, ni pensarlo. Las fuerzas de seguridad del estado, los políticos, los militares… NO están para que un grupo de desalmados, que ni siquiera tienen claro lo que quieren, les asesinen sin siquiera conocerlos. Iban a la puerta de un cuartel y disparaban contra quien en ese momento se hallaba en la caseta del centinela. Otra cosa es, y eso son gages del oficio, que en un rifirrafe con los maleantes –sean terroristas u otro tipo de delincuentes- mueran en acto de servicio. Es como un militar caído en la batalla. Eso les debía entrar en el sueldo, que, por lo poco que cobran no les entra en absoluto, pero sí les entra en sus responsabilidades porque han elegido libremente su profesión.
No sé la causa, ni creo que se sepa nunca, que ha llevado a ETA a realizar tal declaración de intenciones, que espero se mantenga indefinidamente pero se pueden barajar varias opciones:
-         La de que se hayan dado cuenta de que su lucha no tiene sentido. No me inclino por esta razón porque su lucha, de la manera que la plantearon, no ha tenido sentido nunca. Ojalá se hayan dado cuenta de que es una espiral de violencia que no les lleva a ninguna parte. Los asesinos se acostumbran a vivir de sus fechorías y llega un momento que ya no son reciclables, no pueden dedicarse a otra cosa, sea poner bombas, dar un tiro en la nuca o impartir cursillos de lucha armada. Cierto es que actualmente hay muchos disidentes en el propio seno de ETA y ello puede haber influido.
-         La de que la policía española con la colaboración de la francesa –ya les han matado un gendarme, lo que cambia las cosas para los franceses- y la portuguesa los está cercando y descabeza la cúpula etarra un día sí y otro también, hasta el punto que en dos años han tenido ocho jefes máximos, cada vez más jóvenes e inexpertos. ¿Por qué ETA jamás ha reivindicado ante el Gobierno Francés su aspiración a la independencia del país vasco-francés de la forma que lo ha hecho aquí? Pues saquen Vds. mismos conclusiones.
-         La de que el Gobierno haya negociado una salida al conflicto. Nada me alegraría más que se hubiera conseguido y le daría la enhorabuena a los interlocutores que fueron por parte de nuestro Gobierno. La gente se indigna ante la posibilidad de negociar con ETA. Y es un sentir comprensible; a mí también me pasa. Me encorajina que, después de todo lo que han hecho, se negocie una salida que les permita salirse de rositas a muchos de ellos, porque la solución pasaría por no detener a más miembros y excarcelar, poco a poco y sin ningún alarde mediático, a muchos de los que hoy tenemos en las cárceles, y hasta puede que les tengan que dar una cantidad mensual para que puedan vivir en cualquier otro país sin estrecheces económicas. No es justo. No lo es. Pero ¿es más ecuánime empecinarnos en que paguen por lo que han hecho -aunque ya no se puede reparar porque no se puede devolver la vida a nadie ni la salud a los heridos- que que haya un solo muerto más? Para mí, con todas las contradicciones emocionales y afectivas que pugnan en mi interior, no, no lo justifica. Es mejor llegar a un acuerdo y que no sigan matando gente inocente.
-         La de que se hayan dado todas las razones anteriores. Bien.
Así que me congratulo de su decisión. Y a las víctimas y a sus familias les diría que comprendo su indignación cuando piensan en un acuerdo injusto con los asesinos etarras pero les rogaría que piensen en que, si todo saliera bien, ya no habría más familias ni personas que llorarían por lo que ellos tanto han llorado.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Los Sindicatos

A raíz de un comentario recibido en mi anterior entrada que hacía referencia a los sindicatos, me gustaría realizar hoy un somero examen de lo que significa esta institución.
El sindicato, como todos Vds. saben, es el organismo formado por la agrupación de un número significativo de trabajadores con el fin de defender sus intereses frente al patrón o empresario. Éste posee los medios de producción y el trabajador sólo la fuerza de su trabajo, por lo que la disparidad de fuerzas entre una parte y otra de un contrato de trabajo es abismal.
En el antiguo régimen, en los países que constituían el Nuevo Mundo, la producción estaba basada en la esclavitud. Los países con grandes unidades de producción utilizaban la mano de obra esclava que, sin salario de ningún tipo, y sin ningún derecho subjetivo reconocido, realizaban todas las labores, sobre todo, las agrarias. En la antigua Europa, la situación de los trabajadores no era mucho mejor. En la Edad Media se acabó con la esclavitud –de la forma que la tenían organizada en el Imperio Romano, en el que el esclavo tenía consideración de cosa no de persona- y, debido a las constantes guerras, el señor feudal pactaba con un bracero que éste cultivaría la tierra, tendría una casa para vivir con su familia y debería pagarle una cierta cantidad de dinero por ello, y además se comprometía a defender aquella tierra como propia. Sin embargo, el bracero no podía abandonar esa tierra por lo que su situación estaba a mitad de camino entre el esclavo y la persona libre. Estos braceros se llamaban siervos de la gleba porque eran vendidos con la propia tierra (gleba). En zonas como Rusia, este estatus se prolongó hasta bien entrado el siglo XIX.
La revolución industrial que trajeron consigo los nuevos adelantos tecnológicos que introdujeron las máquinas en la producción, hizo que el trabajador tuviera que aceptar, sin poder negociar mínimamente, las condiciones que le imponía el dueño de la industria. La disparidad entre ambas posiciones era tan acusada como la que tenemos hoy día los ciudadanos de a pie cuando vamos a darnos de alta a la compañía de la electricidad, agua o gas; ya tienen los contratos impresos y nosotros solo podemos adherirnos o quedarnos sin suministro. Nosotros solos no podemos negociar el precio o   las condiciones en que el suministro será realizado. Pues lo mismo le pasaba al trabajador.
Esta disparidad hizo que se produjeran multitud de abusos: desde jornadas interminables en unas condiciones de salubridad ínfima hasta trabajo de menores, a veces, hasta de seis años. Más o menos lo que pasa hoy en día en la India o en algunos países sudamericanos. La situación se hizo angustiosa cuando vinieron las primeras máquinas, que fueron percibidas por los trabajadores como rivales que iban a sustituirlos.
El sufrimiento que trajo consigo todo este orden de cosas: pocas condiciones de seguridad e higiene en el trabajo, jornadas agotadoras, inexistencia de sanidad o prestaciones públicas, hizo que primero se crearan una especie de montepíos que atendían las necesidades de enfermos y viudas. Estos embriones de organización acabaron siendo sindicatos, que se comenzaron a formar en Inglaterra en la primera mitad del siglo XIX. Eran uniones de obreros de la misma profesión que pretendían luchar y defender sus derechos frente al patrón todos juntos para poder tener una posición pareja a éste.
Como es lógico –nadie quiere soltar sus derechos por muy injustos que éstos sean- los gobiernos (compuestos por burgueses o aristócratas) y los empresarios lucharon a brazo partido contra estas asociaciones de trabajadores, declarándolas ilegales en algunos casos y persiguiendo con saña los movimientos de protesta, como manifestaciones y huelgas decretadas por ellas.
Hasta que, después de mucha lucha, los sindicatos fueron legalizados en todos los países, incluida España. En el Gobierno de Franco, dictadura, se creó el Sindicato Vertical, que era una organización del Estado que agrupaba tanto a trabajadores como a empresarios por sectores de actividad. Aquel sindicato, como es lógico, estaba sufragado totalmente por las arcas del Estado por lo que nunca o rara vez realizó acción alguna que fuera contra el Gobierno. Lo que tenía de bueno para los trabajadores es que empleaba una serie de abogados que estaban al servicio de éstos sin que tuvieran que realizar papeleo alguno: simplemente por ser trabajador tenía derecho a información y a ser representado por un abogado del sindicato.
En la transición política aparecieron los Sindicatos tal y como están estructurados ahora y, para ayudar a su masiva implantación fueron subvencionados por el Estado mediante partidas consignadas en los Presupuestos Generales. No recuerdo que, desde entonces, se haya realizado una sola campaña por parte de ningún gobierno ni de los propios sindicatos para animar la afiliación de los trabajadores españoles, lo que nos ha dado como resultado que, la afiliación de los trabajadores a los sindicatos en España no rebasa el 20%, cuando en países como Bélgica o Suecia está por encima del 80%. Lo que tiene como consecuencia lógica que, para poder mantenerse, siguen recibiendo la mayor financiación de las partidas al efecto consignadas en los Presupuestos Generales de la nación.
Tampoco es que los sindicatos hayan hecho nada especial por ganarse la confianza de los ciudadanos porque, todos recordamos la cooperativa de viviendas que creó la UGT y lo fallido que salió el invento. Más o menos como el del Pocero.
¿Quién paga el pato? Pues la cuerda siempre se rompe por su parte más débil, y entre líderes sindicales, gobierno, empresarios y trabajadores, son éstos últimos los más vulnerables. Los líderes sindicales porque viven cobrando salarios –quizá no muy altos para sus cargos- pagados por el Estado, el Gobierno porque así los sindicatos no se le oponen con la contundencia que debieran y los empresarios porque les interesa y mucho la desunión de sus adversarios (divide y vencerás). Estos últimos tampoco suelen percatarse de que un trabajador contento con la empresa rinde más y mejor que otro descontento.
Los trabajadores españoles han de concienciarse de que sus derechos deben defenderlos ellos mismos con las herramientas que las leyes ponen a su alcance y que, de todas estas herramientas, las que regulan la negociación colectiva son las más importantes. Tendrían que ser ellos mismos los que, afiliándose masivamente y pagando su pequeña cuota, exigieran al sindicato que rechazara la subvención estatal porque nadie muerde la mano que le da de comer y mientras cobren del Estado no serán independientes. Los sindicatos deberían contar con Cajas de Resistencia que son reservas que se utilizan cuando se organiza una huelga para que ésta se prolongue el tiempo necesario para que los empresarios se vean obligados a negociar y negociar quiere decir transigir en algunas cosas para conseguir otras. Una huelga de un día no es altamente lesiva y mucho menos en estos tiempos que corren en que el empresario tiene el almacén lleno y le viene muy bien no pagar ese día de jornal y de seguridad social –es como si hiciera una regulación de empleo de un solo día pero la carga de la tramitación corriera a cargo de los propios trabajadores. Más bien le alivia que le incomoda. Una huelga, para ser efectiva, ha de hacer perder mucho dinero al empresario, y para ello debe poder mantenerse el tiempo que haga falta. Pero el trabajador, que depende de su salario para vivir, no puede permitirse el lujo de realizarla. Solo si el sindicato le ayudara con al menos una parte del salario que deja de percibir sería capaz de reafirmarse en su huelga.
Por lo tanto, desde aquí me gustaría –no sé si lo voy a conseguir- convencer a quien me lea que el sindicato es imprescindible pero también lo es el que sea independiente y que ayude al trabajador a conseguir lo que es justo. Y eso solo se puede obtener con la afiliación masiva y la democracia interna, más la exigencia de responsabilidad a los líderes sindicales.

sábado, 28 de agosto de 2010

La situación de los mineros chilenos y la importancia de las medidas de seguridad en el trabajo

Hoy quiero hablar a las familias de los mineros atrapados en el fondo de la mina de cobra y oro en el norte de Chile. Les doy la enhorabuena porque los trabajadores están vivos y parece que, salvo algún bajón emocional, en buen estado de salud. He seguido día a día, desde que se produjo el accidente, la evolución de esta catástrofe y no puedo evitar una gran indignación.
Por las noticias que nos llegan a través de la televisión, la prensa y este invento que es internet, he sabido que la mina fue cerrada por falta de medidas de seguridad al haberse producido un accidente del que resultó la muerte de un hombre. Después de un año de inactividad, la mina se reabre y la empresa propietaria declara expresamente que no sabe si podrá abonar los salarios de los trabajadores y que no les hizo un seguro que les protegiera a ellos o a sus familias en casos como el producido; es decir, que se encuentra en bancarrota o, al menos, así quiere aparecer –para evitar pagar las indemnizaciones-, con lo que me es fácil imaginar que tampoco habrán invertido mucho en medidas de seguridad para evitar catástrofes de este tipo. Parece que la mina carecía de salida de emergencia. En todo caso, la mayor prueba de que la mina no contaba con suficientes medidas de seguridad es la producción del accidente que comentamos.
La empresa es responsable civil y penalmente por no haber previsto que podía darse este resultado o, si lo previó, de no haber dispuesto las medidas oportunas para que no se diera: treinta y tres hombres atrapados en un pequeño recinto, en las entrañas de la tierra, a setecientos metros de la corteza terrestre. ¿Habrá bajado alguna vez a esa galería alguno de los dueños para ver en qué condiciones trabajaban sus empleados? Y recemos para que la operación de rescate se realice en el mínimo tiempo posible y con éxito, porque vivir en completa oscuridad, en un recinto pequeño, con miedo a no salir y sin tener suficientes alimentos o aire es una situación que, aunque todo vaya bien a partir de ahora, puede volver loco a cualquiera. A los atrapados y a sus familias.
Si esa mina era peligrosa y el empresario no quiso gastarse el dinero necesario para hacerla más segura ¿por qué las autoridades chilenas autorizaron la apertura? Esa aquiescencia para su reapertura les convierte en cómplices del hecho. Y cómplices necesarios, porque con su negativa y la vigilancia para que ésta se cumpliera también se habría evitado este desastre.
Los trabajadores son la parte más débil de una relación laboral, por lo que la legislación nacional debe protegerlos especialmente: para que estén en igualdad de condiciones con el patrón. El patrón tiene el dinero. El trabajador no tiene más que la fuerza de sus brazos, por lo que para que haya una equiparación de sus posiciones a la hora de negociar un contrato de trabajo, el Estado debe garantizar unos mínimos derechos al trabajador.
Entre los derechos inalienables que posee, está el de que se proteja su salud mientras trabaja. Los sindicatos tienen mucho que hacer en ese campo. Y no he visto nunca una huelga –no digo que no haya tenido lugar, solo que no tengo noticia de la misma- convocada porque en el trabajo no existen suficientes medidas de protección de la salud. Un trabajador sólo no puede hacer gran cosa. La asociación de muchos trabajadores, bien dirigidos, puede forzar la situación hacia la protección de sus intereses.
Aquí no solo debe indemnizarse a los trabajadores por los daños físicos sufridos, sino también por los daños morales de ellos y de sus familiares. Y, si los resultados de la investigación, señalan faltas de medidas de seguridad, además tenían que pagar con la cárcel.
Esos trabajadores necesitaban el trabajo para sobrevivir. Por ello accedieron a trabajar desprotegidos. ¿No es triste que la riqueza de algunos justifique la expoliación de otros?
Es necesario un nuevo orden social y económico en este planeta. No todo puede justificarse por el lucro que se obtiene. Hay cosas que no tienen precio y, sin embargo, valen mucho: el tiempo y las condiciones que esos treinta y tres hombres pasen hasta que sean rescatados, nadie se lo pagará nunca por mucho dinero que les den.
Y lo peor es que me temo que les darán muy poco.
Todo mi apoyo a los trabajadores chilenos. Siento con Vds. su dolor y deseo y espero que todo salga lo menos mal posible. Bien ya no puede salir. Y les animo a exigir del gobierno que promulgue leyes que obliguen a estudiar los riesgos de cualquier trabajo, a prevenirlos y a paliarlos, y que, mediante un buen sistema de Inspección de Trabajo, independiente políticamente, se haga cumplir lo legislado.
Con mis mejores deseos,

jueves, 26 de agosto de 2010

La guerra: un gran negocio

En este momento, me gustaría decirles a las familias de los Guardias Civiles y del intérprete asesinados en Afganistán, cuánto siento su dolor por la pérdida que han sufrido. Nadie podrá reemplazar a esas personas en el ámbito familiar, en el círculo de amigos, y aun los que no los conocemos personalmente sabemos que hemos perdido a compatriotas valientes que eligieron una profesión de riesgo por la vocación de protegernos a los demás, exponiendo si era preciso su vida para evitar hechos delictivos. El intérprete había nacido en Irán pero llevaba más de media vida residiendo entre nosotros y tenía la nacionalidad española. Descansen en paz.
Cada vez que lamentamos un hecho luctuoso de esta naturaleza se destapa la caja de los truenos en España. Y yo quisiera darles mi opinión de ciudadano de a pie, es decir, desinformado de los recovecos donde se mueven estas llamadas operaciones de paz. En fin, lo que se ve desde aquí.
Y desde mi punto de vista no hacía ninguna falta la invasión de Afganistán, ni la guerra contra Sadam Hussein. Y mucho menos hacía falta que España participara en dichas acciones. De todas formas, los objetivos que teóricamente se perseguían no se han alcanzado: no se ha detenido a Bin Laden, los talibanes siguen teniendo un poder incontrolable en Afganistán –para muestra los últimos tres penosos botones- y no se hallaron las famosas armas de destrucción masiva.
En Afganistán sigo viendo, por la televisión, mujeres con su burka. Imagino que, aunque la ley garantice la educación de las mujeres y su igualdad con los hombres, la realidad está muy lejos de ella. Habrá que convencer a los padres, hermanos, maridos… y eso lleva bastante tiempo; no se consigue con la simple promulgación de la ley. Bin Laden sigue haciendo de las suyas; hace unos días se liberaron los dos cooperantes españoles que aun tenía secuestrados, previo pago de un rescate millonario y la excarcelación de varios presos de Al Qaeda. O sea, que no solo no se le ha apresado sino que nos toca negociar con él de igual a igual y ceder ante su posición de fuerza. ¿Qué se ha ganado en la guerra de Afganistán? ¿Cuánto tiempo más estarán las Fuerzas Armadas allí? ¿Cuántas vidas más tendremos que sacrificar?
            Bin Laden fue entrenado por la CIA pero cuando dejó de tener utilidad para EEUU se le presentó como el terrorista mayor del mundo. El que sabe gestionar el miedo de los demás es capaz de arrastrar las masas hacia el punto que le interesa. Y a Bush le interesaba la guerra. Sadam Hussein no era un extremista religioso, en su país no solía haber mujeres con burka. No tenía armas de destrucción masiva. En los informes que presentaron los expertos en la ONU les vimos sudar explicando que no habían visto nada, pero las noticias no se dieron así. Se hizo ver que éstas existían pero no se habían encontrado. ¿La causa? No la sé. Pero me hace pensar y mucho el hecho de que Afganistán e Irak cuentan con grandes reservas de gas y petróleo y ambas naciones habían dejado de ser aliadas de EEUU.
            Y es que la guerra, de la que todo el mundo habla pestes en público, es un negocio muy rentable. Para algunos, claro. Quizá a las arcas públicas de EEUU le hayan costado dinero y vidas estas dos guerras pero habrá muchos que han hecho su agosto con ellas: las petroleras, la construcción (de gaseoductos), la industria textil (los soldados han de ser vestidos adecuadamente y necesitan muchas tiendas de campaña), la industria alimenticia (son países donde hay que enviar raciones de comida envasada que puedan tener una fecha de caducidad lejana porque los recursos del país no dan para su alimentación), los bancos que financian las operaciones, la industria armamentística… la cual, además puede probar sus armas en estos países. Todo esto se convierte en beneficios en alguna parte.
¿Qué pinta España en todo esto si ésta no es nuestra guerra? ¿Se acuerdan Vds. de hace muchos años cuando la campaña electoral del PSOE en la que uno de los lemas era “Otan, de entrada, no”? ¿Se acuerdan Vds. del plebiscito que plantearon al pueblo una vez alcanzaron el poder? ¿Se acuerdan que la pregunta concreta no la entendió nadie?
El caso es que la presión que sufrió el PSOE le hizo cambiar de opinión pasando de prometer al electorado la salida inmediata de España de la Alianza Atlántica en el caso de que ganaran, a convocar un plebiscito haciendo campaña a favor de nuestra permanencia en la OTAN. Plebiscito que, por cierto, ganaron al igual que habían ganado las elecciones haciendo la propaganda contraria sobre el tema. Curioso ¿no?
Y ¿cuál es el resultado? Pues que muchos soldados españoles se dejan la vida en esos campos de batalla mientras el Gobierno –todos los que hemos tenido- nos engañan con el eufemismo de que van en misiones de paz. ¿La invasión de un país soberano por otro es una misión de paz? Cuando los franceses invadieron España ¿lo hacían en misión de paz? No lo entendieron así los madrileños.
Y esos soldados, algunos de ellos de tan solo 18 años y con una formación mínima de cuatro meses, van allí a dejarse la vida. No van obligados. A esa edad nadie piensa que puede morir, eso les pasa a los demás. Y las compensaciones económicas que les ofrecen son un aliciente poderoso para que haya voluntarios. Un soldado raso puede llegar a ganar en una de esas “misiones de paz” hasta casi tres veces más de lo que ganaría si estuviera destinado en España. Su sueldo de multiplica por más de tres. Imaginen Vds. lo que ganará un capitán, un coronel, un general…
Los políticos tienen la puerta abierta para ser colocados en puestos muy bien remunerados en organismos de la OTAN. Piensen en Javier Solana, que pasó de adalid del proceso de salida de España de la OTAN a su Presidencia. ¿Tanto le cambiaron las ideas? ¿Comprendió algo que, antes de estar en el Gobierno, le estaba vedado? Sí, comprendió que su carrera y su sueldo podían mejorar considerablemente.
Por lo tanto, en la guerra todos ganan. Todos los que deciden. Solo pierden los chicos muertos, que atraídos por el señuelo del dinero fácil –en cuatro meses ganan lo que aquí en todo el año- arriesgan su vida en una guerra que no es suya y que no se tenía que haber producido.

lunes, 23 de agosto de 2010

Con mangas y a lo loco

Todo el personal se ha quedado estupefacto. Abren los ojos como platos, redondos, como si se les fueran a salir de las órbitas. Y a pesar de la muchedumbre que hay, la Iglesia se ha quedado en absoluto silencio durante un instante. Luego se ha comenzado a oír un murmullo creciente. Después se miraban unos a otros sin saber muy bien qué hacer.
El cura que oficiaba se ha levantado de la sede, ha cruzado el presbiterio y, con una señal de su mano, ha mandado subir a una señora mayor, rubia -¡cómo no!- quien se ha acercado al libro de lecturas de la Misa y ha seguido leyendo lo que yo me he dejado. Bastante mal, por cierto.
Todo comenzó la semana pasada cuando asistí a la misa en una parroquia que no es la mía. Estamos en Agosto. Me senté en el segundo banco. Al poco y antes de comenzar la Eucaristía de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen, se acercó un señor que parecía mangonearlo todo y le dijo a otro señor que estaba a mi lado si saldría él a leer. Rechazó la propuesta alegando que no había traído sus gafas.
Me ofrecí a sustituirlo. El tipo me miró de arriba abajo. No nos conocíamos. En su rostro se marcó una expresión de “¿quién es ésta que se mete en nuestro terreno?”, dilató un instante su respuesta y dijo: “No, Vd. no puede subir a leer porque lleva un vestido sin mangas”. Se dio la vuelta y se fue.
Miré atentamente mi vestido. Es un vestido largo que me llega a media pantorrilla y, si bien es cierto que no lleva mangas, tampoco es de tirantes. Los hombros, anchos, unen las piezas de la espalda –sin escote de ninguna clase- y la del pecho –descotado con prudencia. En el templo, grande, hacía el calor propio de la estación y la gente se abanicaba sin parar. Me fijé en la cola de la comunión y vi chicas en pantalón corto, tops y escotes palabra de honor. A ninguna le fue negada la forma consagrada.
Cuando el cura nos echó la bendición, esperé a que entrara en la sacristía y fui tras él. Iba decidida a darle la enhorabuena por la homilía que había pronunciado, ya que hacía mucho tiempo que no escuchaba algo tan valiente. El tipo que había despreciado mi ofrecimiento nos vio hablar. Cuando salí estaba fuera disimulando que realmente me esperaba. Se acercó a mí y me dijo: “Discúlpeme, no sé por qué le he dicho que no saliera a leer. Es cierto que va sin mangas pero no va indecente.”
Por un momento creí que había reconsiderado su actitud pero después caí en la cuenta de que, al verme hablar con el sacerdote, había pensado que yo podría haberle comentado algo. O sea, que lo que pasaba era que no quería perder su posición de “poder” de rata de sacristía.
Este domingo he vuelto a misa a la misma Iglesia –estoy de vacaciones en el lugar- y llevo un vestido con el dobladillo de la falda por debajo de la rodilla. Asimétrico, lleva una manga por el codo y el otro brazo queda al descubierto.
He hablado con el tipo “ratón” y le he preguntado, humildemente, si hoy podría leer. Me ha dicho que leería la segunda lectura: Carta a los Hebreos, 12, 5-7, 12-13: “Habéis echado en olvido la exhortación que, como hijos, se os dirige: Hijo mío no menosprecies la corrección del Señor ni te desanimes al ser reprendido por él pues a quien ama el Señor, le corrige; y azota a todos los hijos que acoge. Sufrís para corrección vuestra. Como a hijos os trata Dios, y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrige? Cierto que ninguna corrección es de momento agradable, sino penosa; pero luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella”.
Quedaba parte de la lectura pero no he seguido. He dicho en voz alta y clara, vocalizando para que me entendiera todo el mundo: “El domingo pasado, este señor –y lo he señalado con el dedo- no me dejó leer porque mi vestido no llevaba mangas. Como hoy llevo un vestido de una sola manga, leo hasta aquí. El resto no me permito leerlo por la falta de la manga, así que lo acabe otro que lleve las dos o, al menos, una”. Supongo que se habrá tomado a bien la “corrección”.
(La anécdota solo es cierta en la primera parte, hasta la disculpa, pero ¿qué habría pasado si la afectada hubiera tenido el coraje de hacer y decir esto?)

miércoles, 18 de agosto de 2010

Dios mío, ¡qué ganas tengo de que se acaben las vacaciones!

Dios mío ¡qué ganas tengo de que se acaben las vacaciones!
Esto, dicho así, puede parecer una locura para muchas personas que ansían durante once meses al año que llegue su merecido periodo de descanso pero, cuando les cuente mi situación, me van a comprender.
Soy sesentona, gorda, bajita, con el rubio de bote que llevamos todas cuando cumplimos cierta edad –no en vano dicen las estadísticas que en España hay más rubias que en Suecia. Y, lógicamente, tengo los achaques propios de la edad: que si las cervicales, un juanete que me mata, las varices y, sobre todo, un dolor de cabeza, persistente y sordo, que se apodera de mí cuando no he dormido lo suficiente. Dice el médico que, en realidad, es por el desgaste de las vértebras cervicales.
A pesar de todo, estoy en activo. No he dejado de prestar servicios como cajera de una ferretería que, contra todo pronóstico, ha sobrevivido desde comienzos del siglo pasado hasta hoy. Mi trabajo lo hago sentada pero casi inmóvil e inclinando la cabeza sobre la caja registradora. Ocho horas al día por cinco días a la semana. El sábado, gracias a Dios, me releva una chiquilla joven, contratada a tiempo parcial. Los dueños me tienen estima. Por los años y las crisis que hemos pasado juntos. A los de ahora los vi nacer pues yo ya trabajaba en la casa cuando ellos vinieron al mundo. No sé si mantienen mi puesto de trabajo porque les resultaría muy caro echarme a la calle o porque les convengo por mi experiencia y capacidad. Quiero suponer que por lo segundo. La verdad es que trabajo a gusto y tengo fama de cumplidora.
Cuando me casé, no dejé de trabajar como era la costumbre. La mujer que tenía una actividad fuera del hogar, al casarse, pedía la baja pues era una vergüenza para su marido el que siguiera haciéndolo, ya que ello significaba que no podía mantenerla. Salvo que fuera farmacéutica con farmacia propia o maestra. Lo primero porque era muy lucrativo y los hombres tampoco son tontos. Lo segundo porque se consideraba adecuado para una mujer, soltera o casada, pues las jornadas eran cortas y las vacaciones largas; por lo tanto, ella se podía ocupar simultáneamente de la casa y de los hijos. O sea que nadé contra corriente y vencí al seguir ocupando mi puesto.
Tuvimos dos hijos varones. Buenos chicos. Se portaron bien, estudiaron una carrera cada uno. Estoy orgullosa: tengo un Inspector de Hacienda y un profesor de Instituto. El mayor tiene dos niños y una niña. El pequeño solo tiene una niña. Todos mis nietos cumplen entre seis y dos años. Es decir, la revolución cuando están juntos.
Mi esposo, empleado de banca, insistió en comprar una casita, un hotelito, un chaletito, una torre… dependiendo de la región en donde Vds. se hallen. Y lo hicimos. Es una casa de dos alturas, grande, con bastante jardín –en aquel momento no había comenzado la salvaje especulación que nos ha alcanzado luego y pudimos comprarla.
La casita tiene un terreno trasero donde mi esposo, jubilado ya, todos los años planta lechugas, ajos, acelgas, tomates, pimientos. Todo en pequeña cantidad pero le mantiene entretenido.
Al principio, venirnos a la casita era una liberación. El sábado de buena mañana cogíamos el coche y hasta el domingo después de cenar estábamos allí. Yo era joven. Trabajaba toda la semana, arreglaba los niños, cocinaba, arreglaba la casa y el fin de semana rompía esa monotonía y me venía al chalet, donde tenía que traer comida, seguir guisando para todos, limpiar y arreglar el jardín. Mi esposo, aunque ahora ya no sea obvio, es hombre, y, claro, todas esas labores no van con él. Trabajaba en el banco, traía el dinero a casa y ya tenía toda su tarea hecha. Ahora, una vez retirado no voy a cambiar sus costumbres, así que ni siquiera lo he intentado. Sigue con su rutina: se levanta, va a controlar su huertita, si tengo suerte riega con la manguera el jardín, limpia un poco la piscina y ya se sienta a leer o a ver la televisión.
Cuando llega agosto me dan vacaciones en la ferretería y, todos los años, me vengo con la ilusión de cambiar de aires, de descansar y, también cada año, me doy cuenta de que descanso menos y me acuesto más tarde y más agotada. Vienen a comer, un día y otro también, y cuando no uno el otro o los dos, mis hijos y sus familias. Llegan, como es lógico a la hora justa de sentarse a la mesa, y me ayudan a sacar los platos. Después se sientan en el jardín. ¡Como hay lavaplatos! Pues yo me como el marrón de arreglar la cocina, después de comerme el de prever y comprar todos los alimentos que voy a necesitar para tanta gente. A la poca fresca que nos trae la noche se van y a mí me queda la casa sucia: mis nietos han entrado tierra a la casa con sus zapatos, han hecho guerras dentro de la casa y los muebles han servido de barricadas, el helado de media tarde se ha derramado encima del sofá, el cuarto de baño, con esa manía que tienen los hombres de marcar el territorio, huele a meados que echa de espaldas…
Me siento en la butaca del porche, derrotada en una guerra que no es la mía, y trato de hallar la causa de que resulte invisible para los demás, y nadie se percate de que mantener todo aquello en medianas condiciones de higiene cuesta esfuerzo, que no he podido leer nada en todo lo que llevo de mes, que no he visto a ninguna amiga con la que poder charlar un rato… y no digo nada. Mi esposo, único testigo que queda en la casa, no entiende lo que me pasa y, si me quejo, solo comenta: Pues diles que no vengan.
Dios… es que eso tampoco lo quiero. Deseo y necesito ver a mis hijos y a mis nietos y, si me apuran, también a mis nueras, pero me gustaría que, por una vez en la vida, me vieran ellos a mí en mi realidad. Me perciben como algo –ni siquiera una persona- a su servicio que, por amor, ha de aguantarlo todo sin pedir nada a cambio.
Así que deseo con todas mis fuerzas que venga septiembre y reintegrarme a mi querida ferretería, en la que me libero de estas ataduras, me pagan por mi trabajo y, cuando llega mi hora, me voy a mi casa sin que a nadie le parezca mal.
Si un día vinieran mis hijos y yo, sin estar enferma ni nada, les dijera: Hijos míos, he comprobado reiteradamente que no sabéis apreciar lo que os doy, así que he decidido no volver a guisar ni limpiar la casa. Ya os arreglaréis vosotros y vuestro padre para tener la ropa limpia, la comida hecha y la casa aseada. Yo dimito. No lo entenderían. Seguramente dirían: la mamá no está bien, hay que llevarla al médico, como si con unas pastillas volviera a ser el robot invisible al que están acostumbrados.
(Esta entrada se la dedico a todas las mujeres que en España les pasa lo mismo que a la protagonista. Yo les diría que no esperen agradecimiento por lo que hacen, pero que no se quejen tampoco. No conduce a nada. Lo que mejor entiende la gente son los hechos. Que hagan solo lo imprescindible y, cuando, alguno de la tropa les pregunte qué pasa que no está hecha alguna cosa, diga simplemente: no he podido y no voy a poder hacerlo. Sin más. Y si las molestan cuando leen o ven la televisión pidiendo algo que ellos mismos pueden obtener, tranquilamente que digan: Ahora no puedo; estoy leyendo. Ve y cógetelo tú mismo. No lo van a entender pero lo van a aceptar y se van a acostumbrar, seguramente sin cuestionarse el incidente, más pronto de lo que creen.)

martes, 10 de agosto de 2010

Historia de una amistad

Menos mal que la noche no ha sido fría. Solo hacia la madrugada, cuando comenzaba a clarear el día, me he tenido que arrebujar un poco con sus ropas, las que dejaron los guardias tiradas en el rincón donde dormíamos.
Cuando se lo llevaron, vagué por las calles sin rumbo fijo, con la mirada perdida y sin ilusión durante un tiempo. Al llegar la noche no supe ya dónde meterme y volví.
Por el olor, comprendí en seguida lo que estaba pasando. Hacía cuatro días que comenzó a oler diferente. Ese olor que tanto quería –y quiero- cambió un poco y supe que algo iba mal. Y acerté. El primer día aun se levantó y se fue a pedir arriba del puente. Yo fui con él, claro. Desde que nos conocimos siempre íbamos juntos. Formábamos una manada muy pequeña, de solo dos miembros pero teníamos manada y, ahora, no tengo nada, salvo su olor en estas ropas.
Nuestra vida fue dura. La de los dos. Porque, a lo largo de todo el tiempo que estuvimos juntos, entendí muchas cosas y constaté que su vida no había sido diferente de la mía.
A mí me perdieron cuando solo era un cachorro de seis meses. Tengo recuerdos de cuando formaba parte de una manada grande, con un jefe y su hembra y tres cachorros humanos que jugaban mucho conmigo. Me lo pasaba pipa con ellos. Nos revolcábamos todos juntos por el suelo. Les mordía los juguetes y me perseguían y luego, a la noche, me dejaban dormir en un colchoncito al lado de la cama del cachorro mayor. No sé qué pasó pero un día me perdí. El jefe de la manada me subió en una caja grande, de metal, con ruedas, que iba muy deprisa –luego he visto que son muy peligrosas porque pueden atropellarte- y nos fuimos muy, muy lejos. Allí bajamos, me tiró mi juguete de goma y, contento de poder devolvérselo, fui por él brincando por un terraplén que bajaba a un barranco. Me entretuve un poco porque no conocía la zona y todo olía diferente y se me empastraron los olores y no podía distinguir bien el de mi juguete pero, cuando lo encontré, radiante de alegría, subí el terraplén y ya no estaba la caja de hierro con ruedas ni el jefe de la manada. Me perdió. Esa noche me quedé allí al borde de la carretera, con el juguete entre los dientes, esperando… pero el jefe de mi manada que lo sabía todo, no supo encontrarme y, al final, muerto de hambre y de sed, tuve que emprender un viaje sin destino. No he sabido nada más de aquella que fue mi primera manada.
Anduve y anduve por la orillita de la carretera. Era un camino estrecho y las cajas de hierro con ruedas pasaban muy deprisa. Por eso tenía que ir pegadito al margen. Bebí en los charcos pero no encontré qué comer. No sé cómo llegué a una ciudad, un sitio que los humanos hacen para vivir todos juntos en cajas, como archivados, y allí busqué algo en las basuras. Pude sobrevivir pero, un tiempo después, se me marcaban todas las costillas porque había crecido pero no había comido lo suficiente.
Fue entonces cuando oí su voz. Psiiii, psiiii… Me volví y con la mano pidió que me acercara. Me acarició el lomo y tocó mis costillas como si fueran cuerdas de guitarra. Yo estaba muy triste y no podía ni mover el rabo con fuerza para que se diera cuenta de que estaba solo pero su llamada había encendido mi esperanza, solo que había olvidado como comunicarlo. O quizá entonces no lo sentía. No esperaba encontrar mi manada y no sabía que podía formar parte de otra.
Él no tenía una caja para meternos cuando aprieta el calor o por la noche a dormir. Solo teníamos un carro metálico donde metíamos la comida y la ropa. De noche, bajábamos al río y él hacía una cama para los dos con cartones y plásticos para evitar la humedad que subía de la tierra. Nos tapábamos con una manta. Yo me enroscaba y él se cogía a mí y, en las noches de invierno, pasábamos menos frío que estando solos. Comíamos lo mismo. Pedía limosna en lo alto del puente y yo le acompañaba. Una vez una mujer le dijo que le compraría comida para varios días pero tuvo que rogarle que no lo hiciera, que solo para ese día porque, de lo contrario, esa noche nos atacaría cualquier otro para robárnosla. No se dio cuenta de que yo estaría con él y no habría dejado que eso ocurriera. Ahora era un pastor alemán cruzado, grande y bien comido, y mis colmillos, convenientemente mostrados, habrían hecho desistir a cualquiera de la intención de atacarnos y robarnos. Pero él no lo sabía porque yo nunca le enseñé los dientes ni le gruñí. Solo le lamía la cara y las manos porque era el jefe de mi manada y le quería.
A él le pasó algo parecido a mí. También tuvo manada hasta su adolescencia pero les echaron de su caja de vivir y dormir y se perdió y, desde entonces, sobrevivía en la calle sin tener dónde ir.
Nuestro encuentro creo que nos hizo felices a los dos. Teníamos manada y eso es imprescindible.
Pero cambió su olor y vi que pasaba algo malo. Ese día subió al puente pero al siguiente ya no pudo. Permanecí con él. Se quedó acostado en los cartones y la frente le ardía. Yo le lamía la cara para refrescarle pero cada vez olía más a eso que no me gustaba nada. A la noche dejó de respirar. Y yo me quedé con él, a su lado, porque pensé que, aunque estaba allí, realmente lo que pasaba es que se le había perdido el alma, como me perdí yo, pero volvería, se metería otra vez en aquel cuerpo inerte, le daría calor y seguiríamos con nuestra vida.
No acerté. No le dieron tiempo a volver porque, al día siguiente, me despertaron las voces de unos hombres, vestidos todos igual, que bajaban al río y venían a nuestra guarida. Me tiraron piedras para que me fuera pero yo no podía abandonarle. Me planté delante de él, con las cuatro patas en tensión, mirándolos a todos con los ojos enardecidos por el miedo a que le hicieran daño, y entonces sí, les gruñí ferozmente y les enseñé mis colmillos para que supieran a qué atenerse. Pero eran muchos y uno de ellos sacó una cosa negra, me apuntó con ella y hubo un ruido enorme. Por un momento me quedé sordo y del miedo, salí huyendo despavorido. Me quedé a una distancia prudente y comprobé cómo lo cogían, lo subían a una especie de tabla y se lo llevaban. Cuando se fueron, seguí al coche todo lo rápido que pude pero no fue suficiente; esas cajas de hierro con ruedas corren más que yo. Me quedé vagando por la calle, con ese desinterés en la mirada que se nos queda a todos los perros sin amo.
A la noche, harto ya de dar vueltas buscándolo, volví, me acerqué receloso y sintiéndome culpable de no haber sabido defenderle mejor. Olí sus ropas, las recogí con los dientes, las llevé todas al montón y me acosté cerquita para notar su presencia.
No creo que vuelva. 

viernes, 6 de agosto de 2010

Una tarde en el campo

Hacía ya muchos días que chateaba todas las noches con él. El primer día vi su nick y me gustó: Odiseo. Me recordó la antigua Grecia y aquellos hombres, atletas, guerreros, aventureros, con aquel cuerpazo con el que salen en las películas y que yo me quedaba mirando con un poquito de deseo. Pero lo que me cautivó de su nombre fue comprender que sabía quién era Ulises y cuáles eran sus aventuras. Le abrí un privado y comenzamos la conversación. Era rápido en sus respuestas, señal inequívoca de que sólo hablaba conmigo. No utilizaba la jerga de los teléfonos móviles y de internet, por lo que colegí que se trataba de alguien con cierta edad. Me gustó su forma de contestar, su respeto, su capacidad para entender mis frases de doble sentido... y también el que no tuviera faltas de ortografía o acentos. Para mí es importante todo eso.
La noche se alargó hasta que asistimos juntos -cada uno en su casa- a las primeras luces del alba.
No quedamos, pero a la noche siguiente, me senté frente a mi ordenador con la esperanza de volver a verle. Fue él quien me encontró a mí. Y charlamos, charlamos... durante bastante tiempo.
Yo quería caerle bien y, cuando supe que vivía en mi propia ciudad, mi interés se incrementó. Yo ya procuraba decir todo aquello que pudiera agradarle, darle una versión de mí misma que le interesara. Por supuesto, no hablé de sexo porque pienso que si comienzo por ahí, el interés se pierde pronto. Eso ya llegará si ha de llegar pero no puede ser la única base de una relación. Yo lo siento así. Y él tampoco abordó el tema, lo cual le agradecí. Parecía un hombre interesante y no interesado.
Fue esa estúpida noche cuando hablábamos de aficiones comunes cuando tuvo que comentarlo:
- "Mañana me voy de pesca al pantano de ...."
- ¿Te gusta la pesca?
- Ah, me encanta.
Y entonces lo dije. Dije lo que creí que él quería oír.
- Uy, a mí también me gusta pescar.
- ¿No me digas? ¿Es cierto? ¿Puede haber una mujer que pesque?
No sé cómo quedamos para el próximo sábado en que iríamos con nuestras respectivas cañas a pescar al mismo pantano. Los dos solos.
Por supuesto no tengo caña ni sé absolutamente nada de las artes de la pesca deportiva. Pero bueno, ya iría improvisando sobre la marcha.
El día D, a la hora H, yo le esperaba en la esquina de la acera de mi casa. Mi estulticia superó todos los límites y, para que me viera guapa, me atavié perfectamente para una tarde en el campo: Cabello peinado en la peluquería, maquillaje perfecto, vestido y zapatos de tacón.
Le reconocí porque era igualito a las fotos que había enviado. Nos saludamos y su expresión denotaba diversión y estupor. Me preguntó por las cañas. Le dije que no había podido traerlas pero que le acompañaba igualmente.
Aparcó el coche frente a la ladera de la montaña que se sumergía en la verde agua. Ahora teníamos que bajar hasta la orilla. No sé qué hice, pero a dos metros de la orilla, el tacón se me dobló, me caí con las posaderas en el suelo y fui resbalando por la gravilla, con las piernas abiertas y la falda en la cintura hasta que, con estrépito y mil salpicaduras, quedé sentada como en una bañera con el agua llegándome al pecho.
Anselmo -Odiseo- dejó las cañas que portaba y vino, sin poder contener la risa, por mí. Metió sus pies, protegidos por botas altas de goma, y me ayudó a salir.
Mi vestido, estampado de flores rojas sobre blanco, salió de un color indefinido entre beige y marrón, había perdido los zapatos pues uno salió despedido en mi caída y vi el otro cómo se alejaba hacia el centro del lago.
Me quería morir. El primer día que salía con un hombre interesante se iba a hacer puñetas por mi culpa. ¿Por qué le había dicho que me gustaba la pesca?
Anselmo me aconsejó que me quitara la ropa para que se secara. En el coche llevaba una camisa y un pantalón de repuesto por si acaso, así que me dejó llorando en la empinada ribera y fue en su busca.
El paraje estaba desierto. Me desnudé y Anselmo no volvió la cabeza sino que vino hacia mí con una sonrisa pícara e irónica, a ayudarme en la tarea.
Y en ese momento comenzó todo.
Hoy tenemos tres hijos y pronto nacerá el cuarto. He aprendido a pescar con caña y nuestros hijos también lo harán. Y siempre que recordamos nuestra primer salida, no sé qué pasa pero me vuelvo a quedar embarazada... si es que ya no lo estoy.

domingo, 1 de agosto de 2010

D. Amador y las farolas

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Don Amador salió del café donde departía habitualmente con sus contertulios y comenzó a caminar por la calle Moratín hacia el norte. Era medianoche y se dirigía a casa. Había llegado soltero a la sesentena y vivía, completamente sólo, en un piso enorme de techos altos con adornos de talla, decorado tal y como lo había dejado su madre al morir. No había nada viejo pero todo era antiguo y extemporáneo. Desde las cortinas de terciopelo verde oscuro con pasamanería dorada en el borde que cerraban el pasillo y quitaban la luz que entraba por las ventanas hasta la tapicería del tresillo, de abigarradas flores multicolores sobre fondo rojo, pasando por la cocina de impolutos bancos de mármol y un cuarto de baño de bañera con patitas de león, todo era vetusto y parecía que el tiempo se había parado en un momento determinado de la vida de aquella vivienda y, desde entonces, no se hubiera puesto nada en movimiento. Ya decía San Agustín que el tiempo es el movimiento, que si éste no existiera no habría tampoco tiempo. Y allí, en aquella casa, no se movía nada.
Don Amador era rentista, es decir, vivía de las rentas que le proporcionaba su patrimonio agrícola, sin que él tuviera que mover un dedo para ganarlo. Todo se lo gestionaba el capataz que, si bien le robaba honradamente, era avispado como una ardilla y sabía pagar poco a los jornaleros y vender cara la cosecha. Y bien mirado, las sisas podían calificarse de justa compensación pues su jornal no estaba en consonancia con las responsabilidades que el amo le echaba encima.
Como buen hidalgo español, no trabajó nunca, y sus días transcurrían, desde que dejó los estudios después del Examen de Estado, en una monotonía y placidez tranquilas que únicamente se interrumpían para su asistencia a las tertulias de El León de Oro. Allí acudía por la mañana, a tomar su café y leer la prensa, después de comer para el café de la sobremesa y la tertulia vespertina y después de cenar para departir con los amigos de toda la vida, que a esa hora acudían acompañados de sus mujeres.
Yendo hacia su casa, llegó a la altura del cruce con la calle de Las Barcas, donde el Ayuntamiento había instalado una hermosa farola de hierro forjado, atornillada a la pared, que se abría en tres globos de luz mortecina y amarilla, sostenidos por un arco con volutas modernistas. D. Amador se paró en seco. Miró hacia la luz y, como si un resorte automático interno se le hubiera puesto en marcha, se quitó el sombrero en señal de respeto y comenzó un monólogo amable y tierno: “Adelita ¡qué gusto volver a verte! ¡No sabes cómo te echo de menos! Nos casaremos pronto. Mis padres se darán cuenta de que eres el amor de mi vida y dejarán que seamos novios. Lo conseguiré, no temas”. Ya en un susurro añadió: “Y ahora me voy, antes de que tus padres se percaten de que te has asomado a verme. Piensa que vivo por ti y para ti y nadie nos separará jamás. Eso te dará fuerzas para esperar. Adiós, amor mío”. Y siguió su camino. E hizo lo mismo en las otras tres farolas que se tropezó en el trayecto de su casa.
Detrás de él, sigilosamente, le seguían tres amigos de la tertulia que, como ángeles guardianes, se aseguraban de que entraba en casa cada noche. Pues D. Amador, de carácter apacible y sumiso, se enamoró en su juventud de Adela, y sus relaciones siempre estuvieron presididas por una farola como aquéllas ya que se veían obligados a hablar estando él de pie en la calle y ella asomada a una ventana próxima a la farola. No llegaron nunca a salir juntos pues a sus padres no les parecía un buen partido para él y le prohibieron verla. Hasta que un aciago día, la tuberculosis que segó tantas vidas en esos años, se llevó a Adela y él no pudo superarlo. Se transtornó pero su desorden mental solo consistía en recordar sus amores cuando hallaba una farola encendida y, en ese instante, retornaba por un momento al pasado para revivir la ilusión de su vida: casarse con Adelita.