sábado, 28 de agosto de 2010

La situación de los mineros chilenos y la importancia de las medidas de seguridad en el trabajo

Hoy quiero hablar a las familias de los mineros atrapados en el fondo de la mina de cobra y oro en el norte de Chile. Les doy la enhorabuena porque los trabajadores están vivos y parece que, salvo algún bajón emocional, en buen estado de salud. He seguido día a día, desde que se produjo el accidente, la evolución de esta catástrofe y no puedo evitar una gran indignación.
Por las noticias que nos llegan a través de la televisión, la prensa y este invento que es internet, he sabido que la mina fue cerrada por falta de medidas de seguridad al haberse producido un accidente del que resultó la muerte de un hombre. Después de un año de inactividad, la mina se reabre y la empresa propietaria declara expresamente que no sabe si podrá abonar los salarios de los trabajadores y que no les hizo un seguro que les protegiera a ellos o a sus familias en casos como el producido; es decir, que se encuentra en bancarrota o, al menos, así quiere aparecer –para evitar pagar las indemnizaciones-, con lo que me es fácil imaginar que tampoco habrán invertido mucho en medidas de seguridad para evitar catástrofes de este tipo. Parece que la mina carecía de salida de emergencia. En todo caso, la mayor prueba de que la mina no contaba con suficientes medidas de seguridad es la producción del accidente que comentamos.
La empresa es responsable civil y penalmente por no haber previsto que podía darse este resultado o, si lo previó, de no haber dispuesto las medidas oportunas para que no se diera: treinta y tres hombres atrapados en un pequeño recinto, en las entrañas de la tierra, a setecientos metros de la corteza terrestre. ¿Habrá bajado alguna vez a esa galería alguno de los dueños para ver en qué condiciones trabajaban sus empleados? Y recemos para que la operación de rescate se realice en el mínimo tiempo posible y con éxito, porque vivir en completa oscuridad, en un recinto pequeño, con miedo a no salir y sin tener suficientes alimentos o aire es una situación que, aunque todo vaya bien a partir de ahora, puede volver loco a cualquiera. A los atrapados y a sus familias.
Si esa mina era peligrosa y el empresario no quiso gastarse el dinero necesario para hacerla más segura ¿por qué las autoridades chilenas autorizaron la apertura? Esa aquiescencia para su reapertura les convierte en cómplices del hecho. Y cómplices necesarios, porque con su negativa y la vigilancia para que ésta se cumpliera también se habría evitado este desastre.
Los trabajadores son la parte más débil de una relación laboral, por lo que la legislación nacional debe protegerlos especialmente: para que estén en igualdad de condiciones con el patrón. El patrón tiene el dinero. El trabajador no tiene más que la fuerza de sus brazos, por lo que para que haya una equiparación de sus posiciones a la hora de negociar un contrato de trabajo, el Estado debe garantizar unos mínimos derechos al trabajador.
Entre los derechos inalienables que posee, está el de que se proteja su salud mientras trabaja. Los sindicatos tienen mucho que hacer en ese campo. Y no he visto nunca una huelga –no digo que no haya tenido lugar, solo que no tengo noticia de la misma- convocada porque en el trabajo no existen suficientes medidas de protección de la salud. Un trabajador sólo no puede hacer gran cosa. La asociación de muchos trabajadores, bien dirigidos, puede forzar la situación hacia la protección de sus intereses.
Aquí no solo debe indemnizarse a los trabajadores por los daños físicos sufridos, sino también por los daños morales de ellos y de sus familiares. Y, si los resultados de la investigación, señalan faltas de medidas de seguridad, además tenían que pagar con la cárcel.
Esos trabajadores necesitaban el trabajo para sobrevivir. Por ello accedieron a trabajar desprotegidos. ¿No es triste que la riqueza de algunos justifique la expoliación de otros?
Es necesario un nuevo orden social y económico en este planeta. No todo puede justificarse por el lucro que se obtiene. Hay cosas que no tienen precio y, sin embargo, valen mucho: el tiempo y las condiciones que esos treinta y tres hombres pasen hasta que sean rescatados, nadie se lo pagará nunca por mucho dinero que les den.
Y lo peor es que me temo que les darán muy poco.
Todo mi apoyo a los trabajadores chilenos. Siento con Vds. su dolor y deseo y espero que todo salga lo menos mal posible. Bien ya no puede salir. Y les animo a exigir del gobierno que promulgue leyes que obliguen a estudiar los riesgos de cualquier trabajo, a prevenirlos y a paliarlos, y que, mediante un buen sistema de Inspección de Trabajo, independiente políticamente, se haga cumplir lo legislado.
Con mis mejores deseos,

jueves, 26 de agosto de 2010

La guerra: un gran negocio

En este momento, me gustaría decirles a las familias de los Guardias Civiles y del intérprete asesinados en Afganistán, cuánto siento su dolor por la pérdida que han sufrido. Nadie podrá reemplazar a esas personas en el ámbito familiar, en el círculo de amigos, y aun los que no los conocemos personalmente sabemos que hemos perdido a compatriotas valientes que eligieron una profesión de riesgo por la vocación de protegernos a los demás, exponiendo si era preciso su vida para evitar hechos delictivos. El intérprete había nacido en Irán pero llevaba más de media vida residiendo entre nosotros y tenía la nacionalidad española. Descansen en paz.
Cada vez que lamentamos un hecho luctuoso de esta naturaleza se destapa la caja de los truenos en España. Y yo quisiera darles mi opinión de ciudadano de a pie, es decir, desinformado de los recovecos donde se mueven estas llamadas operaciones de paz. En fin, lo que se ve desde aquí.
Y desde mi punto de vista no hacía ninguna falta la invasión de Afganistán, ni la guerra contra Sadam Hussein. Y mucho menos hacía falta que España participara en dichas acciones. De todas formas, los objetivos que teóricamente se perseguían no se han alcanzado: no se ha detenido a Bin Laden, los talibanes siguen teniendo un poder incontrolable en Afganistán –para muestra los últimos tres penosos botones- y no se hallaron las famosas armas de destrucción masiva.
En Afganistán sigo viendo, por la televisión, mujeres con su burka. Imagino que, aunque la ley garantice la educación de las mujeres y su igualdad con los hombres, la realidad está muy lejos de ella. Habrá que convencer a los padres, hermanos, maridos… y eso lleva bastante tiempo; no se consigue con la simple promulgación de la ley. Bin Laden sigue haciendo de las suyas; hace unos días se liberaron los dos cooperantes españoles que aun tenía secuestrados, previo pago de un rescate millonario y la excarcelación de varios presos de Al Qaeda. O sea, que no solo no se le ha apresado sino que nos toca negociar con él de igual a igual y ceder ante su posición de fuerza. ¿Qué se ha ganado en la guerra de Afganistán? ¿Cuánto tiempo más estarán las Fuerzas Armadas allí? ¿Cuántas vidas más tendremos que sacrificar?
            Bin Laden fue entrenado por la CIA pero cuando dejó de tener utilidad para EEUU se le presentó como el terrorista mayor del mundo. El que sabe gestionar el miedo de los demás es capaz de arrastrar las masas hacia el punto que le interesa. Y a Bush le interesaba la guerra. Sadam Hussein no era un extremista religioso, en su país no solía haber mujeres con burka. No tenía armas de destrucción masiva. En los informes que presentaron los expertos en la ONU les vimos sudar explicando que no habían visto nada, pero las noticias no se dieron así. Se hizo ver que éstas existían pero no se habían encontrado. ¿La causa? No la sé. Pero me hace pensar y mucho el hecho de que Afganistán e Irak cuentan con grandes reservas de gas y petróleo y ambas naciones habían dejado de ser aliadas de EEUU.
            Y es que la guerra, de la que todo el mundo habla pestes en público, es un negocio muy rentable. Para algunos, claro. Quizá a las arcas públicas de EEUU le hayan costado dinero y vidas estas dos guerras pero habrá muchos que han hecho su agosto con ellas: las petroleras, la construcción (de gaseoductos), la industria textil (los soldados han de ser vestidos adecuadamente y necesitan muchas tiendas de campaña), la industria alimenticia (son países donde hay que enviar raciones de comida envasada que puedan tener una fecha de caducidad lejana porque los recursos del país no dan para su alimentación), los bancos que financian las operaciones, la industria armamentística… la cual, además puede probar sus armas en estos países. Todo esto se convierte en beneficios en alguna parte.
¿Qué pinta España en todo esto si ésta no es nuestra guerra? ¿Se acuerdan Vds. de hace muchos años cuando la campaña electoral del PSOE en la que uno de los lemas era “Otan, de entrada, no”? ¿Se acuerdan Vds. del plebiscito que plantearon al pueblo una vez alcanzaron el poder? ¿Se acuerdan que la pregunta concreta no la entendió nadie?
El caso es que la presión que sufrió el PSOE le hizo cambiar de opinión pasando de prometer al electorado la salida inmediata de España de la Alianza Atlántica en el caso de que ganaran, a convocar un plebiscito haciendo campaña a favor de nuestra permanencia en la OTAN. Plebiscito que, por cierto, ganaron al igual que habían ganado las elecciones haciendo la propaganda contraria sobre el tema. Curioso ¿no?
Y ¿cuál es el resultado? Pues que muchos soldados españoles se dejan la vida en esos campos de batalla mientras el Gobierno –todos los que hemos tenido- nos engañan con el eufemismo de que van en misiones de paz. ¿La invasión de un país soberano por otro es una misión de paz? Cuando los franceses invadieron España ¿lo hacían en misión de paz? No lo entendieron así los madrileños.
Y esos soldados, algunos de ellos de tan solo 18 años y con una formación mínima de cuatro meses, van allí a dejarse la vida. No van obligados. A esa edad nadie piensa que puede morir, eso les pasa a los demás. Y las compensaciones económicas que les ofrecen son un aliciente poderoso para que haya voluntarios. Un soldado raso puede llegar a ganar en una de esas “misiones de paz” hasta casi tres veces más de lo que ganaría si estuviera destinado en España. Su sueldo de multiplica por más de tres. Imaginen Vds. lo que ganará un capitán, un coronel, un general…
Los políticos tienen la puerta abierta para ser colocados en puestos muy bien remunerados en organismos de la OTAN. Piensen en Javier Solana, que pasó de adalid del proceso de salida de España de la OTAN a su Presidencia. ¿Tanto le cambiaron las ideas? ¿Comprendió algo que, antes de estar en el Gobierno, le estaba vedado? Sí, comprendió que su carrera y su sueldo podían mejorar considerablemente.
Por lo tanto, en la guerra todos ganan. Todos los que deciden. Solo pierden los chicos muertos, que atraídos por el señuelo del dinero fácil –en cuatro meses ganan lo que aquí en todo el año- arriesgan su vida en una guerra que no es suya y que no se tenía que haber producido.

lunes, 23 de agosto de 2010

Con mangas y a lo loco

Todo el personal se ha quedado estupefacto. Abren los ojos como platos, redondos, como si se les fueran a salir de las órbitas. Y a pesar de la muchedumbre que hay, la Iglesia se ha quedado en absoluto silencio durante un instante. Luego se ha comenzado a oír un murmullo creciente. Después se miraban unos a otros sin saber muy bien qué hacer.
El cura que oficiaba se ha levantado de la sede, ha cruzado el presbiterio y, con una señal de su mano, ha mandado subir a una señora mayor, rubia -¡cómo no!- quien se ha acercado al libro de lecturas de la Misa y ha seguido leyendo lo que yo me he dejado. Bastante mal, por cierto.
Todo comenzó la semana pasada cuando asistí a la misa en una parroquia que no es la mía. Estamos en Agosto. Me senté en el segundo banco. Al poco y antes de comenzar la Eucaristía de la Solemnidad de la Asunción de la Virgen, se acercó un señor que parecía mangonearlo todo y le dijo a otro señor que estaba a mi lado si saldría él a leer. Rechazó la propuesta alegando que no había traído sus gafas.
Me ofrecí a sustituirlo. El tipo me miró de arriba abajo. No nos conocíamos. En su rostro se marcó una expresión de “¿quién es ésta que se mete en nuestro terreno?”, dilató un instante su respuesta y dijo: “No, Vd. no puede subir a leer porque lleva un vestido sin mangas”. Se dio la vuelta y se fue.
Miré atentamente mi vestido. Es un vestido largo que me llega a media pantorrilla y, si bien es cierto que no lleva mangas, tampoco es de tirantes. Los hombros, anchos, unen las piezas de la espalda –sin escote de ninguna clase- y la del pecho –descotado con prudencia. En el templo, grande, hacía el calor propio de la estación y la gente se abanicaba sin parar. Me fijé en la cola de la comunión y vi chicas en pantalón corto, tops y escotes palabra de honor. A ninguna le fue negada la forma consagrada.
Cuando el cura nos echó la bendición, esperé a que entrara en la sacristía y fui tras él. Iba decidida a darle la enhorabuena por la homilía que había pronunciado, ya que hacía mucho tiempo que no escuchaba algo tan valiente. El tipo que había despreciado mi ofrecimiento nos vio hablar. Cuando salí estaba fuera disimulando que realmente me esperaba. Se acercó a mí y me dijo: “Discúlpeme, no sé por qué le he dicho que no saliera a leer. Es cierto que va sin mangas pero no va indecente.”
Por un momento creí que había reconsiderado su actitud pero después caí en la cuenta de que, al verme hablar con el sacerdote, había pensado que yo podría haberle comentado algo. O sea, que lo que pasaba era que no quería perder su posición de “poder” de rata de sacristía.
Este domingo he vuelto a misa a la misma Iglesia –estoy de vacaciones en el lugar- y llevo un vestido con el dobladillo de la falda por debajo de la rodilla. Asimétrico, lleva una manga por el codo y el otro brazo queda al descubierto.
He hablado con el tipo “ratón” y le he preguntado, humildemente, si hoy podría leer. Me ha dicho que leería la segunda lectura: Carta a los Hebreos, 12, 5-7, 12-13: “Habéis echado en olvido la exhortación que, como hijos, se os dirige: Hijo mío no menosprecies la corrección del Señor ni te desanimes al ser reprendido por él pues a quien ama el Señor, le corrige; y azota a todos los hijos que acoge. Sufrís para corrección vuestra. Como a hijos os trata Dios, y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrige? Cierto que ninguna corrección es de momento agradable, sino penosa; pero luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella”.
Quedaba parte de la lectura pero no he seguido. He dicho en voz alta y clara, vocalizando para que me entendiera todo el mundo: “El domingo pasado, este señor –y lo he señalado con el dedo- no me dejó leer porque mi vestido no llevaba mangas. Como hoy llevo un vestido de una sola manga, leo hasta aquí. El resto no me permito leerlo por la falta de la manga, así que lo acabe otro que lleve las dos o, al menos, una”. Supongo que se habrá tomado a bien la “corrección”.
(La anécdota solo es cierta en la primera parte, hasta la disculpa, pero ¿qué habría pasado si la afectada hubiera tenido el coraje de hacer y decir esto?)

miércoles, 18 de agosto de 2010

Dios mío, ¡qué ganas tengo de que se acaben las vacaciones!

Dios mío ¡qué ganas tengo de que se acaben las vacaciones!
Esto, dicho así, puede parecer una locura para muchas personas que ansían durante once meses al año que llegue su merecido periodo de descanso pero, cuando les cuente mi situación, me van a comprender.
Soy sesentona, gorda, bajita, con el rubio de bote que llevamos todas cuando cumplimos cierta edad –no en vano dicen las estadísticas que en España hay más rubias que en Suecia. Y, lógicamente, tengo los achaques propios de la edad: que si las cervicales, un juanete que me mata, las varices y, sobre todo, un dolor de cabeza, persistente y sordo, que se apodera de mí cuando no he dormido lo suficiente. Dice el médico que, en realidad, es por el desgaste de las vértebras cervicales.
A pesar de todo, estoy en activo. No he dejado de prestar servicios como cajera de una ferretería que, contra todo pronóstico, ha sobrevivido desde comienzos del siglo pasado hasta hoy. Mi trabajo lo hago sentada pero casi inmóvil e inclinando la cabeza sobre la caja registradora. Ocho horas al día por cinco días a la semana. El sábado, gracias a Dios, me releva una chiquilla joven, contratada a tiempo parcial. Los dueños me tienen estima. Por los años y las crisis que hemos pasado juntos. A los de ahora los vi nacer pues yo ya trabajaba en la casa cuando ellos vinieron al mundo. No sé si mantienen mi puesto de trabajo porque les resultaría muy caro echarme a la calle o porque les convengo por mi experiencia y capacidad. Quiero suponer que por lo segundo. La verdad es que trabajo a gusto y tengo fama de cumplidora.
Cuando me casé, no dejé de trabajar como era la costumbre. La mujer que tenía una actividad fuera del hogar, al casarse, pedía la baja pues era una vergüenza para su marido el que siguiera haciéndolo, ya que ello significaba que no podía mantenerla. Salvo que fuera farmacéutica con farmacia propia o maestra. Lo primero porque era muy lucrativo y los hombres tampoco son tontos. Lo segundo porque se consideraba adecuado para una mujer, soltera o casada, pues las jornadas eran cortas y las vacaciones largas; por lo tanto, ella se podía ocupar simultáneamente de la casa y de los hijos. O sea que nadé contra corriente y vencí al seguir ocupando mi puesto.
Tuvimos dos hijos varones. Buenos chicos. Se portaron bien, estudiaron una carrera cada uno. Estoy orgullosa: tengo un Inspector de Hacienda y un profesor de Instituto. El mayor tiene dos niños y una niña. El pequeño solo tiene una niña. Todos mis nietos cumplen entre seis y dos años. Es decir, la revolución cuando están juntos.
Mi esposo, empleado de banca, insistió en comprar una casita, un hotelito, un chaletito, una torre… dependiendo de la región en donde Vds. se hallen. Y lo hicimos. Es una casa de dos alturas, grande, con bastante jardín –en aquel momento no había comenzado la salvaje especulación que nos ha alcanzado luego y pudimos comprarla.
La casita tiene un terreno trasero donde mi esposo, jubilado ya, todos los años planta lechugas, ajos, acelgas, tomates, pimientos. Todo en pequeña cantidad pero le mantiene entretenido.
Al principio, venirnos a la casita era una liberación. El sábado de buena mañana cogíamos el coche y hasta el domingo después de cenar estábamos allí. Yo era joven. Trabajaba toda la semana, arreglaba los niños, cocinaba, arreglaba la casa y el fin de semana rompía esa monotonía y me venía al chalet, donde tenía que traer comida, seguir guisando para todos, limpiar y arreglar el jardín. Mi esposo, aunque ahora ya no sea obvio, es hombre, y, claro, todas esas labores no van con él. Trabajaba en el banco, traía el dinero a casa y ya tenía toda su tarea hecha. Ahora, una vez retirado no voy a cambiar sus costumbres, así que ni siquiera lo he intentado. Sigue con su rutina: se levanta, va a controlar su huertita, si tengo suerte riega con la manguera el jardín, limpia un poco la piscina y ya se sienta a leer o a ver la televisión.
Cuando llega agosto me dan vacaciones en la ferretería y, todos los años, me vengo con la ilusión de cambiar de aires, de descansar y, también cada año, me doy cuenta de que descanso menos y me acuesto más tarde y más agotada. Vienen a comer, un día y otro también, y cuando no uno el otro o los dos, mis hijos y sus familias. Llegan, como es lógico a la hora justa de sentarse a la mesa, y me ayudan a sacar los platos. Después se sientan en el jardín. ¡Como hay lavaplatos! Pues yo me como el marrón de arreglar la cocina, después de comerme el de prever y comprar todos los alimentos que voy a necesitar para tanta gente. A la poca fresca que nos trae la noche se van y a mí me queda la casa sucia: mis nietos han entrado tierra a la casa con sus zapatos, han hecho guerras dentro de la casa y los muebles han servido de barricadas, el helado de media tarde se ha derramado encima del sofá, el cuarto de baño, con esa manía que tienen los hombres de marcar el territorio, huele a meados que echa de espaldas…
Me siento en la butaca del porche, derrotada en una guerra que no es la mía, y trato de hallar la causa de que resulte invisible para los demás, y nadie se percate de que mantener todo aquello en medianas condiciones de higiene cuesta esfuerzo, que no he podido leer nada en todo lo que llevo de mes, que no he visto a ninguna amiga con la que poder charlar un rato… y no digo nada. Mi esposo, único testigo que queda en la casa, no entiende lo que me pasa y, si me quejo, solo comenta: Pues diles que no vengan.
Dios… es que eso tampoco lo quiero. Deseo y necesito ver a mis hijos y a mis nietos y, si me apuran, también a mis nueras, pero me gustaría que, por una vez en la vida, me vieran ellos a mí en mi realidad. Me perciben como algo –ni siquiera una persona- a su servicio que, por amor, ha de aguantarlo todo sin pedir nada a cambio.
Así que deseo con todas mis fuerzas que venga septiembre y reintegrarme a mi querida ferretería, en la que me libero de estas ataduras, me pagan por mi trabajo y, cuando llega mi hora, me voy a mi casa sin que a nadie le parezca mal.
Si un día vinieran mis hijos y yo, sin estar enferma ni nada, les dijera: Hijos míos, he comprobado reiteradamente que no sabéis apreciar lo que os doy, así que he decidido no volver a guisar ni limpiar la casa. Ya os arreglaréis vosotros y vuestro padre para tener la ropa limpia, la comida hecha y la casa aseada. Yo dimito. No lo entenderían. Seguramente dirían: la mamá no está bien, hay que llevarla al médico, como si con unas pastillas volviera a ser el robot invisible al que están acostumbrados.
(Esta entrada se la dedico a todas las mujeres que en España les pasa lo mismo que a la protagonista. Yo les diría que no esperen agradecimiento por lo que hacen, pero que no se quejen tampoco. No conduce a nada. Lo que mejor entiende la gente son los hechos. Que hagan solo lo imprescindible y, cuando, alguno de la tropa les pregunte qué pasa que no está hecha alguna cosa, diga simplemente: no he podido y no voy a poder hacerlo. Sin más. Y si las molestan cuando leen o ven la televisión pidiendo algo que ellos mismos pueden obtener, tranquilamente que digan: Ahora no puedo; estoy leyendo. Ve y cógetelo tú mismo. No lo van a entender pero lo van a aceptar y se van a acostumbrar, seguramente sin cuestionarse el incidente, más pronto de lo que creen.)

martes, 10 de agosto de 2010

Historia de una amistad

Menos mal que la noche no ha sido fría. Solo hacia la madrugada, cuando comenzaba a clarear el día, me he tenido que arrebujar un poco con sus ropas, las que dejaron los guardias tiradas en el rincón donde dormíamos.
Cuando se lo llevaron, vagué por las calles sin rumbo fijo, con la mirada perdida y sin ilusión durante un tiempo. Al llegar la noche no supe ya dónde meterme y volví.
Por el olor, comprendí en seguida lo que estaba pasando. Hacía cuatro días que comenzó a oler diferente. Ese olor que tanto quería –y quiero- cambió un poco y supe que algo iba mal. Y acerté. El primer día aun se levantó y se fue a pedir arriba del puente. Yo fui con él, claro. Desde que nos conocimos siempre íbamos juntos. Formábamos una manada muy pequeña, de solo dos miembros pero teníamos manada y, ahora, no tengo nada, salvo su olor en estas ropas.
Nuestra vida fue dura. La de los dos. Porque, a lo largo de todo el tiempo que estuvimos juntos, entendí muchas cosas y constaté que su vida no había sido diferente de la mía.
A mí me perdieron cuando solo era un cachorro de seis meses. Tengo recuerdos de cuando formaba parte de una manada grande, con un jefe y su hembra y tres cachorros humanos que jugaban mucho conmigo. Me lo pasaba pipa con ellos. Nos revolcábamos todos juntos por el suelo. Les mordía los juguetes y me perseguían y luego, a la noche, me dejaban dormir en un colchoncito al lado de la cama del cachorro mayor. No sé qué pasó pero un día me perdí. El jefe de la manada me subió en una caja grande, de metal, con ruedas, que iba muy deprisa –luego he visto que son muy peligrosas porque pueden atropellarte- y nos fuimos muy, muy lejos. Allí bajamos, me tiró mi juguete de goma y, contento de poder devolvérselo, fui por él brincando por un terraplén que bajaba a un barranco. Me entretuve un poco porque no conocía la zona y todo olía diferente y se me empastraron los olores y no podía distinguir bien el de mi juguete pero, cuando lo encontré, radiante de alegría, subí el terraplén y ya no estaba la caja de hierro con ruedas ni el jefe de la manada. Me perdió. Esa noche me quedé allí al borde de la carretera, con el juguete entre los dientes, esperando… pero el jefe de mi manada que lo sabía todo, no supo encontrarme y, al final, muerto de hambre y de sed, tuve que emprender un viaje sin destino. No he sabido nada más de aquella que fue mi primera manada.
Anduve y anduve por la orillita de la carretera. Era un camino estrecho y las cajas de hierro con ruedas pasaban muy deprisa. Por eso tenía que ir pegadito al margen. Bebí en los charcos pero no encontré qué comer. No sé cómo llegué a una ciudad, un sitio que los humanos hacen para vivir todos juntos en cajas, como archivados, y allí busqué algo en las basuras. Pude sobrevivir pero, un tiempo después, se me marcaban todas las costillas porque había crecido pero no había comido lo suficiente.
Fue entonces cuando oí su voz. Psiiii, psiiii… Me volví y con la mano pidió que me acercara. Me acarició el lomo y tocó mis costillas como si fueran cuerdas de guitarra. Yo estaba muy triste y no podía ni mover el rabo con fuerza para que se diera cuenta de que estaba solo pero su llamada había encendido mi esperanza, solo que había olvidado como comunicarlo. O quizá entonces no lo sentía. No esperaba encontrar mi manada y no sabía que podía formar parte de otra.
Él no tenía una caja para meternos cuando aprieta el calor o por la noche a dormir. Solo teníamos un carro metálico donde metíamos la comida y la ropa. De noche, bajábamos al río y él hacía una cama para los dos con cartones y plásticos para evitar la humedad que subía de la tierra. Nos tapábamos con una manta. Yo me enroscaba y él se cogía a mí y, en las noches de invierno, pasábamos menos frío que estando solos. Comíamos lo mismo. Pedía limosna en lo alto del puente y yo le acompañaba. Una vez una mujer le dijo que le compraría comida para varios días pero tuvo que rogarle que no lo hiciera, que solo para ese día porque, de lo contrario, esa noche nos atacaría cualquier otro para robárnosla. No se dio cuenta de que yo estaría con él y no habría dejado que eso ocurriera. Ahora era un pastor alemán cruzado, grande y bien comido, y mis colmillos, convenientemente mostrados, habrían hecho desistir a cualquiera de la intención de atacarnos y robarnos. Pero él no lo sabía porque yo nunca le enseñé los dientes ni le gruñí. Solo le lamía la cara y las manos porque era el jefe de mi manada y le quería.
A él le pasó algo parecido a mí. También tuvo manada hasta su adolescencia pero les echaron de su caja de vivir y dormir y se perdió y, desde entonces, sobrevivía en la calle sin tener dónde ir.
Nuestro encuentro creo que nos hizo felices a los dos. Teníamos manada y eso es imprescindible.
Pero cambió su olor y vi que pasaba algo malo. Ese día subió al puente pero al siguiente ya no pudo. Permanecí con él. Se quedó acostado en los cartones y la frente le ardía. Yo le lamía la cara para refrescarle pero cada vez olía más a eso que no me gustaba nada. A la noche dejó de respirar. Y yo me quedé con él, a su lado, porque pensé que, aunque estaba allí, realmente lo que pasaba es que se le había perdido el alma, como me perdí yo, pero volvería, se metería otra vez en aquel cuerpo inerte, le daría calor y seguiríamos con nuestra vida.
No acerté. No le dieron tiempo a volver porque, al día siguiente, me despertaron las voces de unos hombres, vestidos todos igual, que bajaban al río y venían a nuestra guarida. Me tiraron piedras para que me fuera pero yo no podía abandonarle. Me planté delante de él, con las cuatro patas en tensión, mirándolos a todos con los ojos enardecidos por el miedo a que le hicieran daño, y entonces sí, les gruñí ferozmente y les enseñé mis colmillos para que supieran a qué atenerse. Pero eran muchos y uno de ellos sacó una cosa negra, me apuntó con ella y hubo un ruido enorme. Por un momento me quedé sordo y del miedo, salí huyendo despavorido. Me quedé a una distancia prudente y comprobé cómo lo cogían, lo subían a una especie de tabla y se lo llevaban. Cuando se fueron, seguí al coche todo lo rápido que pude pero no fue suficiente; esas cajas de hierro con ruedas corren más que yo. Me quedé vagando por la calle, con ese desinterés en la mirada que se nos queda a todos los perros sin amo.
A la noche, harto ya de dar vueltas buscándolo, volví, me acerqué receloso y sintiéndome culpable de no haber sabido defenderle mejor. Olí sus ropas, las recogí con los dientes, las llevé todas al montón y me acosté cerquita para notar su presencia.
No creo que vuelva. 

viernes, 6 de agosto de 2010

Una tarde en el campo

Hacía ya muchos días que chateaba todas las noches con él. El primer día vi su nick y me gustó: Odiseo. Me recordó la antigua Grecia y aquellos hombres, atletas, guerreros, aventureros, con aquel cuerpazo con el que salen en las películas y que yo me quedaba mirando con un poquito de deseo. Pero lo que me cautivó de su nombre fue comprender que sabía quién era Ulises y cuáles eran sus aventuras. Le abrí un privado y comenzamos la conversación. Era rápido en sus respuestas, señal inequívoca de que sólo hablaba conmigo. No utilizaba la jerga de los teléfonos móviles y de internet, por lo que colegí que se trataba de alguien con cierta edad. Me gustó su forma de contestar, su respeto, su capacidad para entender mis frases de doble sentido... y también el que no tuviera faltas de ortografía o acentos. Para mí es importante todo eso.
La noche se alargó hasta que asistimos juntos -cada uno en su casa- a las primeras luces del alba.
No quedamos, pero a la noche siguiente, me senté frente a mi ordenador con la esperanza de volver a verle. Fue él quien me encontró a mí. Y charlamos, charlamos... durante bastante tiempo.
Yo quería caerle bien y, cuando supe que vivía en mi propia ciudad, mi interés se incrementó. Yo ya procuraba decir todo aquello que pudiera agradarle, darle una versión de mí misma que le interesara. Por supuesto, no hablé de sexo porque pienso que si comienzo por ahí, el interés se pierde pronto. Eso ya llegará si ha de llegar pero no puede ser la única base de una relación. Yo lo siento así. Y él tampoco abordó el tema, lo cual le agradecí. Parecía un hombre interesante y no interesado.
Fue esa estúpida noche cuando hablábamos de aficiones comunes cuando tuvo que comentarlo:
- "Mañana me voy de pesca al pantano de ...."
- ¿Te gusta la pesca?
- Ah, me encanta.
Y entonces lo dije. Dije lo que creí que él quería oír.
- Uy, a mí también me gusta pescar.
- ¿No me digas? ¿Es cierto? ¿Puede haber una mujer que pesque?
No sé cómo quedamos para el próximo sábado en que iríamos con nuestras respectivas cañas a pescar al mismo pantano. Los dos solos.
Por supuesto no tengo caña ni sé absolutamente nada de las artes de la pesca deportiva. Pero bueno, ya iría improvisando sobre la marcha.
El día D, a la hora H, yo le esperaba en la esquina de la acera de mi casa. Mi estulticia superó todos los límites y, para que me viera guapa, me atavié perfectamente para una tarde en el campo: Cabello peinado en la peluquería, maquillaje perfecto, vestido y zapatos de tacón.
Le reconocí porque era igualito a las fotos que había enviado. Nos saludamos y su expresión denotaba diversión y estupor. Me preguntó por las cañas. Le dije que no había podido traerlas pero que le acompañaba igualmente.
Aparcó el coche frente a la ladera de la montaña que se sumergía en la verde agua. Ahora teníamos que bajar hasta la orilla. No sé qué hice, pero a dos metros de la orilla, el tacón se me dobló, me caí con las posaderas en el suelo y fui resbalando por la gravilla, con las piernas abiertas y la falda en la cintura hasta que, con estrépito y mil salpicaduras, quedé sentada como en una bañera con el agua llegándome al pecho.
Anselmo -Odiseo- dejó las cañas que portaba y vino, sin poder contener la risa, por mí. Metió sus pies, protegidos por botas altas de goma, y me ayudó a salir.
Mi vestido, estampado de flores rojas sobre blanco, salió de un color indefinido entre beige y marrón, había perdido los zapatos pues uno salió despedido en mi caída y vi el otro cómo se alejaba hacia el centro del lago.
Me quería morir. El primer día que salía con un hombre interesante se iba a hacer puñetas por mi culpa. ¿Por qué le había dicho que me gustaba la pesca?
Anselmo me aconsejó que me quitara la ropa para que se secara. En el coche llevaba una camisa y un pantalón de repuesto por si acaso, así que me dejó llorando en la empinada ribera y fue en su busca.
El paraje estaba desierto. Me desnudé y Anselmo no volvió la cabeza sino que vino hacia mí con una sonrisa pícara e irónica, a ayudarme en la tarea.
Y en ese momento comenzó todo.
Hoy tenemos tres hijos y pronto nacerá el cuarto. He aprendido a pescar con caña y nuestros hijos también lo harán. Y siempre que recordamos nuestra primer salida, no sé qué pasa pero me vuelvo a quedar embarazada... si es que ya no lo estoy.

domingo, 1 de agosto de 2010

D. Amador y las farolas

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Don Amador salió del café donde departía habitualmente con sus contertulios y comenzó a caminar por la calle Moratín hacia el norte. Era medianoche y se dirigía a casa. Había llegado soltero a la sesentena y vivía, completamente sólo, en un piso enorme de techos altos con adornos de talla, decorado tal y como lo había dejado su madre al morir. No había nada viejo pero todo era antiguo y extemporáneo. Desde las cortinas de terciopelo verde oscuro con pasamanería dorada en el borde que cerraban el pasillo y quitaban la luz que entraba por las ventanas hasta la tapicería del tresillo, de abigarradas flores multicolores sobre fondo rojo, pasando por la cocina de impolutos bancos de mármol y un cuarto de baño de bañera con patitas de león, todo era vetusto y parecía que el tiempo se había parado en un momento determinado de la vida de aquella vivienda y, desde entonces, no se hubiera puesto nada en movimiento. Ya decía San Agustín que el tiempo es el movimiento, que si éste no existiera no habría tampoco tiempo. Y allí, en aquella casa, no se movía nada.
Don Amador era rentista, es decir, vivía de las rentas que le proporcionaba su patrimonio agrícola, sin que él tuviera que mover un dedo para ganarlo. Todo se lo gestionaba el capataz que, si bien le robaba honradamente, era avispado como una ardilla y sabía pagar poco a los jornaleros y vender cara la cosecha. Y bien mirado, las sisas podían calificarse de justa compensación pues su jornal no estaba en consonancia con las responsabilidades que el amo le echaba encima.
Como buen hidalgo español, no trabajó nunca, y sus días transcurrían, desde que dejó los estudios después del Examen de Estado, en una monotonía y placidez tranquilas que únicamente se interrumpían para su asistencia a las tertulias de El León de Oro. Allí acudía por la mañana, a tomar su café y leer la prensa, después de comer para el café de la sobremesa y la tertulia vespertina y después de cenar para departir con los amigos de toda la vida, que a esa hora acudían acompañados de sus mujeres.
Yendo hacia su casa, llegó a la altura del cruce con la calle de Las Barcas, donde el Ayuntamiento había instalado una hermosa farola de hierro forjado, atornillada a la pared, que se abría en tres globos de luz mortecina y amarilla, sostenidos por un arco con volutas modernistas. D. Amador se paró en seco. Miró hacia la luz y, como si un resorte automático interno se le hubiera puesto en marcha, se quitó el sombrero en señal de respeto y comenzó un monólogo amable y tierno: “Adelita ¡qué gusto volver a verte! ¡No sabes cómo te echo de menos! Nos casaremos pronto. Mis padres se darán cuenta de que eres el amor de mi vida y dejarán que seamos novios. Lo conseguiré, no temas”. Ya en un susurro añadió: “Y ahora me voy, antes de que tus padres se percaten de que te has asomado a verme. Piensa que vivo por ti y para ti y nadie nos separará jamás. Eso te dará fuerzas para esperar. Adiós, amor mío”. Y siguió su camino. E hizo lo mismo en las otras tres farolas que se tropezó en el trayecto de su casa.
Detrás de él, sigilosamente, le seguían tres amigos de la tertulia que, como ángeles guardianes, se aseguraban de que entraba en casa cada noche. Pues D. Amador, de carácter apacible y sumiso, se enamoró en su juventud de Adela, y sus relaciones siempre estuvieron presididas por una farola como aquéllas ya que se veían obligados a hablar estando él de pie en la calle y ella asomada a una ventana próxima a la farola. No llegaron nunca a salir juntos pues a sus padres no les parecía un buen partido para él y le prohibieron verla. Hasta que un aciago día, la tuberculosis que segó tantas vidas en esos años, se llevó a Adela y él no pudo superarlo. Se transtornó pero su desorden mental solo consistía en recordar sus amores cuando hallaba una farola encendida y, en ese instante, retornaba por un momento al pasado para revivir la ilusión de su vida: casarse con Adelita.



viernes, 30 de julio de 2010

La fiesta de los Toros

Vaya por delante que me siento muy feliz con la medida tomada por la Generalitat de Cataluña al prohibir las corridas de toros. Siempre me ha parecido una salvajada, fruto de la incultura y de la insensibilidad, el hecho de que se hiciera una fiesta de la tortura y muerte de un animal, de cualquier animal.
¿Cómo justificaríamos esa prohibición en un estado derecho en el que, después de la vida, el bien más apreciado debe ser la libertad? Pues, como siempre digo, encontrando el bien al que se protege y que debe ser más importante que la libertad que se quita. En este caso, está claro que es el derecho del animal a vivir libremente y sin que se le torture. Al animal nadie le pregunta si quiere medirse con un hombre adiestrado y armado para matarle. Él va al matadero sin saberlo y sin ganar un duro. El torero ha aprendido a protegerse, cobra por lo que hace y lo asume libremente.
No me meteré con los combates de boxeo, aunque, de vez en cuando, exista una lesión o incluso una muerte. Son dos personas mayores de edad, no incapacitadas (por lo tanto, capaces) las que voluntariamente deciden pegarse por dinero. Pues por mí, como si se quieren dar cabezazos en la pared a ver cuánto aguantan. Si uno de ellos tuviera mermadas sus capacidades psíquicas me opondría porque esta persona no estaría en situación de decidir libremente.
Bien por Cataluña y por Canarias.
Pero no tan bien.
En Canarias se prohibieron las corridas hace muchos años, unos veinte, pero siguen siendo legales las peleas de gallos. ¿Es que los gallos no sufren? ¿Se les pregunta si quieren intervenir en la pelea y cuál va a ser su jornal? No, son dos seres a los que el dueño entrena para morir o matar en la arena, después de una tortura dolorosa.
En Cataluña siguen subsistiendo, como en muchas otras poblaciones españolas, los toros y vaquillas en espectáculos públicos en los que la gente se dedica a hacerlos correr, tirarles del rabo, algún petardo que otro, etc. Además, van de pueblo en pueblo, en camiones, hacinados como latas en sardina, con un calor propio del infierno. De vez en cuando, al abrir el camión, alguna res está muerta por el sofoco sufrido. ¿Qué me dicen del toro con cuerda? Se ata una cuerda a los cuernos del toro y se le hace correr por todo el pueblo hasta que, cansando, se manda al corral si tiene suerte y no cae muerto del sofoco que le hacen coger. Eso día tras día, de unos pueblos a otros. ¿Y les parece bien el toro embolado, al que atan en los cuernos dos bolas de alquitrán al que prenden fuego, y cuyas gotas encendidas van cayendo en la cara y en los ojos del astado? Aparte de que la luz de las dos fogatas de sus cuernos le ciegan y no sabe para donde ir. Es un suplicio.
Por lo tanto, hay que colegir que el hecho de prohibirlos tanto en Canarias como en Cataluña –bienvenida sea la prohibición de todas formas que por algo se empieza- no ha sido pensando solo en el bien de los pobres animales.
Tampoco quiero dar pábulo a los que acusan a todos los catalanes de haber suprimido la “fiesta nacional” por distinguirse del resto de España. Alguno habrá pero quiero creer en que todos o casi todos tienen buena fe.
Pero pensemos, de las corridas de toros ¿qué negocio queda en Cataluña o en Canarias? En ninguna de las dos comunidades existen dehesas de toros bravos, es decir, no hay producción. El único negocio posible es el de la plaza. Y la plaza se puede llenar con otro tipo de espectáculos: circos, conciertos, recitales, etc., que quizá en este momento sea mejor negocio que los toros porque en Canarias los quitaron porque no iba nadie y en Cataluña, si bien es verdad que hay grandes aficionados, no hay grandes masas de aficionados.
Otro gallo cantaría si las dehesas de toros bravos estuvieran en territorio catalán o canario y fueran propietarios de las mismas los hacendados del lugar. La pela es la pela, ya lo dijo Pujol pero es algo vigente en todos lados.
A mí me gustaría conseguir, en toda España, una ley de protección de los animales sin ninguna excepción. La caza incluso tendría que estar prohibida salvo por razones de superpoblación animal y muy controlada. Y pediría, no solo que existiera la ley sino que, además, las autoridades se esmeraran en aplicarla, porque no solo con publicar la norma está todo hecho. Es preciso llevarlo a la práctica.
Y habría que revisar también la normativa que rige las granjas de todo tipo de animales, el hacinamiento de individuos que hay en ellas, la calidad de los piensos, los antibióticos y medicamentos autorizados… y que se cumpla.
Porque no sé quién dijo hace muchos años que España es el país donde más se legisla y dónde menos se cumplen las leyes.

sábado, 24 de julio de 2010

La situación política y los insultos parlamentarios

Hace ya más de doscientos años que nació un periodista irónico vocacional que se suicidó a la edad de 27 años en pleno apogeo de su carrera. Había roto con su amante y ésta no quiso reanudar las relaciones. Sin embargo, a pesar de que su muerte se produjo inmediatamente después de que su amada le comunicara su decisión irreversible de no verle más, yo creo que no fue eso solo lo que le llevó a quitarse la vida. La situación de España y su carácter, eminentemente romántico, prepararon la tierra para sembrar su muerte. “Me duele España” dijo en alguno de sus escritos, pues veía, con tristeza, que los políticos y la Administración española, en general, no eran capaces de ver más allá de sus narices. Hay que leer el “Vuelva Vd. mañana” o “El castellano viejo” para darse cuenta de su percepción de la realidad y cuánto le dolía. A estas alturas, ya saben mis lectores que hablo de Larra. Mariano José de Larra.
Este hombre, muerto en pleno éxito de su carrera, por unos amores desairados que hicieron de gota que colma el vaso, me viene a la memoria constantemente cuando veo a nuestros Diputados en el Congreso tirarse los trastos a la cabeza sin más intención que zafarse de las sospechas y acusaciones que puedan recaer sobre el que habla y lanzar, con el ventilador, la porquería sobre el adversario.
Señores, no necesitamos saber quién es más ingenioso o quién más ducho en quedar bien y engañar al personal. Necesitamos un pacto de Estado para salvar España de esta crisis económica que ya no es crisis pues se ha convertido en una epidemia que nos afecta a todos. La palabra crisis se ha pervertido pues crisis es el momento en el que se decide una cuestión: un enfermo entra en crisis y en todo lo más una noche columbramos si se va a morir o se va a salvar. El concepto ha evolucionado para pasar a significar una situación problemática, aunque sea larga y estable.
Yo suelo ser optimista, a pesar de que mis relatos acaben siempre mal. Quizá lo hago así porque copio la vida, y porque los seres felices no tienen historia o ésta no interesa a nadie. Solo de Darwin sé, por sus memorias, que le era grato oír novelas leídas por otra persona pero pedía siempre que acabaran bien. No le gustaban los finales tristes.
En nuestra situación económica soy muy pesimista. Vivimos muy por encima de nuestras posibilidades y nuestra organización política no ayuda precisamente a economizar. La financiación actual de las comunidades autónomas es insostenible. Fíjense que no digo que el estado de las autonomías sea inviable, sino que su financiación es incompatible con los ingresos del erario público. Nuestra industria tiene un nivel de productividad tan bajo que no puede competir con lo que importamos de países, no solo los emergentes sino de todos, incluso de los de dentro mismo de la Unión Europea. La Bolsa, que es el mejor invento económico para aglutinar grandes capitales con el fin de acometer empresas que requieren mucha inversión, se ha prostituido. Los inversores no buscan una mayor rentabilidad (lo que conlleva un mayor riesgo, lógicamente) para sus ahorros cobrando los dividendos que reparten las empresas de las cuales son socios. Las acciones no suben de precio porque repartan mayores beneficios. Son objeto de una especulación bestial. No solo en España. Este mal aqueja a todo el mundo. Hoy, el inversor de bolsa que gana dinero con ella, es el especulador; es decir, el que compra por la mañana e intenta vender a mediodía con beneficio sin importarle que lo que gana él lo pierde otro menos avispado. Los directivos de las grandes empresas son los verdaderos factores que hacen y deshacen a su antojo sin tener en cuenta los intereses de los verdaderos dueños, los accionistas, que, debido a su atomización han perdido su poder. Dice la gente que sobran funcionarios y yo digo que están mal repartidos: en unos sitios sobran y en otros faltan. Lo que sobran son cargos de asesores políticos que no asesoran en nada pero cobran grandes sueldos. Nadie ha mencionado siquiera que tenemos un fuerte impuesto al trabajo en forma de cotización a la Seguridad Social; casi nadie sabe realmente cuál es el coste de un trabajador para la empresa, pues si a él se le abona un salario de mil euros limpios, a la empresa le cuesta realmente un 50% más. Ya hay algunas empresas que en el recibo de salarios hacen constar una casilla que dice “Coste para la empresa” para que sean conscientes. Las Universidades no paran de fabricar licenciados y doctores destinados al paro en su profesión –y a veces en todas- y ese coste de las universidades públicas lo soportamos entre todos porque lo que se paga de matrícula no llega ni para pagar a todos los profesores. ¿No sería mejor que la matrícula recogiera todos los costes y se estableciera un buen sistema de becas y ayudas públicas para quien no pudiera permitírselo y demostrara querer estudiar? Y no mentemos a la madre del cordero, es decir, la educación de los niños y jóvenes porque sólo con ese tema podríamos estar varias semanas hablando y sin entendernos. No se prima el esfuerzo personal y los acostumbramos a tener todo tipo de derechos sin que se los hayan ganado de ninguna forma.
¡Son tantas cosas las que habría que reformar! Y lo más difícil, que se tendría que comenzar inculcando una ética a los ciudadanos. No estoy hablando de moral religiosa sino ética, ese acervo de valores que debe regir el comportamiento de los hombres en pos del bien común. Fernando Fernán Gómez, hombre al que admiré siempre por su sagacidad y sentido común –y también por lo bruto que era con los maleducados- decía que España seguía siendo el país del pícaro y que las descripciones contenidas en “El Lazarillo de Tormes” servían para ahora mismo; también avisaba que así no se llega nunca a ninguna parte sino a la política de supervivencia personal y social pero no al avance.
Desde luego, de todo esto no tienen la culpa los que viven de su sueldo, sean obreros, empleados o funcionarios, pero sí tienen una parte de responsabilidad. Sencillamente porque ellos son los que mueven con sus votos el aparato del Estado e igual que demandan programas de televisión que son basureros de insultos incontrolados demandan una administración pública que les sea favorable a corto plazo, sin pensar en el bien del país en general y a largo plazo. ¿Qué dejaremos a nuestros hijos?
El Gobierno, a mi juicio, no ha generado la crisis. Ha sido mundial. Pero nosotros tenemos problemas estructurales tan graves que las circunstancias globales harán que lo pasemos peor que ninguno de los países de nuestro entorno. El Gobierno sí es responsable de no haber sabido gestionarla porque el único parche que ha puesto ha sido a costa de los más débiles: los funcionarios y los pensionistas (y con ellos arrastrará a los trabajadores porque los Convenios se negociarán en adelante a la baja), no ha tomado medidas serias para intentar bajar el fraude fiscal y ha incrementado los impuestos indirectos (es decir, los más injustos). Es cierto que la oposición no ha ayudado en absoluto pero quien gobierna, gobierna y en este lance le ha tocado el turno al PSOE y es quien debe tomar medidas. Y las medidas que toma son únicamente circunstanciales, parches que se ponen allá por donde entra agua -sin construir un casco nuevo para el barco- que solo distraen la atención por unos días de los profundos problemas que nos aquejan.
Menos mal que hemos ganado el Mundial. Parece que con eso está justificada la legislatura y hasta hubo quien lo insinuó en las Cortes.
Es hora ya de concienciarse de que no podemos jugar a la política de partidos, a ver quién es el que ridiculiza mejor al contrario en el Congreso. Hace falta un pacto de Estado porque las reformas sociales y económicas que necesita el país son de tal calibre que han de tener, por fuerza, un altísimo coste electoral, y todos han de ser corresponsables de las mismas y pagar ese coste entre todos. En ese caso, si se unieran los principales partidos para dar una salida, de una vez por todas, a este país llamado España, el coste electoral sería mucho menor porque los electores entenderían que la situación es tan grave que los partidos políticos han dejado de lado sus propios y cortos intereses para embarcarse en una reforma integral, grande y profunda como una revolución pero pacífica, que nos beneficie a todos.
Hace dos o tres días pude oír en el Congreso que la Diputada Sáenz de Santamaría le leyó al partido de la oposición, representado en ese momento por la Vicepresidenta Fernández de la Vega, unos versos del Tenorio -cuyo autor se dio a conocer precisamente leyendo una de sus elegías en el entierro de Larra- dedicados al Presidente Zapatero, que dicen así: “No hay lance extraño, no hay escándalo ni engaño en que no me hallara yo. Por donde quiera que fui, la razón atropellé, la virtud escarnecí, a la Justicia burle, … y en todas partes dejé memoria amarga de mí”.
Un amigo, con un puntito de genialidad, que estaba a mi lado, dijo prontamente: ¡Qué ocasión ha perdido la Teresa de la Vega! Como réplica le habría bastado levantarse y decir escuetamente: ¡Zorrilla!

viernes, 23 de julio de 2010

Un amor roto

Soy un hombre joven y guapo, trabajo en la empresa de mi padre y el dinero no me falta. No soy rico, rico, pero tengo un buen pasar y, además, expectativas bastante fundadas de que mi situación irá mejorando. En la empresa fabricamos y arreglamos depósitos para gasolineras y no nos falta el trabajo. La vida me sonríe, chico, pero, a pesar de todo, no era completamente feliz. Siempre me faltaba algo para sentirme pleno, para respirar hondo. Hasta que apareció ella. Aun cuando soy consciente de que debo ser una pieza codiciada, mi timidez me obliga a pensar que ninguna mujer se interesará por mí.
Ella. Ella me abordó en el metro. Me preguntó por la parada donde quería bajar. Morena, cabello liso y muy negro, desparramado en una melena larga, brillante y sedosa. Los ojos un poquito achinados y los pómulos marcados. Las carnes prietas y oscuras, en su exuberancia, saltaban fuera de la ropa en el escote. La falda corta dejaba ver unas piernas corrientes, nada del otro mundo. Pero, ah! ah su sonrisa!  Solo para hablar de una parada de metro su rostro me sedujo. Su voz, dulce y melosa, me transportó al mundo fantástico donde todo es bueno y uno quiere quedarse para siempre.
Quizá porque la vi inmigrante –se notaba que era descendiente de los incas- fui capaz de bajar tras ella en su parada, intentando por todos los medios que no se me escapara. En un mes éramos novios. Y me contó su historia: en su país le era imposible vivir, el salario no les alcanzaba para comer. Tenía dos hijos de una única pareja anterior, que cuidaban sus padres y que no había visto desde hacía más de dos años. Su voz, pausada, cantarina, amable, me envolvía a la vez que denotaba su sumisión para conmigo.
La llevé a casa para presentarla a mi padre. Mi madre murió hace tiempo. Papá, reservado siempre, la trató con educación y exquisitez pero guardando las distancias. Cuando nos quedamos solos ya me habló sin ambages:

- Hijo: Yovana es una trepa y no te conviene en absoluto.
- Pero papá ¿Por qué dices eso? ¿No has visto su actitud mansa, tierna y bondadosa? Ha venido en busca de una vida mejor para sus hijos…
- Haz lo que quieras, por mí que no quede pero ya me darás la razón.

Quedé sorprendido y humillado por el vaticinio de mi padre. No obstante, yo era el que iba a casarme con ella y a adoptar formalmente a sus hijos, así que su opinión, valiosa para mí en cualquier otro asunto, no apartó ni un ápice mis intenciones del plan que me había trazado. De momento le daría trabajo en mi empresa como administrativa, y podría tenerla siempre a mi lado.
Un año trabajó para mí. Y mi vida dependía por completo de la suya: ella constituía mi alegría, sus problemas y vivencias eran los míos, y no concebía su ausencia. Mi padre se opuso a que conviviéramos, así que, además del salario tuve que pagarle un apartamento para que pudiera residir dignamente. Hasta entonces había malvivido en un habitación alquilada en un piso compartido. Y, claro, le di dinero todos los meses para mantener a sus hijos, tan lejanos. Freddy y Magaly, de tres y cinco años, eran ya mis hijos moralmente, y ansiaba que llegara el día en el que fuéramos a recogerlos para que se vinieran a vivir con nosotros. Pero mi padre seguía torciendo el morro. Algo seguía sin encajarle aunque no se opuso a nada de lo que quise hacer.
Me convenció de que sería mucho mejor que fuera ella sola por Freddy y Magaly. De momento, los niños no tenían que asustarse por mi presencia; al fin y al cabo habían crecido sin padre y habría que prepararlos para que aceptaran esa figura paterna que tanta falta les hacía. Le di mi beneplácito. Iba a estar unos dos meses en su país y luego volverían los tres juntos. Yo mismo me ofrecí a ir a la Agencia de Viajes para preparar los pasajes de todos pero ella era un encanto y no me dejó.

- ¿Para qué te vas a molestar? No es trabajo tuyo. Ya has hecho bastante por mí. Dame el dinero que yo misma lo concierto todo.

Y así lo hizo. Más aun. Para que me saliera todo más barato lo arregló por internet. Yo solo tuve que poner el dinero.
Y se fue. Y llevé muy mal su ausencia porque la echaba de menos, porque no podía vivir ya sin ella, porque formaba parte de mí y me sentía como si me hubieran arrancado un miembro de mi cuerpo. No era la castidad impuesta por la lejanía, que también, era algo mucho más profundo. Yo no era un hombre cabal sin su compañía. Nos llamábamos por teléfono todos los días y, con esa voz que me subyugaba me fue contando cuál era su vida allí, cómo encontró su país, pobre y sucio para casi todos mientras una elite de privilegiados eran los más ricos del mundo, y las ganas que tenía de volver a estrecharme entre sus brazos. Le pedí hablar con los niños pero dijo que no era buen momento, que no quería contarles nada hasta llegar a España.
Un mes llevaba sólo cuando recibí la llamada.

- Hola, buenos días, ¿es la empresa …?
- Si, señor, aquí es, ¿qué quería?
- Bueno, mire, yo soy … de la seguridad social de Málaga y, en realidad, busco a una trabajadora de Vds. Y me dio su nombre.
- Sí, es aquí.
- Pero ¿trabaja ahí?
- Sí, sí, diga Vd.
- ¿Puedo hablar con ella?
- Es que ahora no está.
- Perdone, pero ¿Vd. quién es?
- Yo soy el Gerente.
- Ah, fantástico. ¿Cuándo puedo llamarla para hablar con ella? Es que tengo un problema.
- ¿Qué pasa? ¿Pasa algo?
- Hombre, es un problema relativo pero me ha llamado la atención. Esta señorita aparece de alta en la Seguridad Social en empresas de tres provincias diferentes, aquí en Málaga, en Barcelona y ahí en Zamora y en todas partes a jornada completa. Es evidente que debe haber un error. Lo de aquí de Málaga yo creía que era un fraude para que consiguiera “los papeles” porque el contratante es su novio pero, al darme cuenta de que hace un año que está de alta en esa empresa he desechado la idea.

Mi mundo se rompió en pequeños pedazos que cayeron todos, como un cristal hecho añicos, a mis pies. Apenas pude balbucear:

- ¿Cómo su novio? ¿Cómo su novio? Su novio soy yo.

Se hizo un silencio interminable al otro lado de la línea y el funcionario comenzó a disculparse:

- Bueno, eso fue lo que me dijo su asesor pero, claro, pude entenderlo mal. Seguramente fue eso, he trabucado dos expedientes diferentes. Discúlpeme porque no estoy seguro. Me he equivocado.

Reaccioné con toda prontitud.

- Haga el favor de decirme todo lo que sepa, por favor. Tengo 35 años y estoy a punto de casarme con ella y adoptar a sus dos hijos. Creo que tengo derecho a saber qué está pasando. Por mí y por mi padre, al que nunca le ha gustado mi novia y que, como se confirmen sus sospechas, me mata. Le pido por favor que me diga lo que sabe. Ella se ha ido a su país durante dos meses para traer ya a sus hijos. Es preciso que me informe.
- Señor, hágase cargo, no puedo decirle nada. Ya he dicho demasiado.
- Le juro que no diré de dónde he obtenido la información pero póngase en mi lugar. Me ha dejado Vd. atónito y desesperado y he de confirmar lo que sospecho.
- Lo siento, no puedo decirle nada.

Y colgó. Y el mundo se acabó para mí, y comencé a llorar allí mismo, de pie junto al teléfono. Y las sacudidas de mis sollozos cada vez eran más violentas. Y todo el mundo en la oficina me miraba y me di cuenta de que habían oído mi conversación porque tenía la puerta abierta. Hasta que perdí el control y grité como un animal herido y acorralado. Y acompañé mi alarido con un golpe de brazo que lanzó, primero contra la pared y luego al suelo, todo lo había encima de mi mesa.
Fue entonces cuando entraron los tres administrativos que estaban fuera de mi despacho. Luché a brazo partido para que me dejaran seguir destrozando los papeles, el ordenador, los muebles, hasta que uno de los obreros, fiel como un perro y del que jamás me lo habría esperado, me dio un puñetazo que acabó con mi explosión histérica. Le lancé la maldición: ¡Te acordarás de esto! Se acercó a mí, me acarició la cabeza, y me musitó al oído: cálmate, Carlos, vámonos a urgencias; no estás en condiciones de seguir aquí.
Deseché la idea y no quise ir. Por fortuna, mi padre estaría ausente hasta la tarde. Cuando me calmé les pedí que no le contaran nada, que ya se me había pasado y no quería preocuparle.
Esa tarde, como todas, la llamé. Su actitud fue la misma de todos los días pasados. No le dije nada. Esperaba a tener fuerzas para preguntarle y, si era preciso, enfrentarme a ella.
Dos días más tarde, recibí una llamada de teléfono. El que llamaba preguntó por el Gerente, el hijo, sin más. Reconocí su voz al instante, era el mismo funcionario a quien, por más que lo intenté, no conseguí localizar en los dos días que habían pasado desde su anterior llamada.

- Dígame ¿qué pasa?
- Hola buenos días. Mire soy el mismo funcionario que le llamó hace dos días. Me preocupaba Vd. y quería saber cómo se encontraba.
- Estoy bien.
- Bueno, y quería decirle otra cosa. Su actitud aguijó mi curiosidad y establecí contacto con la empresa de Barcelona para ver si realmente trabajaba allí o no.
- Es un puticlub ¿verdad?
- No lo sé. La de Málaga es un bar normal pero ella no está aquí. Me lo ha dicho el asesor. El que me dijo que el dueño del bar era su novio.
- Pero tengo una cosa que le puede interesar aunque siempre negaré, si Vd. lo dice, que he sido yo el que se lo ha proporcionado. Pero amigo, me compadezco de Vd. y si me pasara a mí, querría que alguien me ayudara a investigar las cosas. Es muy serio lo que le pasa.
- Gracias por su comprensión. ¿Qué es lo que sabe?
- Tengo el teléfono de la empresa donde trabaja. Llámela por la noche.
- Ya me ha dicho bastante. Gracias, muchas gracias.

La tarde la pasé con una tristeza infinita pero no lloré ni la llamé. Me quedé en el despacho alegando que tenía trabajo y le pedí a mi padre que no me esperara para cenar. A las 11 de la noche, tembloroso y asustado, me decidí a marcar el número, y una voz de hombre, cansina y desinteresada, contestó.

- Hotel La Polvorosa, dígame.
- Páseme con recepción.
- Bueno, aquí no tenemos recepción.
- Pero ¿eso no es un hotel?
- Sí, según se mire. Te puedes quedar a dormir si quieres.
- ¿Y por qué no hay recepción?
- No hace falta. Los clientes pasan primero por el bar. A elegir.
- Escuche, ¿es eso un puticlub?
- Pues eso mismo, sí señor.
- ¿Conoce Vd. a una chica morena  -le di la descripción-….?
- ¿Alejandra?
- Bueno, no sé cómo se llama. - En todo caso, podía ser su nombre de guerra-.
- Sí, debe ser ella, porque las demás son todas de países del este y son rubitas y eso. La única que tenemos morena y un poco india es Alejandra, que, por cierto, tiene mucho éxito.
- ¿Me puede pasar con ella?
- Pues está con un cliente y, como comprenderá, no se lo puede dejar a mitad.
- Sí, ya comprendo. ¿Le puede dar un recado cuando acabe?
- Desde luego.
- Pues dígale que llame a su novio. El de Zamora.
- Sí que es Alejandra porque un día la oí decir que venía de Zamora.

Ni ese día, ni el siguiente ni todos los que siguieron hasta hoy he recibido su llamada. La he dado de baja en la empresa por abandono de trabajo. Y supongo que me pasará el disgusto con el tiempo. De momento, parezco un zombi, un muerto –porque muerta tengo el alma- que se arrastra por la vida sin esperanza de volver a vivir. Yo la llamaba siempre a un móvil de su país. No sé cómo se las arregló. Ni quiero saberlo.
Mi padre no ha pedido explicaciones. No dijo nada. Se lo agradezco.


(El cuento es cierto. Sé que es políticamente incorrecto. He de decir que los inmigrantes que vienen a nuestro país no acuden a engañarnos sino, casi siempre, a buscar una vida mejor ganándose la vida honradamente. Esto mismo le podía haber pasado con una española. Pero fue así y así lo cuento.)

domingo, 18 de julio de 2010

La publicidad de la prostitución

Como siempre, es difícil colocarse ante una página en blanco tratando de desgranar los propios pensamientos, con cierto orden y claridad para ser entendido por los pocos lectores que tengo.
Los anuncios de prostitución es lo que me da vueltas en el magín desde que, a mediodía, he oído en el telediario que el gobierno quería prohibirlos. No he entendido si la prohibición era absoluta, es decir, nadie puede anunciar prostitución y en ningún medio, o bien se trataba de evitar dichos anuncios en la prensa diaria.
Lo problemático de las prohibiciones es que no se sabe dónde está el corte adecuado: ¿Por qué me paro aquí y no puedo prohibir un poquito más? ¿Y un poco más? ¿Y más? Hasta que, por ejemplo, podamos prohibir que la gente vaya vestida por la calle pareciendo una prostituta. Pero ¿a juicio de quién? ¿Quién es el juez que se pronuncie sobre ese límite? Se daría el paradójico caso en el supuesto de que prohíban también los velos islámicos en que las mujeres no podrían ir tapadas ni destapadas en exceso. Pero insisto ¿quién será el que fije el límite en ambos casos?
Lo primero que me pregunto es qué se persigue con dicha prohibición. Porque ninguna prohibición es legítima si no protege un bien superior a la libertad que quita.
Entiendo que Doña Bibiana persigue acabar con una de estas dos cosas, bien con la propia prostitución bien con su visibilidad. No sé si será “miembra” del Opus aunque creo que, después de defender la Ley del Aborto, está claro que no. Aunque en este asunto demuestra un puritanismo digno del mejor calvinista.
Dicen que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo y no creo que habiendo perdurado desde que el mundo existe, pueda acabarse simplemente prohibiendo la publicidad de quien la ejerce. Si prohibimos la publicidad, simple y llanamente, la prostitución pasará a ejercerse en otros lugares y su publicidad se seguirá haciendo por otros medios. Pasará a la clandestinidad y eso siempre es malo. Luz y taquígrafos para todo.
Todas las personas que ahora se anuncian en un medio de comunicación y que ejercen en su casa tendrán que bajar a la calle a vender su mercancía, aunque lo que viene después de la transacción comercial se haga donde antes se hacía. Esto generará focos de prostitución de los más distintos pelajes. Y siempre rebajará el caché de los ejercientes, de los contratantes y del barrio donde se ubique el foco.
Me pregunto si se habrá hecho un estudio serio al respecto. Es decir, qué porcentaje de prostitutos/as realizan ese intercambio de sexo por dinero de forma totalmente libre. Porque siempre que hablamos de prostitución nos imaginamos mujeres ejercientes. Pero también hay hombres, para hombres y para mujeres. ¿Qué porcentaje dentro de la prostitución representan los hombres que se dedican a dicha actividad?
Se habla de prostitución y uno piensa en dos cosas: la trata de blancas, es decir, mujeres que, contra su voluntad, son obligadas por proxenetas a prostituirse y cuyos beneficios son percibidos por éstos, y también en la pobre chica que se tiene que dedicar a eso forzosamente porque no encuentra un trabajo digno.
La realidad es otra. Según los últimos estudios realizados en nuestro país, solo una de cada seis personas que se prostituyen lo hacen contra su voluntad. Lo que indica que, la gran mayoría, lo hace voluntariamente.
Si miran Vds. la oferta de sexo pagado de los periódicos verán dos tipos de anuncios, los que se anuncian personalmente y atienden en su propia casa o en hoteles y los gabinetes (es decir, prostíbulos) donde igual puede hacerse una fiesta, que tomar una copa, que cerrar el trato para acostarse con alguien. En el primer caso, el beneficio que se obtiene con la prostitución es única y exclusivamente para el/la prostituto/a. En el segundo caso suele haber proxenetismo –el beneficio se comparte con el proxeneta- pero no siempre.
Últimamente, como el proxenetismo está prohibido y penado, la actividad se desarrolla de manera “legal”. Los que ejercen cierran el trato con el cliente directamente y el proxeneta -porque sigue siendo eso y no otra cosa- es el dueño del lupanar y su negocio consiste -al menos, formalmente- en alquilar las habitaciones para que las hetairas, chaperos o troyanos puedan ejercer su actividad, además del descorche, que, para el que lo ignore, denomina que la chica -en esto sí que son normalmente mujeres- se lleve un porcentaje de lo que hace consumir al cliente. Ella siempre pide whisky pero le sirven una especie de te que tiene su mismo color porque, si fuera destilado auténtico, al final de la noche habría entrado en coma etílico. ¿Ven Vds. qué fácil es burlar la ley? En realidad, las cosas siguen como antes. El proxeneta fija los precios, los cobra y les da a sus “trabajadores” una pequeña parte.
El único límite que veo yo se pueda imponer a la prostitución es a la que se ejerce sin la voluntad cabal de quien lo hace. Y esa, que es delito, seguirá existiendo. Es cosa de la policía de cada país el investigar si existe y dónde y detener a los delincuentes. Si parte de esta prostitución se anuncia en un periódico, la policía lo tendrá más fácil para poder llegar y realizar una inspección en toda regla. Si los prostitutos/as disponen de sus documentos identificativos en su poder es un indicio de que se hallan allí por su voluntad. Otra cosa es que esos pasaportes o Documentos de Identidad sean celosamente guardados por los regidores del local. Entonces da que pensar… Pero aunque esta delictuosa prostitución no se anuncie libremente, la que se anuncia, al ser más fácil de encontrar, dificultará que los clientes lleguen a la otra, lo que mantendrá aquélla en un nivel menor de actividad. Le quitará clientes.
En cuanto al que la ejerce porque no tiene otro trabajo decente que poder hacer –lo que se da en un pequeñísimo porcentaje-, le van a quitar su único y pobre medio de vida que le sostiene a él/ella y, a veces, a sus hijos. ¿No sería mejor, en lugar de prohibirle anunciarse, brindarle una alternativa laboral para que pueda dejar aquello que se ve forzado/a por las circunstancias a practicar? ¿Se hace algo en este sentido? ¿Se pone a disposición de estas mujeres y hombres viviendas sociales y guarderías al alcance de los bajos salarios que tendrán que sufrir en adelante? Porque nadie quiere cambiar un ingreso que, en el peor de los casos, duplica o triplica el salario normal en trabajos “decentes” y, desde ese momento, no tener para vivir. Lo malo siempre es el primer servicio. Luego se hace callo.
¿Quién es el Gobierno para prohibir a una persona que se prostituya? Porque la Constitución, en su art. 16, declara como un derecho fundamental de las personas la libertad. Y esa libertad incluye, si fuere el caso, hasta el error.
No podemos erigirnos en paladines salvadores de quien no quiere ser salvado.
Y si lo que se quiere es únicamente que la prostitución no sea visible el caso es peor pues únicamente la hipocresía puede guiar tal acción. ¿Qué sentido tiene que no exista publicidad en los periódicos cuando Internet está plagada de este tipo de anuncios?
Quizá no me parecería del todo mal que se prohibiera la publicidad del sexo pagado en los periódicos y se permitiera en la prensa especializada, dejando así un canal abierto para quien quiera ejercer o recurrir a sus servicios.
Y voy más allá. Puesto que la prostitución se ejercerá siempre y mueve mucho dinero ¿por qué, en lugar de prohibir su publicidad, no se legaliza su ejercicio regulando el sector? Son personas que suelen ganar bastante dinero, no pagan impuestos, no pagan Seguridad Social (lo que quiere decir que su sanidad va a cargo de todos nosotros pues sus ingresos oficiales son nulos) y cuando son mayores o sufren algún percance que les impide seguir en el negocio hay que habilitarles una pensión no contributiva para que puedan malvivir. ¿No podría regularse de forma que tuvieran cabida en el Régimen Especial de Trabajadores Autónomos y se dieran de alta en el Censo Tributario y pagaran impuestos como todos nosotros. En Hacienda se podría crear un sistema especial puesto que la clientela de estos servicios no quiere factura. En fin… con buena voluntad, podría hacerse.
Porque es injusto que un/a prostituto/a de lujo gane mucho más que cualquier directivo de una pequeña empresa y no contribuya al bien común.
Todo esto no significa que me guste que exista la prostitución pero no se puede negar lo evidente ni se pueden poner puertas al campo. Existe y mirando hacia otro lado no se va a acabar.

viernes, 16 de julio de 2010

La injusticia de una noche

Me hallaba solo y desamparado en una carretera secundaria porque mi añejo automóvil, incomprensiblemente, después de tantos años de andadura feliz, comenzó a temblequear y renquear hasta que le dio por pararse por completo en plena noche, obligándome a descender de mi cabalgadura con el fin de iniciar la tarea, de incierto resultado por lo avanzado de la hora, de toparme con alguien que pudiera brindarme una ayuda en mi desgracia. Porque ¿qué hacía yo a las tres de la mañana, a una hora de camino de mi casa, en un paraje tan desolado y siniestro?
Era una noche de especial negrura, de ésas en que las farolas, para emular a la luna nueva, se apagan vaya Vd. a saber por qué, y dejan sumido el paisaje en una tiniebla permanente e impenetrable.
Al escrutar el horizonte, imaginé más que vi, a lo lejos, una luz roja, y comencé a caminar en pos de la estrella que me ofrecía el azar, esperando descubrir algún bar abierto en el que hubiera parroquianos amables que pudieran y quisieran echarme una mano en mi infortunio. ¿Qué otra cosa puedo decir de aquel lance en el que colocó Fortuna? Infortunio era y no pequeño pues hacía horas que habría querido estar durmiendo.
La carretera, intransitada totalmente en el rato que serpenteé con ella, estaba guardada por centinelas arbóreos, altos como gigantes, que crecían alineadamente en sus márgenes y que, en aquella opacidad visual me sirvieron de guía pues no me impuse más tarea que la de llegar al siguiente árbol, único al que podía intuir, y siguiéndolos, uno tras otro, me condujeron a una casa aislada, de planta baja y un solo piso con tres ventanas que daban a la calle, es decir, a la misma vía por la que venía yo. Poseo un hado venturoso pues, aparcados a la puerta descubrí tres automóviles. Cierto que dos eran furgonetas un tanto vetustas y añosas pero el tercero, ¡oh el tercero! Un Mercedes que, si bien, no era de alta gama sobresalía en el conjunto. La luz roja que columbré en la lejanía desde donde me dejó mi coche, no eran sino los neones de la puerta que daban nombre al local: Melody.
Buen augurio, pensé. Melody ha de significar, necesariamente, melodía y ello presupone equilibrio y amalgama de varias cosas que, todas juntas, hacen otra agradable. Así que franqueé la puerta del local alegremente. Una puerta tosca, de madera, sin florituras. Y me hallé ante un cuadro de Rubens. Cinco hermosas damas, entradas en carnes -y creo que también en años- ligeras de ropa -supongo que, por el calor y la humedad existentes en el interior- sentadas en taburetes y apoyadas a lo largo de una barra de bar tapizada de escay en su borde. Algo extraño me llamó la atención, pues la disposición de las damas, de espaldas a la barra y todas en hilera no era la habitual en estos casos. El bar, porque aquello era un bar, no disponía de mesas y sillas, y de los tres clientes propietarios de los coches que había afuera, dos de ellos también se apoyaban en la pared contraria a la de la barra y, el tercero, hablaba en voz baja con la dependienta un poco más allá. Mujer ésta mucho mayor que las otras, igualmente vestida con ropa muy breve, y que, por sus expresiones y cabezadas no parecía estar muy conforme con lo que el supuesto cliente le expresaba.
Por mi natural confiado, y por la necesidad que me acuciaba, fui a dirigirme a la primera señora para preguntarle si podrían ayudarme o darme cobijo para pasar la noche. No llegué a hacerlo. De pronto, se abrió la puerta con gran estrépito, pues del golpe que le dieron rebotó contra la pared, y entraron -los conté por lo insólito del caso- quince guardia civiles armados hasta los dientes y dos señoras, vestidas de acuerdo a la estación en la que estábamos, es decir, con abrigo, como iba yo, que portaban sendas carpetas.
Intuí que algo no encajaba e, instintivamente, también yo me arrimé a la pared donde estaban los otros dos parroquianos y me apoyé en ella, a la espera de acontecimientos. El hombre, joven, guapo y atlético, que estaba hablando con la señora que regentaba el local, se volvió de pronto y comenzó a comandar la expedición de los Guardias Civiles y su compañía femenina.
A nosotros no nos hicieron ningún caso por lo que tuve oportunidad de mirar y remirar el local, donde los desconchones evidentes de pintura, decoraban las paredes mostrando dibujos como si fueran cuadros abstractos. Pronto advertí que, en el mostrador, olvidado por todos los presentes, aparecía una procesión de cucarachas negras que se desparramaban para un lado y otro sin que nadie hiciera nada para evitarlo.
Los Guardia Civiles, entre cuyas filas marchaba una mujer uniformada, se dedicaron a registrar y sacar todo cuanto encontraron debajo de la barra y ponerlo encima, sin preocuparse si pisaban o no alguno de los insectos que procesionaban por ella.
Oh! Apareció una libreta y el Guardia Civil que la encontró llamó a las dos mujeres vestidas de paisano y cuya función se me escapaba, con la alegría impresa en el semblante pues parecía que habían hallado uno de los objetos que andaban buscando. El local era pequeño y aunque estaba en la parte contraria del mismo, mi ubicación me permitía ver y escuchar todo lo que decían. No averigüé gran cosa pues ellas señalaban las líneas escritas en la libreta y decían que aquello no podían ser consumiciones pues de las cantidades se deducía que su importe era superior al que se podía cobrar en el local y que por lo tanto, esas cantidades debían corresponder a “lo otro”. No lo entendí. ¿Qué sería ese “lo otro”? Después comenzaron a interrogar a las mujeres una por una, pidiéndoles datos de identificación y situación legal y laboral.
Al cabo, los guardia civiles que habían penetrado por una puerta lateral que abría a una escalera interior, bajaron diciéndole a su jefe que el piso superior estaba distribuido en seis habitaciones y un solo cuarto de baño, con lo que quedé tranquilo pues, si bien parecía que la noche se iba a alargar un poco por aquella intrusión armada, podría pasar el resto de la misma bien instalado en una de aquellas camas.
Pero la noche parecía de goma pues mi percepción la estiraba y la estiraba haciéndola interminable. Simultáneamente al registro del piso superior, dos guardia civiles varones y la mujer fueron introduciendo a cada una de las mujeres en una habitacioncilla que se hallaba a mi lado, y por lo que pude oír a través del tabiquillo y la puerta mal cerrada, les preguntaban cuál era la razón de su presencia en el local y, al menos esa impresión me dio, las cacheaban también. No sé qué buscarían. ¡Si con la poca ropa que llevaban ya se veía todo lo que pudiera haber!
Ellas insistían y volvían a insistir a preguntas de todos los presentes -menos nosotros, claro- que eran amigas íntimas y se reunían en el local por ser todas de la misma nacionalidad centroamericana para disfrutar un rato tomando una copa. Pero el caso es que era un bar, estaba claro, pero no pude ver más que dos botellas en toda la estantería, una de whisky malo y otra de coñac andaluz barato. Ni cafetera, ya que se sustituyó –por las trazas que su desmontaje dejó en la pared- por una máquina automática de esas que funcionan con monedas.
Los dos hombres de mi lado mostraban su disgusto por la intrusión y el que estaba junto a mí preguntó a uno de los números qué iban a hacer con ellos porque no tenía ningún interés de que su mujer se enterara de dónde se hallaba. Tranquilizolo el guardián de la ley, informándole que si llevaba su documentación y la de su coche en regla, en breve le dejarían marchar sin más trámites.
Fue en ese momento que, a petición de una de las mujeres de paisano que, a la sazón, sudaban como cerdos dentro de sus abrigos -igual que yo- la dueña del establecimiento abrió una puerta justo a mi lado y pude ver otra habitación, sin ventana a la calle, y con bidet y lavabo incorporados, llena de trastos hasta el techo, salvo la cama, la cual daba dulce y cálido cobijo a una familia entera de cucarachas diferentes a las que paseaban, a sus anchas, por la barra. La señora, cuando salió sin lo que buscaba, se acercó a un número de la guardia civil que esperaba en la barra e intercambió unas palabras con él. Éste vino a decir que no tendrían que haber ido ellos sino una brigadilla de biólogos con el fin de comprobar si, en aquel lugar ignoto e inexplorado -por la falta de limpieza- había aparecido alguna especie nueva de artrópodo cucarachídeo que pudiera haber dado brillo y esplendor a la ciencia hispana.
Al oír el comentario se ve que mi semblante delató la sorpresa que me embargaba pues, de dos zancadas, se situó frente a mí el que había hablado y me pidió la documentación completa. La había dejado en el coche por lo tanto tuve que permanecer en el local hasta que todo acabó y fui conducido por un coche camuflado de la Guardia Civil a donde había estacionado el mío para mostrar mis documentos de identidad y los del vehículo. En el Mercedes estacionado a la puerta subió el comandante del grupo.
No se portaron mal. No podía dejar el coche allí por el peligro que suponía para los que pudieren circular por la vía, así que tuve que llamar a la grúa -no disponía de seguro vigente pero no se dieron cuenta- y un guardia civil me escoltó hasta que salí del lugar, clareando el alba, hacia mi casa.
Pienso en aquellas mujeres, que, inocentemente se reunían para hablar de sus cosas y en el susto que les dieron, y solo me viene a la cabeza la procesión de insectos blattarios que desfilaban por la barra.
Señor ¡qué injusta es la vida!