A la vista de los comentarios que ha suscitado mi última entrada en El Mirón, quiero hacer una puntualización en cuanto al tema de la escuela pública/privada:
Escuela concertada: Un lector me indica, amablemente, que es defensor de la escuela pública y que el que quiera una educación de élite para sus hijos que se la pague de su bolsillo.
o En primer lugar no es cierto que en la enseñanza concertada se haga una elección de los alumnos en función del nivel de sus conocimientos. Se admite a todos por igual. Lo que pasa, y eso es lo que creo que quiere decir mi lector es que no todos los niños pueden ir a esos colegios concertados. ¿Por qué? Pues porque hay gastos que, aunque la enseñanza esté concertada, encarecen de tal forma la asistencia, que es prohibitiva para ciertas clases sociales. Por ejemplo, el autobús escolar y el comedor. Uno pregunta por los precios, le dicen que la enseñanza es gratuita pero que el niño ha de quedarse a comer y pagar el autobús –porque el centro escolar está situado en las chimbambas- y ya no pide la plaza. Si existe alguna discriminación en el ingreso a esos colegios, los padres pueden denunciarla en la Inspección de Educación correspondiente. No es que me guste esta situación pero hay que calificar los hechos como son.
o En segundo lugar, hay que tener en cuenta que toda esa red de colegios privados –que no todos son religiosos- que existían en España les han venido muy bien a las autoridades porque el desembolso que tendrían que haber realizado para ofertar plazas públicas para todos era enorme comparado con la simple subvención del costo de las plazas, porque en esa subvención no se incluye la amortización de las instalaciones ni otros gastos. Por lo tanto, ha sido el propio gobierno al que le ha venido bien tener toda esa oferta de plazas escolares montada y en pleno rendimiento. También es cierto que a los propietarios de los colegios en esta situación también les ha venido bien la subvención porque, de no haberla tenido, estoy seguro de que habrían perdido algún cliente –no todos ni mucho menos.
o En tercer lugar, no estoy de acuerdo con su manifestación de que “el que quiera una educación de élite que se la pague” porque lo que yo pretendo es que la educación de élite sea precisamente la pública y que la gente se pelee por una plaza pública, no por su gratuidad sino por su calidad. ¿O es que el hijo de la portera no merece las mismas oportunidades que el del notario que vive en el sexto piso de la misma finca? Miren Vds., por poner un ejemplo paralelo, la mejor sanidad pública del mundo en estos momentos es la española y eso se nota en que, aunque existe la privada, la gente, cuando está enferma de verdad, quiere que lo lleven a un hospital de la Seguridad Social. El rey de Suecia envió a sus hijos al colegio público que le correspondía por el distrito donde tiene el palacio. Eso me gustaría a mí, que los políticos, los famosos, los ricos –grupos que no siempre coinciden en su contenido- y la familia real no tuviera a menos el llevar a sus hijos a un colegio público. Y solo cuando hubiera carencia de plazas se hiciera una selección de los menos afortunados económicamente para que los más afortunados, que pueden pagarlo, llevaran a sus hijos a otros colegios. La educación de élite que sea la pública.
o En cuarto lugar, no me molesta que haya centros de élite y, en este caso no me refiero a la calidad de la enseñanza, sino al pijerío de los que asisten a ellos, y, en este caso, pienso que, si se lo pagan ellos, que hagan lo que quieran, incluso establecer un sistema de ingreso mediante un examen que elimine a los menos adelantados –cosa que hoy en España está prohibida y no llego a entender la causa.
o En quinto lugar, no me gusta nada –y en esto no se mete mi interlocutor- que la enseñanza religiosa se imparta en las aulas de los colegios públicos. La religión se enseña y se vive en casa y en la parroquia. Las plazas de profesor de religión, de la confesión que sea, en los colegios públicos que pagamos entre todos, no son elegidos mediante un sistema de acceso libre y con igualdad de oportunidades sino por nombramiento “digital” de los dirigentes de la propia confesión. Y además, salvo raras excepciones, no suelen impartir religión sino que la clase se convierte en una conversación masiva y poco esclarecedora sobre temas de actualidad –eso en el mejor de los casos- y al alumno no se le exige ni un mínimo examen para aprobar. Así y todo, los interesados piden que se tenga en cuenta la nota en dicha asignatura para los expedientes académicos lo que me parece, además de interesado, absurdo.
o En sexto lugar, lo que sí me gustaría que existiera es una asignatura, obligatoria para todos, de “Historia de las religiones”, que sin pretender el adoctrinamiento de nadie, enseñe a nuestros hijos el fundamento de nuestra cultura actual que bebe en las fuentes grecolatinas –con su mitología y su filosofía religiosa- y judeocristianas –con su historia sagrada y sus valores- y diera un repaso más somero por las principales religiones del mundo. Ahora que en nuestro país, las aulas son un mosaico de nacionalidades y religiones diferentes, serviría para que nos comprendamos un poco más unos a otros y los niños entiendan que las religiones no deben separar sino unir a las personas. Pero en ese caso, lógicamente, el profesor que la impartiera debería ser un funcionario como cualquier otro maestro y con el mismo sistema de ingreso, especialista en el tema religioso. Y tener cuidado, porque en los acuerdos del Estado con la Iglesia Católica, está el que en las Facultades de Teología que ésta posee, cuando los alumnos acaban de cursar lo que en el mundo eclesiástico se llama Bachiller en Teología pueden solicitar del Ministerio de Educación que se les expida el título de Licenciado en Ciencias Religiosas, cuando, en realidad, lo único que han estudiado ha sido religión católica –he mirado por Internet el programa de diferentes Facultades y en ninguna he encontrado ni siquiera una asignatura que se llamara, pongo por caso, “Religiones comparadas” o algo así. La Licenciatura debería ser en Religión Católica.