sábado, 26 de febrero de 2011

Misterio desvelado


            Pues sí, para mí era un misterio porque la entrada de “Bueno, te enviaré una jovencita de 18 años” era de las más vistas en mi blog y eso me extrañaba ya que no la considero ni polémica ni especialmente interesante. Siempre suelo escribir de cosas cotidianas y aquella anécdota había sido el motivo que tomé para dar mi opinión sobre algunas cosas que decimos sin percatarnos de la carga de significado que llevan en su mochila.

            Pero mira por dónde el otro día, de pura casualidad, descubrí que en los blogs cuando entra el propietario hay una opción que se llama “Estadísticas” en la que puedes encontrar desde qué país te han estado leyendo –lo cual me desconcierta mucho porque me han leído hasta en Japón, país en el que no conozco a nadie- hasta si han entrado en tu blog escribiendo su dirección web o por medio de un buscador y -¡aquí está la clave!- qué palabras han puesto para que saliera precisamente tu página.

            Y hete aquí que los que entran a ver mi comentario sobre lo de la jovencita ponen cosas en el buscador como “jovencita 18 años tetona” y cosas así. O sea que lo que buscan es porno o al menos fotos de jovencitas con escaso vestuario y sobradas protuberancias físicas.

            Pues ya está. Ya sabemos la causa. Y no deja de tener su gracia.

jueves, 24 de febrero de 2011

Dos cartas


Tener un amigo es tener un tesoro. Eso es así y todos lo sabemos. Pero ¿cómo podemos distinguir a los verdaderos amigos? Y más difícil todavía ¿cuándo podemos saber si para nosotros uno a quien llamamos amigo lo es realmente y apreciamos de verdad su trato y amistad?

Cualquiera de las dos cosas es difícil. A veces, el que creíamos más amigo hace o dice algo que no comprendemos, que no somos capaces de calibrar. Y otras, cuando perdemos un amigo tenemos sentimientos contradictorios: ¿es dolor por la pérdida? ¿es rabia por el abandono? ¿es un ataque de orgullo por la dignidad pisoteada? ¡Qué difícil es distinguir ese barullo de sentimientos que nacen en nuestro interior cuando algo está fallando en una relación de amistad!

Y por otra parte ¿qué hacemos? ¿cómo actuamos? ¿se lo decimos claramente? ¿no decimos nada pero vamos dándole de lado? ¿intentamos entender qué ha pasado y darle una segunda oportunidad? ¿es realmente una segunda oportunidad o habremos fallado nosotros sin ser conscientes de ello y la respuesta del otro es la lógica o al menos la normal?

He titulado esta entrada “Dos Cartas” porque ante un trato que entendemos injusto e incoherente podemos reaccionar de dos maneras. Y estas serían las muestras:

“Primera carta:

Teófilo:

No entiendo la causa de lo que pasó ayer. He esperado inútilmente una explicación por tu parte. Lo que sí tengo claro son los hechos:
-         Habíamos quedado en que nos veríamos ayer y que me enviarías por email el domicilio donde nos íbamos a encontrar. Dijiste a los diez. Yo te contesté que a las once.
-         Tu email no llegó nunca.
-         La noche antes de nuestro encuentro me enviaste un mensaje al móvil, cuyo sonido siempre tengo apagado pues no suelo recibir mensajes, diciendo que no te había llamado y que no sabías si tendrías visita. ¿La visita éramos nosotros o era otra que te impedía vernos?
-         Te llamé esa misma mañana antes de desplazarme los 70 kilómetros que nos separan. Tu asistenta contestó al teléfono, pregunté por ti, me dijo que sí estabas, me preguntó quién era. Se lo dije. Lo repitió en voz alta. Y entonces añadió: “Es que he oído la puerta”. Pensando que no querías dar explicaciones, le dije que no pasaba nada, que te llamaría al móvil.
-         Emprendimos el viaje y te llamé al móvil. Siempre salió la voz que anuncia que el móvil está apagado o fuera de cobertura. Te dejé varios mensajes de voz pidiéndote que me llamaras, que estábamos de camino o que ya habíamos llegado. Cuando colgué la primera vez vi tu mensaje de anoche pero no le di importancia; ya hablaríamos cuando nos viéramos, aunque te fuera imposible venir a comer.
-         Llamé a tu casa, al fijo. El teléfono sonó seis o siete veces y me colgaron la llamada. Podía ser un corte de línea. Lo volví a intentar pero esta vez me colgaron al primer timbrazo. No había duda. No era la línea.
-         Llegamos a tu ciudad, hicimos un recado, comimos en un restaurante y nos volvimos a casa. Como es lógico comentamos todo lo sucedido y ninguno de los dos supimos encontrarle una explicación lógica.
-         Hasta ahora no he sabido nada de ti. ¿No has puesto en móvil en marcha todavía?
Hasta aquí los hechos. Ahora vienen las peticiones: Ya que has demostrado un desprecio patente por nuestro tiempo –dos personas perdimos todo el día para poder verte y comer contigo, como habíamos planeado- y nuestra compañía, no insultes además mi inteligencia dándome cualquier excusa tonta. Si no tienes una buena razón que explique lo que pasó, cállate, por favor.

Segunda Carta:

Querido Teófilo:

No sé qué pasó ayer que, al final, no nos vimos. Quizá tuviste algo que hacer, quizá no querías vernos, quizá tuviste un mal día... Lo ignoro.
Solo quiero decirte que estoy triste por tu actitud, porque ella me indica que no te encuentras bien, que te escondes de mí y creo no haberte perjudicado en nada, que no tienes confianza para contarme lo que te pasa o pedirme ayuda... Y eso sí que me duele en el alma. Quizá tienes motivos para estar de bajón... o no... lo ignoro porque no me lo has contado.
Necesito decirte que te aprecio mucho y que estoy dispuesto a hablar contigo cuando quieras llamarme haciendo como que no pasó lo de ayer, como si el día de ayer no hubiera existido..., que estoy dispuesto a escucharte si tienes algo que contar, que estoy dispuesto a ayudarte si lo necesitas, que estoy dispuesto a olvidar lo que sea... pero para todo ello también necesito que tomes la iniciativa porque nada más lejos de mi intención que ser un pesado imponiéndote una presencia que, quizá a veces te incomoda.
Cuando resuelvas lo que quieres, me lo dices. Yo sabré esperar.”

Son dos modelos de reacción hacia el mismo hecho. ¿Cuál escoger? Es difícil porque no es de sabios callar cuando la prudencia obliga a hablar, así que si no decimos lo que sentimos no podemos quejarnos si el otro no lo sabe pero si no le dejamos claro que nuestra puerta sigue abierta, quizá, después de lo pasado, le dé apuro llamar a la aldaba. A lo mejor sería bueno que escuchara las dos. Porque las dos dicen verdades.

Vds. juzgan.

viernes, 11 de febrero de 2011

El tabaco y su prohibición


He de confesarles que hace cinco largos años que no fumo. ¿Sufro por no poder hacerlo? Pues la verdad es que no. Y si me aprietan las ganas no tengo ningún inconveniente en coger un pitillo y darle dos o tres caladas; pero eso ha sucedido solo dos o tres veces en todo este tiempo y siempre lo he aplastado contra el cenicero mucho antes de que se acabara. Ya no me apetecía.
Sin embargo tengo amigos que lo dejaron hace más de 20 años y siguen teniendo un “mono” considerable. Le dicen al que fuma a su lado: “Échame un poquito de humo, anda”, consolándose con aquel sucedáneo que le depara el destino.
Lo cual me hace pensar que la adicción al tabaco es mucho más psicológica que física pues no creo que en el cuerpo de una persona que hace 20 años que no fuma quede el más mínimo rastro de la nicotina o el alquitrán que aspiró. Y sigue teniendo ganas de fumar.
Por lo tanto, el vicio de fumar se quita con una cosa: voluntad para dejarlo y, en todo caso, tratamiento psicológico pues poco pueden hacer los medicamentos –salvo quitarte la ansiedad que produce el saber que no puedes hacer una cosa que te apetece-. Ello unido a que dichos medicamentos son carísimos y que entre los efectos secundarios está que, raramente se han producido muertes por tomarlos, me hace pensar que los tales medicamentos son un negocio como un templo, destinado a engañar a las personas que no quieren hacer ningún esfuerzo por dejar algo que solo pueden dejar ellas mismas.
Poniendo estas premisas, ahora voy a abordar el tema de la prohibición de fumar en los bares. ¿Es lógica esta prohibición? ¿Está justificada?
Y aquí habría que ver, como siempre, qué bien estamos tratando de proteger para prohibir algo. Y Vds. me dirán: la salud del fumador y de quien está a su lado. Cierto, totalmente cierto. Y eso justifica la prohibición porque aunque todos los presentes en el bar estén de acuerdo en que se fume, los trabajadores, que no pueden renunciar a sus derechos por disposición legal, tienen todo el derecho a que se proteja su salud, aun en contra de ellos mismos. En su tiempo libre que hagan lo que quieran pero en el trabajo, el empresario es responsable de proteger su salud.
Pero, a la vez, me asaltan las siguientes preguntas, y supongo que no soy el único que se las hace:
-         Todos sabemos que en los cigarrillos que nos venden, las empresas fabricantes introducen sustancias para que sean mucho más adictivos que el tabaco solo. ¿Por qué no se legisla nada prohibiendo tales adiciones? No, a nadie se le ha ocurrido. ¿Será porque la industria tabaquera es una de las más fuertes del mundo y los políticos, en el fondo, le tienen miedo y solo hacen amagos de cara al público que indiquen que quieren proteger nuestra saludo pero que en verdad les importa un pimiento?
-         Cuando una persona enferma de alguna dolencia respiratoria se suele echar la culpa, de entrada, al tabaco: fumador activo o pasivo, da igual. El tabaco tiene la culpa. ¿La ciencia médica es actualmente capaz de discernir si un EPOC o un enfisema de un no fumador proviene de haber sido fumador pasivo o de la simple inhalación del aire que llena nuestras ciudades, repleto de sustancias cancerígenas que lanzan a la atmósfera las industrias y los motores de explosión? ¿Por qué no se prohíben los vehículos a motor? Ah, es que el coche, el camión… es indispensable en el mundo de hoy. ¿Y eso justifica que nos maten envenenándonos lentamente? Bueno, sí, luego se le echa la culpa al tabaco y ya está. La gente se lo acaba creyendo.
-         ¿Saben Vds. que nuestra ministro de Sanidad, Leyre Pajín, comentó, como de pasada, que estaban estudiando la posibilidad de incluir los medicamentos que supuestamente curan el tabaquismo entre los subvencionados por la Seguridad Social? ¿Saben lo que pueden llegar a pagar las farmacéuticas en forma de sobornos a los políticos de turno –no digo que lo hagan- porque eso se apruebe?
Supongo que queda clara mi postura: no al tabaco pero no también a todas las demás cosas que pueden perjudicar nuestra salud y el Gobierno ni nombra ni se acuerda de ellas si no es en sospechosas circunstancias. Y, desde luego, dejar la puerta abierta a aquellos que quieran constituirse en Asociaciones de Fumadores siempre y cuando no tengan asalariados y se sirvan ellos mismos.
No me digan que su enfermedad gastará recursos de la Seguridad Social en forma de asistencia que no tenemos por qué pagar los demás. Aunque eso es cierto ¿Por qué pagamos la rehabilitación de drogadictos cuando el comercio de la droga no paga ningún impuesto y sí el del tabaco? ¿Por qué damos pensiones no contributivas a personas mayores cuya hacienda ha sido puesta convenientemente a nombre de los hijos y entonces alegan que no tienen medios de subsistencia? ¿No existe una obligación en el Código Civil de dar alimentos a los familiares? ¿Por qué he de sufragar yo esa pensión si la persona en cuestión sigue disfrutando de los mismos o parecidos ingresos que antes de jubilarse o en el caso de que no sea así lo disfrutan sus hijos que tienen obligación para con ellos? ¿Por qué, en España, una persona quebrada delictualmente puede seguir abriendo empresas a su nombre o siendo Administrador de una Sociedad? Porque incluso en el caso de que esté inhabilitado, como no existe un Registro Oficial de Inhabilitados, no se puede controlar. Y luego, todos esos vendrán a pedir una pensión no contributiva por no tener medios de vida cuando durante la misma se han pulido lo que les ha venido en gana.
Estoy harto del fraude fiscal, de la doble moral, de la corrupción política, del problema estructural de la economía de España, de la tolerancia de la población hacia los desmanes de sus mandamases en cualquier parcela del país.
En definitiva: estoy harto de que el hombre sea tan poco hombre, porque cuando más se aleja del animal que fue, peor es la sociedad que crea.

miércoles, 9 de febrero de 2011

De las canicas a los videojuegos


Vamos a tener entre nosotros una nueva colaboradora: Berta Marín. Una periodista chilena de larga trayectoria profesional que nos deleitará con sus artículos. Ella misma se declara una mujer cristiana con participación activa en su Iglesia. Este es el primer artículo que nos envía. Que disfruten con él.


En la era digital en que vivimos hay adultos que experimentan cierto menoscabo al reconocer que “no se manejan con estos artefactos modernos”, léase cualquier equipo electrónico, desde un reloj pulsera a un videograbador.
Entonces, lo más corto y fácil, es recurrir a un nieto.”M’hijito, ¿podría, por favor…?
Casi escucho el suspiro de superioridad, fastidio y resignación con que el niño o el adolescente oprime por aquí, gira por allá, digita en éste o al otro lado y ¡ya!
¡Qué fácil! ¿no?
Nunca tanto. Es solo cuestión de habilidades y práctica. Recordemos que el mejor aprendizaje se hace haciendo. A bailar…se aprende bailando. A cocinar…cocinando. A nadar…nadando. A caminar…andando, cuántas más horas, mejor, y así hasta desembocar en la consola del más sofisticado aparato electrónico del momento que viene a ser algo muy complejo para nosotros, la generación que pasó ya los 50 y que es ¡papaya! para niños y adolescentes.
El problema es que hoy muchos niños y adolescentes – especialmente en los países desarrollados donde la vida familiar se da en un  marco frágil y cambiante - confunden la práctica y la afición, con la adicción. Y ser adicto a cualquier actividad no es bueno ni recomendable porque conlleva pérdida de equilibrio en la distribución de tiempo e intereses con consecuencias funestas.
La punta del iceberg en esta materia la representan los videojuegos, el boom de la entretención tecnológica móvil que a partir de los 90 tiene de cabeza a la sicología, la sociología, la medicina, a educadores, a legisladores  y a los medios de comunicación para valorizar su beneficio – o perjuicio - a la sociedad.
La respuesta definitiva sigue en compás de espera, a pesar de que  en un estudio realizado por la Universidad de Valencia en l992, el videojuego ocupaba el primer lugar entre los juguetes preferidos por el 62 % de los niños españoles, segundo lugar en el caso de las niñas, por detrás de los juegos de misterio.
La violencia fantástica ocupa, lejos, el primer lugar de las preferencias y la tendencia es creciente, lo que obliga a pensar que los videojuegos son mucho más que tecnología asociada a  recreación.
Dos serían las razones del gran impacto de los videojuegos.
·                   Por una parte, la gran afinidad que existe entre los valores, actitudes y comportamientos que promueven éstos y los que que imperan en la sociedad actual. Como el sexismo, la competitividad, el consumismo, la velocidad, la violencia, la agresividad, etc.
·                   Por otra, desde el punto de vista del aprendizaje, los videojuegos cumplen muchos de los requisitos que una eficaz enseñanza debe contemplar, y en la mayoría de los casos lo hacen mejor incluso que nuestros actuales sistemas educativos.
Veamos algunos de estos valores. La competitividad, por ejemplo,  es uno de los ejes de nuestra sociedad, presente en todos los niveles y todos los ámbitos, en la empresa, el deporte, la familia, etc. Ocupa un papel importantísimo en la infraestructura de los videojuegos, tanto en la competencia con otros como en la competencia con uno mismo.
La violencia es otra de las dimensiones que tienen un gran espacio en el conjunto de los videojuegos y que, lamentablemente, está muy presente en nuestra sociedad, puesto que vivimos en un entorno violento, sobre todo a través de la televisión, en donde se destaca como tema estelar de películas, telenovelas y aún en la selección del recuento informativo diario.
El uso del sexismo y del erotismo con fines comerciales y la difusión y promoción de los roles sexuales diferenciados y en relación de dependencia, también tiene un fuerte eco en los juegos de pantalla, al igual que son utilizados por la publicidad diaria con el fin de conseguir objetivos económicos.
La velocidad es otra de las características de nuestra sociedad moderna. Numerosos juegos muestran este aspecto competitivo relacionado con la velocidad de coches, motos y otros vehículos, en total consonancia con lo que ocurre en la vida real.
El consumismo, puesto que la iniciación en el mundo de los videojuegos supone un fuerte impulso para el desarrollo de actitudes y comportamientos consumistas, con la compra de aparatos, accesorios, cambios de modas, revistas especializadas, etc.
Los videojuegos entonces estarían reproduciendo valores y características propias de nuestra sociedad. Pero aún más importante es comprender que lo hacen bien. Hacer las cosas bien puede parecer obvio…pero no siempre se logra.
Por eso los sociólogos analistas del tema nos advierten:Al contrastar esta actividad con otras realizadas en el aula o en el hogar, comprobamos que el desequilibrio en cuanto a  la motivación de la conducta es totalmente favorable hacia los videojuegos.Ni en la escuela ni en la familia se realizan, por lo general, actividades lúdicas que por sí solas produzcan gran satisfacción, ni existe un conocimiento exacto de los fines a conseguir, ni un refuerzo inmediato y constante por los logros conseguidos, ni una actividad programada para desarrollarse con una dificultad progresiva. Tanto en la escuela como en la familia se realizan muchas veces tareas rutinarias, para las que no existen estímulos tan intensos como en el videojuegos(luces, sonidos, manipulación), que casi nunca reciben una recompensa, mientras que por el contrario son más abundantes los silencios o los castigos. La maquina nos hace una demostración de cómo se juega, nos plantea claramente las reglas del juego, nos permite jugar al nivel adecuado a nuestras posibilidades, nos facilita el progresar continuamente, nos invita a manipular y a manejar instrumentos y resolver problemas, nos dice inmediatamente el nivel que hemos conseguido, nos da recompensas si cumplimos determinados requisitos, nos dice cuándo hemos alcanzado el récor, nos permite inscribirlo públicamente, nos aplaude, nos anima, ... en suma, nos da la oportunidad de sentirnos héroes, en algunos casos de identificarnos con héroes reconocidos socialmente, como Rambo, de ser un poco "mejor" cada día.
Esta serie de circunstancias sólo se dan en los videojuegos y no se dan en la vida escolar ni en la familiar de una manera tan intensa.La constante repetición es una de las formas de afianzar comportamientos y de permitir mayor dominio de la actividad cada vez. Por ello, a fuerza de repetición y de jugar durante muchas horas, los niños y adolescentes llegan a convertirse en grandes expertos y alcanzan progresivamente puntuaciones o niveles superiores. El videojuego les muestra diariamente, de modo palpable y cuantificable, todo lo que están progresando, de manera que cada día que avanza consiguen un mejor nivel.
¿Y qué del “lado b” de los videojuegos, ese que destacan los medios de comunicación como artífices de la conducta violenta de algunos adolescentes?
Desde l973, año en que  se creó el juego de Pong, simulando una rudimentaria partida de tenis, y después la creación de los Space Invaders (matamarcianos), Pac-Man (come-cocos), y otros similares, comenzó una "carrera armamentista” que ha dado paso a juegos con un componente violento, bélico y agresivo  cada vez con mayor  intensidad y más realismo. Los juguetes de guerra actuales son "casi reales", como el de la Guerra del Golfo; las peleas callejeras son casi humanas, en cuanto a sus movimientos y la sangre que se esparce por la pantalla; los combates entre humanos o entre seres de otros mundos son cada vez más brutales, tal como "Mortal Kombat", en el que la versiones segunda y siguientes superan en crueldad a la primera.
De ahí que exista la opinión generalizada de que este tipo de juegos no puede aportar nada bueno en el desarrollo psicosocial  de los  niños, aunque muchas veces las opiniones y los juicios vertidos se hagan más sobre consideraciones intuitivas que basadas en investigaciones serias.
Pero ¿ realmente hay necesidad de “verdades científicas en esta materia”? ¿Acaso no sabemos “que la violencia engrendra violencia”?.
Del conjunto de  preocupaciones que el uso, y sobre todo el abuso de los videojuegos provoca en los educadores, destacamos las siguientes :
Los videojuegos están muy cargados de violencia y agresividad, por lo que  repercuten negativamente sobre el comportamiento de los niños y adolescentes, aunque algunos sugieran una función catártica al encauzar la violencia y darle una salida. 
Hay también  quienes piensan que la violencia de los nuevos juegos no es superior a la que se ha representado desde hace siglos en la literatura infantil universal, el cine, los comics, etc. El cuento de Caperucita Roja, Blancanieves, Pulgarcito, y otra serie de clásicos vendrían a ser el antecedente de los actuales modos de jugar con los ordenadores.
Y por más que quiera negarse, los videojuegos recogen y denuncian la realidad imperante en cuanto a  sexismo ya que la mayoría  representa a personajes masculinos. Las  pocas figuras femeninas que aparecen lo hacen en situación de inferioridad, de segundo plano, de cautivas que hay que rescatar, en actitudes de sumisión, mientras que los personajes masculinos están representados de forma activa, valiente y dominadora.
Hay todo un mundo de investigaciones pendientes respecto del impacto de los videojuegos en la personalidad de los adolescentes. Los padres de hoy, de cualquier nacionalidad o nivel social, observan alarmados el cambio operado en su hijo, esa“doble personalidad”  que exhibe ante ellos, monosilábico, desmotivado frente a todo y a todos, falto de energía y de alegría existencial. Otro, enfrentado a la pantalla con figuras en movimiento, tensos los pulgares en el control, atento a cada gesto del personaje en acción, captando todas las señales que le vienen por los audífonos, así juege con amigos o con con compañero virtual. ¡Dispara!¡Ataca!¡Cuidado! ¡Oh….!
Si el juego se refiere a matar enemigos – por lo general lo es – lo mejor será no interrumpir ya que en la forma en que  lo mirará no reconerá a su hijo, y  se sentirá fuera del mundo virtual en el cual él es el amo y Ud. un extraño.
Mientras lo mira gesticular con la adrenalina al máximo, estoy segura que se estará preguntando sobre qué pasó  con los juegos de calle que jugábamos cuando niños y adolescentes.
¿Por qué las canicas, el volantín, el trompo y el balón ya no los atraen?
No tenemos la respuesta. Creo que estamos recién enfrentándonos a una nueva realidad social para la cual no estamos debidamente preparados y, como todo lo nuevo, nos asusta.
Lo único que podemos hacer por lo pronto, mantengámosnos muy cerca de nuestros adolescentes para que, tengan la absoluta certeza de que todo cuanto hagan nos importa. Pídamos con sencillez de corazón que nos expliquen una y otra vez lo que no entendemos…¡Quién sabe si al explicar  un videojuego podemos razonar juntos respecto del mundo real y conocernos más uno al otro!
Podemos o no ser diestros en el manejo de artefactos electrónicos de última generación; podemos estar delante o detrás de la brecha digital. ¡Con los años vividos nos hemos ganado ese derecho!, pero no podemos juzgar ni menos condenar a nuestros niños o jóvenes porque se fascinen y se concentren en usar aquellos juguetitos que mentes adultas inventaron a partir de sus propias necesidades sicosociales.
La tecnología con su carga de bienes y de males volverá a sorprendernos mañana…porque, como en la canción, todo cambia. Lo único que no cambiará es la necesidad de amarnos y entendernos como seres humanos para acceder a un mundo mejor.




sábado, 29 de enero de 2011

Mis hijos creen que no me entero de nada

Mis hijos se creen que no me entero de nada. Ahora mismo, la pequeña, a la que le toca cuidarme este fin de semana, me acaba de poner un pijama nuevo de felpa, calentito. Me ha embutido los brazos en las mangas de un batín de lanilla del pirineo, feo como un espantapájaros, y entre ella y la india que me cuida me han depositado levemente en el silloncito donde paso las horas muertas.
Soy viejo. No me gusta eso de la tercera edad. En realidad, yo ya estaría en la cuarta pues tengo 94 años, edad a la que casi nadie llega en plenas facultades. Desde luego, yo no solo no las tengo plenas sino que apenas me queda ninguna. No recuerdo qué he comido a medio día, no recuerdo cuando me ducharon ni lo que pasó ayer, ni antes de ayer, ni el otro... No hablo porque no tengo nada que decir. Quizá si lo intentara, la voz saldría de mi boca más cascada que en otro tiempo pero audible. Pero no me apetece. Mis hijos hacen y deshacen. Me cogen, me levantan, me dan de comer - “¡Abuelo, abre la boca!”-, me visten, me desnudan, me acuestan; cuando vienen visitas, como si fuera tonto, me preguntan “¿Sabes quién soy?”. Yo les miro fijamente en un intento de que se den cuenta de que ni soy un niño ni me he vuelto tonto. Solo soy un anciano. Pero, claro, no comprenden, porque ellos han sido niños, adolescentes, jóvenes, pero viejos no han sido nunca y no saben imaginarse cómo es y qué pensamos.
He perdido mi memoria de tiempo cercano y las ganas de relacionarme con los demás. Y ellos, los demás, piensan que no recuerdo nada, que mi vida es como la de un vegetal –con todo lo que ello significa porque, vamos a ver, ¿cómo saben que un vegetal no tiene memoria o sentimientos? No lo sabe nadie pero los científicos todo aquello que no pueden probar lo niegan absurdamente, sin dejar un resquicio a la posibilidad de que sea-, que no pienso, que no recuerdo a mi mujer, que no recuerdo mi juventud, que mi vida ha entrado en una especie de vacío existencial.
Se equivocan. Hoy mi hija pequeña me señala y le dice a la india que me sonrío -¡será un rictus involuntario! ¿de qué puede sonreír? De nada.
Se equivocan. Hoy ha venido a mi memoria, nítidamente, un hecho de mi vida que me ha hecho sonreír, y ellos no conocerán nunca el motivo de mi sonrisa. ¿Para qué he de hacer el esfuerzo de contarlo si no lograrán entenderlo?
Tengo 14 años y es verano. Como todos los veranos, éste lo paso con mi abuela paterna y su hermana en un pueblo manchego. Alfonso XIII se mantiene en el poder como puede pero eso a mí no me preocupa. Me desazona mucho más la criada que ese año ha contratado mi abuela. Tiene 16 años y a mí me parece ya una mujer en sazón. La espío, la deseo, pienso en ella a toda hora. Este invierno se les murió la mujer que las servía y esta la ha sustituido. Bendito cambio: las hebras rubias de su cabello me parecen el oro más bello del mundo, los pechos ya formados en todo su esplendor tironean de los delanteros de la blusa y ésta se abre mostrando el canalillo más apetitoso. Los ojos color miel con un puntito de picardía me miran, a veces, yo diría que golosos. Me apetece pero no acierto a acortar la distancia que nos separa a pesar de que vivimos en la misma casa.
Esta noche he ido al cine de verano, al que me tengo que llevar la silla de casa porque, en realidad es un descampado con una pantalla hecha de sábanas blancas ensambladas unas con otras y colgadas en la trasera de un pajar. La película, de la que no recuerdo nada más que salía una chica que me la recordaba, acabó tarde y, al llegar a casa, mi tía y mi abuela se habían ido a dormir pero dejaron a la criadita esperándome en el comedor. Volví achispado y atrevido y ella me recibió reprochándome la tardanza que la hacía acostar tan tarde
       Señorito ¡cuánto ha tardado!
       Pero ha valido la pena: al volver he encontrado un tesoro.
       ¿De qué tesoro habla? ¿De mí?
       ¿De cuál va a ser, criatura? ¿No eres tan apetecible como un tesoro?
       Pues si tanto le apetezco suba a mi habitación ahora –dijo mientras echaba escaleras arriba.
       Sí mujer y que me encuentre la puerta cerrada con llave.
       ¿Con llave? ¡Tómela! –me lanzó la llave por el aire para que yo la atrapara y siguió subiendo la escalera hasta que, en mi estupor paralizante, la perdí de vista.
No me atreví a subir. Me fui a mi habitación y no pude dormir. Pasó una hora, dos, tres y yo seguía sin tomar una decisión y dando vueltas a las llaves entre mis manos. Hasta que la imaginé una vez más en mis brazos, sonriendo, dócil, cariñosa, complacida... y, sigilosamente me levanté. Descalzo como iba y sin querer encender la mortecina luz de la bombilla para no despertar a mi abuela y a mi tía, comencé el ascenso a las golfas de la casa. Su puerta me esperaba junta, sin cerrar; y sin pensarlo dos veces me metí entre las sábanas con ella.
El desastre más horrible comenzó entonces. Ella, harta de esperar a un indeciso como yo, se había dormido hacía  horas y, al notar a su lado a otra persona, despertó súbitamente gritando: ¡Socorro, socorro, ladrones, ladrones! Me lancé de la cama, salí al pasillo a todo correr -¡Ay, si tuviera que hacer aquello ahora!- y salté los escalones de cuatro en cuatro para llegar a mi cuarto y acostarme antes de que salieran mi abuela y mi tía al pasillo y se dieran cuenta de lo que pasaba. Pero las desgracias nunca van solas. Tuve tan mala pata que en el segundo rellano, ya casi llegando a mi destino, tropecé con la plancha de la ropa que habían dejado allí para que se enfriara. Era una de aquellas planchas de hierro, huecas, para meter en su interior carbones al rojo vivo. Le di una patada, la plancha se abrió y esparció el carbón ya apagado; resbalé, me rompí el tobillo, me tizné de negro el blanco calzoncillo y las piernas, rodé escaleras abajo y, entonces, entonces... se encendió la luz y me vi hecho un ovillo justo delante de mi tía y mi abuela, ambas con gorro de dormir y camisón blanco largo, que parecían fantasmas añadidos a mi pesadilla.
Me miraban con seriedad, tratando de que la risa no les asomara a la cara pero no acababan de conseguirlo. Me cogieron, me llevaron al comedor, llamaron al médico que me enyesó el tobillo, y no me preguntaron ni por curiosidad qué hacía yo a esas horas bajando por la escalera.
Y a la mañana siguiente, como por arte de ensalmo, la chiquilla había desaparecido de nuestro hogar.


sábado, 15 de enero de 2011

Las razones de una decisión


En mi anterior entrada les comenté cómo había surgido en mí el deseo de escribir una novela: de la percepción instantánea de un problema que los medios de comunicación airean cada vez más. No les voy a decir qué problema es este. Solo les voy a contar lo que sentí.
Sentí una tremenda indignación cuando conseguí imaginar los detalles de aquella noticia que tantas veces había oído y nunca me había calado. Sentí impotencia, sentí rabia ¿Sentí odio? No, no lo sentí. Pero sí sentí compasión por la víctima y por el autor. Con todo lo que esa palabra significa: padecer con. Acompañar en el sufrimiento.
Y me preguntarán Vds. ¿El autor sufrió? Y yo no les puedo contestar con seguridad nada. Lo más probable es que sintiera –y mucho- el hecho de que había sido descubierto. Lo que hizo seguramente no.
Hay personas que no tienen la capacidad de ponerse en la piel de los demás, de tratar de sentir lo que sienten otros, de compadecer. Eso a mí me mueve a compasión porque es una desgracia descomunal. Saber que estás dañando a otro ser y no ser capaz de parar de hacerlo, de dominarte... es digno de lástima.
Con ello no pido justificación para el autor. Nada más lejos de mi intención. Pero creo que se está tratando como delincuentes –que lo son- y aplicándoles los castigos previstos como si fueran unos delincuentes comunes y eso, eso no lo son. No son delincuentes comunes que reaccionen como una persona normal. A estos habría que aplicarles medidas de seguridad constantemente. Los delitos prescriben, las penas se cumplen o también se extinguen con el paso del tiempo pero las medidas de seguridad deben ser aplicadas siempre que una persona suponga un peligro para alguien. Y ellos no dejan nunca de ser un peligro. Estén donde estén: en la escuela, en la sanidad, en el ejército, en la cárcel, en la Iglesia, en el paro, en la familia... Siempre son y serán un peligro. No cambian. No pueden cambiar, a veces ni siquiera quieren cambiar.
Por eso sentí tanta emoción –y entiendan esta palabra como lo que es: la reacción corporal ante un estímulo- al comprender lo que era preciso que hubiera pasado para que dieran aquella noticia. La emoción se volvió sentimiento cuando la procesé. Del hipotálamo pasó a mi consciencia y la conciencia mi impuso la actuación.
Comencé una investigación en toda regla para comprender yo mismo si aquello eran hechos aislados que podían darse en cualquier parte o existía algún sector que los amparaba. Entonces fue cuando me di de narices con la hipocresía de quien dice una cosa y hace, no ya lo contrario, sino todo lo contrario; de quien niega el pan y la sal a todo un colectivo, a su visibilidad, a su normalización, y esconde y arropa dentro de su casa el abuso de las prácticas cuyo ejercicio normal niega para los demás. Solo es un sector pero ese sector es una realidad y de forma fáctica sostiene el entramado. Lo que no he podido saber es si ese sostenimiento se hace mediante la colaboración de unos miembros con otros o simplemente se mira a otra parte para no tener que actuar. Creo que es esto último, que ya es bastante, claro.
No crean que no tengo miedo. Lo tengo. Decir públicamente algunas cosas aunque sea a través de una obra de ficción –pero que refleja la realidad- es duro para cualquiera.
Quién ha leído mi novela declara que ésta produce un efecto enganche casi inmediato, y que luego deja una resaca difícil de sacarse de encima.
Solo me propuse, al escribir, tres cosas:
-         a) Que el texto fuera inteligible para todo el mundo.
-         b)  Que el lector deseara seguir leyendo.
-         c) Que provocara en el lector algún sentimiento.
Por los comentarios de quienes ya la han leído, creo que he conseguido las tres cosas.
No es perfecta pero no pretendo ganar el Nobel. Me conformo con transmitir mi rabia y mi impotencia a los demás y, si acaso, fomentar su conciencia protectora de los débiles.
Supongo que las críticas serán feroces y enconadas. Habrá quien niegue lo que digo. Pero lamentablemente el ambiente que describo es cierto. Los hechos inventados, desfigurados... pero ese mundo existe.
Ya me dirán.

sábado, 8 de enero de 2011

Las noticias que escuchamos pero no oímos

Uno está por casa haciendo sus cosas y no se fija en lo que va diciendo la televisión. El aparato va vomitando noticias de países lejanos que no sabemos ubicar en el mapa y nos da la cuenta de los muertos y heridos que ha habido en la última catástrofe. Después, la locutora cambia el tono de su voz y se hace más cantarina y entendemos que la noticia que viene a continuación no es de ese estilo. Será que alguien ha ganado una medalla en no sé qué competición deportiva, que a alguien le han dado un premio por algo, o sencillamente una anécdota simpática. Cuando me paro a pensar lo que ha dicho la muchacha, morena y guapa, en la que me he fijado al pasar, no recuerdo gran cosa. Es como todos los días: malas noticias y las que no lo son, intranscendentes. Esa información que no llega a calar nuestra consciencia a fuer de repetírnosla. Todos los días hay varios muertos en nuestras carreteras, una inundación o incendio o terremoto, agresiones entre bandas rivales... abusos de todo tipo. Pero ¿qué más me da a mí? –parece pensar nuestro cerebro por su cuenta- si yo sigo en mi casa tan ricamente y de lo único que me tengo que preocupar es de hacerme la comida con esas navajas frescas que he comprado en la parada del pescado cuando me ha llamado la pescatera porque conoce mis gustos. Y me siento a la mesa después de cocer los berberechos con un poquito de limón, que es el complemento indispensable según decía mi madre, y voy cogiendo las valvas y me cabrea que algunas estén vacías porque me obliga a perder un tiempo precioso en el que uno de mis hijos o mi mujer mete la mano y se lleva otro berberecho que, de no haberme salido fallido éste, habría podido ser para mí. Es inconsciente ese afán por que todo sea para uno mismo pero no podemos negar que lo tenemos aunque lo reprimamos y consigamos neutralizarlo en casi todas las ocasiones. La tele sigue parloteando y nadie le hace caso por la sencilla razón de que todo eso lo hemos oído muchas veces y tenemos un callo en la parte del cerebro que tendría que sacudir nuestro corazón para que nos percatáramos de lo que realmente pasa en el mundo y lo dramático que es vivir en algunos sitios. En vez de ello, nuestro seso, cumpliendo alguna función que se le desarrolló a lo largo de la evolución de nuestra especie para protegernos, nos amortigua el sonido que entra por las orejas y nos acorcha las entendederas para que no nos demos cuenta de lo que está pasando fuera de nuestro pequeño círculo.
Pero hoy ha pasado algo que yo no quería que pasara porque sabía que el día que ocurriera me quitaría la felicidad y tendría que hacer algo porque si me escaqueaba del deber que nadie me imponía me sentiría culpable toda la vida. He oído una noticia que había oído decenas de veces y no me había hecho ninguna mella. Todo lo más un comentario cansino: Hay que ver cómo está el mundo. Es que ya no se puede confiar en nadie. Pero hoy el locutor me ha lanzado un dardo directo al corazón y no he podido pararlo a tiempo. He oído la noticia, que él leía en la máquina esa que les ponen enfrente para que ni siquiera tengan que bajar la cabeza a ver el papel o ejerciten la memoria, y, de golpe y sin pensar, he comprendido en un instante o, mejor dicho, he tenido interés de comprender en ese instante, lo que aquellas palabras encerraban. La televisión tiene la ventaja de que las imágenes que emite no huelen, y en la mayoría de ocasiones les quitan el sonido original. Pero esa noticia, la que a mí me tocó el corazón, no tenía imágenes -¿Cómo iba a tenerlas?- con lo que la huella que dejaba en el televidente era nula. A mí me cogió al través, de sorpresa porque, de haberlo sabido, no me dejo; eso está claro. ¿Por qué tenía que ponerme en la piel de aquella persona que hacía las atrocidades que encerraba las palabras –suaves, eufemísticas- que decía el locutor? ¿Para comprender la atrocidad? ¿Y qué podía hacer para evitarla? Nada. Era mejor que mi consciencia no tomara parte, que no me enterara realmente de lo que decían porque esa ignorancia funcional –sé lo que dice pero no pienso lo que significa ni afecta mi vida de ningún modo- me protege y me evita tener que tomar una decisión.
Se me atragantaron las navajas, no comí más berberechos. Me levanté de la mesa con disimulo. Me metí al despacho y allí, sentado ante el ordenador, simulando ante mi familia que miraba algo por internet, me alcanzó la bomba de lleno. Había sido como una bala-bomba explosiva que primero se introduce en el organismo y luego explota haciendo un daño irreparable.
Cerré los ojos y, sin concurso de mi voluntad, las imágenes atroces de lo que debía haber sido la preparación y la comisión de aquella tropelía, pasaron por mi mente con todo lujo de detalles.
Mi corazón, ansioso, se debatía entre emprender una u otra acción o seguir sin hacer nada. Pero como el sexo que cambia –a mejor o a peor- las relaciones que toca, a mí ese instante de clarividencia involuntaria me había cambiado y sentía el deber inexcusable de hacer lo que estuviera en mi mano.
Solo sé escribir y no lo hago mal. Tenía que contar al mundo lo que era aquello y cómo se hacía. No es lo mismo oír que se ha incendiado una casa con gente dentro que oler el humo, oír sus gritos, ver actuar a los bomberos... Los detalles son lo más importante. Tenía que contar esos detalles por difícil que me resultara hacerlo. La gente tenía que conocer lo que encerraban aquellas noticias que en los últimos años daban tan repetidamente. Hasta la saciedad hemos tenido campaña de concienciación contra el maltrato a las mujeres –cosa que está bien pero que yo cambiaría por el genérico nombre de maltrato familiar y así incluiría a padres, hijos, parejas homosexuales y a todo tipo de relaciones amalgamadas por el afecto- pero no he oído ni una palabra sobre el significado de estos hechos que hoy –y otros días- han sido noticia. ¿La causa? No la sé. Quizá hay intereses ocultos o quizá la Administración no ha pensado que sea necesario.
Yo sí lo considero. Por eso he hecho lo que podía hacer: escribir un libro contándolo todo después de hacer muchas investigaciones al respecto.

sábado, 25 de diciembre de 2010

La velocidad y la educación.

Hoy he ido de viaje. A comer con la familia, como es lo normal en Navidad. La carretera, a mediodía, se encontraba bastante transitada. He salido de la ciudad sin pensar, acomodando mi velocidad a la que circulaban mis compañeros de viaje pero pronto me he percatado que estaba excediendo el límite impuesto en el tramo que atravesaba. He frenado suavemente, me he apartado a la derecha de la vía y he fijado el automático del coche en el tope de la velocidad autorizada. A partir de ese momento, he ido tratando de respetar escrupulosamente los límites que iban apareciendo a la derecha del camino. Y también, a partir de ese momento, los coches circulaban por mi izquierda a una velocidad muy superior a la mía. La conclusión que he venido a obtener es que, en ese preciso instante, era yo el conductor más peligroso que andaba por allí pues los coches que me alcanzaban, al ver de sopetón que no rebasaba los 80 Km/hora en una autovía -en obras-, frenaban bruscamente o cambiaban de carril de forma violenta cortando el paso al que venía, a toda marcha por el carril izquierdo, no sin antes obsequiarme con un sonoro pitido.

¿Era mi velocidad adecuada? ¿Eran mis compañeros los que vulneraban la ley? ¿Era esa ley de límites justa, es decir, existían razones más poderosas que el derecho de mi libertad personal para que me la coartaran en aras de una hipotética seguridad pública?

No puedo ocultar que me gusta conducir. Sobre todo con un coche potente y por carretera de montaña con mucha curva. Frenar antes de entrar a la curva y justo en su centro comenzar a acelerar para salir zumbando de la misma, frenar antes de llegar a la otra y así sucesivamente. Como pueden suponer no me gusta la autovía ni la autopista por aburrida y el único aspecto que la puede hacer más atractiva es la velocidad.

Coartan mi libertad y me prohiben conducir a partir de una determinada velocidad. En autopista o autovía, 120 Km/hora, hasta llegar a ciudad en la que no puedo pasar de 50 en el mejor de los casos.

Y no es que lo encuentre mal porque a mí me guste conducir rápido. Lo encuentro mal porque los límites de la velocidad tienen los siguientes problemas:

La limitación se impuso en los años 70 para reducir el consumo de combustible, no para salvar vidas.
En algún país europeo estos límites no existen y tienen menos muertos por accidente de tráfico que nosotros.
Quien fija estos límites -con excepción de velocidades máximas- es la empresa que hace o termina la obra. Es decir, aquí hay un completo fallo en la potestad legislativa. Es una norma limitativa de derechos que no es decidida por el Parlamento y ni siquiera es publicada en un boletín oficial. Sin embargo nos pueden sancionar si lo incumplimos. Falla totalmente el principio de legalidad. ¿Se han fijado Vds. que los tramos en obras, en ocasiones, stán tan mal señalizados que es imposible hacer caso de los mismos?
El límite de velocidad -y cualquiera que conduzca lo sabe- no depende solo del estado de la carretera, sino de la potencia del coche, y de las aptitudes y estado del conductor. Y estas dos últimas variables jamás podrán ser evaluadas por una señal de tráfico. Hay calles de las ciudades en las que circular a menos de 50 Km/hora es ridículo y hay calles en las que, por prudencia -y aunque no esté fijado así- deberíamos circular al paso de un hombre pues por la estrechez de la vía y por haber aparcado coches a los lados es peligroso cruzar la calle más rápido ya que de entre los coches y sin poder atisbarlos hasta que los tenemos encima pueden salir peatones despistados, niños o animales.

Todo esto me hace pensar en que quizá en nuestro país estamos apoyándolo todo en una legislación restrictiva y no en una educación en valores y en sentido común. Las autoescuelas no enseñan a conducir, solo enseñan a llevar un coche, que no es lo mismo ni se parece. Llevar un coche es tener la responsabilidad suficiente para saber que tenemos un arma mortal en nuestras manos y esté o no esté limitada la velocidad tenemos que adecuarla a las circunstancias ambientales. En las autoescuelas nos enseñan todas las normas teóricas y luego, en las prácticas, a aparcar, a circular sin demasiado riesgo, a maniobrar... pero echo de menos que a los aprendices de conductor no se les apele a su sentido de la responsabilidad y a la concienciación de que sus acciones pueden tener nefastas consecuencias.

Pero, claro, no es un asunto privado de educación vial sino de la educación en general. Tenemos tan interiorizado que todo lo no prohibido está permitido que, a veces, abusamos de la ley o la aplicamos fraudulentamente cumpliendo su letra mientras

¿Por qué se limita la velocidad máxima con la excusa de salvar vida cuando estamos comprobando que los quitamiedos de las nuevas carreteras que se construyen siguen apoyándose en postes que cuando son colisionados por un motorista lo parten en dos? ¿Es que el gobierno no se da cuenta que eso también salvaría vidas? Comprendo que el gasto en el cambio de los mismos de todas las carreteras en las que ya están instalados sea inmenso -no entro en el asunto del contraste entre el valor del dinero y el de las vidas humanas que eso ya sería objeto de otra entrada- pero no comprendo que se sigan poniendo en las nuevas. ¿Se hace por ignorancia de sus consecuencias? No lo creo. ¿Cobra algún funcionario o político por dejar que las empresas que los fabrican amorticen sus máquinas al coste en vidas que sea? Pues podría ser ya que cuando se impuso la obligación de llevar casco en las motos se demoró su aplicación hasta septiembre de aquel año porque los fabricantes de motos pidieron al gobierno ese retraso ya que, según su justificación, ello podría ralentizar mucho las ventas en verano que era la mejor temporada. ¿Es moralmente reprobable esa actitud o la ganancia de unos pocos justifica que haya veinte o treinta muertos más en un verano?

Creo que la velocidad es un asunto grave y no me quejo personalmente de la prohibición de rebasar las máximas fijadas e incluso procuro cumplir pero los accidentes nunca son por alta velocidad sino por que ésta es inadecuada, sea ésta legal o ilegal.

Quizá tengan razón los que afirman que lo único que mueve a los gobiernos es el afán recaudatorio ya que se podría intentar muchas otras acciones y no se hacen. Y una de las principales es la educación, que no consiste en enseñar lo que dice la ley -y a veces como burlarla- sino en lo que persigue la norma, su justificación y su conveniencia, haciendo partícipe al educando del fin común que se intenta conseguir. Mientras una persona no interioriza la necesidad de actuar de una determinada forma, ese comportamiento será forzado por la sanción pero dejará de realizarse en cuanto se tenga la firme convicción de que dicha sanción no se producirá.

Dicen que lo único que diferencia al hombre del animal es su sentido del deber. No en todos los individuos -porque hay quien no lo conoce- pero sí en la especie. Y es apelando a ese sentido del deber y de la responsabilidad como conseguiremos cambiar las conductas indeseables y crear ciudadanos útiles a la sociedad de todos.

jueves, 23 de diciembre de 2010

In memoriam

Tengo en el calendario varias Navidades que recordaré siempre con tristeza. Esta va a ser una de ellas. Y es que Jerry, mi perro, ha decidido irse para siempre.
Eso sí, se fue con las botas puestas porque ya herido de muerte, esperando a que le viera el veterinario, acostado de espaldas sobre mi regazo,. desorientado e indiferente a todo cuanto pasaba a su lado, hizo un postrer esfuerzo para girarse a mirar, a oler, a un perrillo que salía ya de la consulta. De momento, no acerté con la causa de su interés pero oí que su ama la llamó: ¡Lupe, no tires! Era hembra y Jerry, caballero como siempre, aun en su recta final se volvió a mirar/oler a una dama. Aunque fuera a distancia.
Ha dejado nuestra casa vacía. Al levantarme esta mañana he vuelto, sin darme cuenta, a rodear en la oscuridad su cama que ya no estaba. Lo estoy recordando todo el día y, de tanto en tanto, los ojos se me humedecen en una reacción que no soy capaz de controlar.
Jerry nos eligió a nosotros. Fue abandonado aún con su collar en una carretera, y lo encontramos, con más hambre que un maestro de escuela de la postguerra, en medio del campo cuando paseábamos a nuestros perros de entonces. Se vino detrás hasta casa. Caminó a una prudente distancia de todos nosotros, sin atreverse a acercarse pero sin rezagarse. Tendría unos cinco meses y ya sentía un miedo cerval hacia los humanos, pavor que le acompañó toda su vida. Quizá nuestra manada, al ser mixta –dos humanos y dos perros- le pareció menos mala.
Al llegar a casa no le dejamos entrar y se quedó gañendo en la puerta. Como un niño abandonado que no sabe adónde ir. A nosotros nos quedó el corazón encogido y un sentimiento de culpa que no nos merecíamos, pero nos mantuvimos firmes. Al fin y al cabo, a los dos días nos íbamos de vacaciones por una semana y se olvidaría de nosotros; desaparecería y, si no ves el problema, es como si éste no existiera. Así que era cuestión de aguantar los dos días que quedaban cerrándole la puerta en el hocico cada vez que entrábamos o salíamos. Eso sí, le sacamos comida. Al menos que aguantara lo que pudiera.
El día que nos fuimos le compré tres ensaimadas en la pastelería y se las puse en el suelo. Como tiene hambre se pondrá a comer atolondradamente y no se dará cuenta de que nos vamos. ¡Ilusos! Cuando se percató de nuestra marcha, abandonó la comida y comenzó a correr con desesperación detrás del coche a la máxima velocidad que le daban sus cortas patitas –era una especie de foxterrier español- hasta que sus fuerzas fallaron y se quedó mirando cómo nos alejábamos con la decepción marcada en los ojos.
Pasamos la Semana Santa en Córdoba y ni los faroles encendidos del Cristo más bonito de España lo apartaron de mi mente. Lo imaginaba solo, con hambre, sin cobijo… pero trataba de tranquilizarme pensando que, a la vuelta, habría desaparecido. Vano fue mi consuelo. Dejamos el coche en el garaje, unos metros más allá, y al llegar a nuestra puerta, sigilosos por si acaso, respiramos aliviados cuando no le vimos. Cerré la puerta con cuidado de no hacer ruido. Y no habíamos salido aun del recibidor cuando oímos un gañido acompañado de rascones en la puerta. Volvió mi mujer sobre sus pasos; abrió la puerta y allí estaba él, sentado bajo el dintel del portal, expectante, sin mover la cola, esperando… “Pasa -le dijo mi esposa-, te lo has ganado”. Y entendió al instante que había sido admitido en la manada elegida.
Fue un perro serio, nada dado a las demostraciones excesivas de afecto y mucho menos a su petición exagerada. Cuando deseaba una caricia se colocaba a tu lado y miraba intermitentemente tus ojos y tus manos. Le tocabas un poco la cabeza y le decías: “Ale, Jerry, ya está” y se alejaba satisfecho hacia su colchoneta.
Ha sido el último de una saga de diez amigos de cuatro patas: Rufo, Cuca, Charly, Doc, Sony, Negra, Black, Nela, Yaso y Jerry. Pero ya he hablado con el Refugio de Animales Abandonados y, seguramente este domingo, iremos por un perrillo de poco tamaño –ahora vivimos en piso- que sea mayor, de los que no es fácil que nadie adopte. Este nuevo perro no nos hará olvidar a todos los otros, que cada uno se ganó su lugar en nuestro corazón pero volveremos a sentir el cariño más desinteresado que existe: el de un perro a su amo.
En memoria y homenaje de todos ellos escribo esto que, quizá, quien no haya convivido nunca con un perro no sepa comprender.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Las batas de los médicos y los bares

A veces, al salir del centro de salud cuando voy al médico, me detengo un momento a tomar un café en el bar de enfrente. Es un bar modesto. Limpio, con azulejos –lo que hace reverberar las voces de los parroquianos y produce un ruido ensordecedor- hasta el techo, con las dueñas y el camarero pendientes en todo momento del cliente: de lo que quiere, de cómo lo quiere, de sus caprichos, de sus necesidades… Es agradable porque te hacen sentir como en tu propia casa. Además, guisan bien por lo que, cuando no puedo, por la causa que sea, comer en casa, me paso por allí y, si el menú no me satisface plenamente, Lourdes, una de las dueñas, me ofrece enseguida una alternativa: me pone dos primeros o dos segundos o me cambia el primero o el segundo por otro postre. Quedo siempre contento. Y es que se desviven por cada uno de los clientes que tienen.

Pero hay algo que desentona en un país con tantas normas sanitarias por metro cuadrado como el nuestro.

Constantemente –ya he dicho que el lugar queda justo enfrente del centro de salud- entran los trabajadores de ese centro a tomar su desayuno, a comer, al aperitivo, al café… No me quejo de que lo hagan. Dudo que en toda mi ciudad exista otro centro de salud con el local más cutre y el personal más amable, incluidos administrativos, enfermeros, médicos, celadores… Solo señalo que al salir del centro no se molestan en quitarse la bata blanca con la que atienden a los pacientes y que, aunque por razones obvias no he visto, la tela debe estar repleta de innumerables bacterias, bacilos, virus y demás bichitos por el estilo que, aunque invisibles por diminutos no por ello menos peligrosos.

Ya sé que yo mismo salgo del centro de salud y voy también al bar. Pero yo he estado un ratito y ellos se pasan allí toda la mañana. Por una simple regla de tres, ellos deben llevar muchísimos gérmenes más que yo, y, dado que son profesionales, deberían conocer la inoportunidad e insalubridad de la costumbre de salir vestidos con el sudario de cultivo microbiológico que es su bata.

Sin embargo, no existe norma alguna que limite o prohíba esta costumbre. Como tampoco existe una norma que obligue a todas las panaderías a que no toquen las mismas manos el pan que sirven y el dinero que cobran, cuando es sabido que las monedas también vienen llenas de “regalos” al haber pasado antes por tantas manos. Por sentido común ¿qué costaría que los sanitarios y auxiliares se quitaran la bata antes de salir del centro de salud o que el expendedor de pan utilizara una bolsa de plástico para cubrirse la mano cuando envuelve el pan a un cliente?

Quizá alguien me llame maniático pero no creo serlo. Los médicos están hartos de avisarnos cuántas gripes –sí, esa enfermedad tan común y traicionera- se podrían evitar con la sana costumbre de lavarnos las manos varias veces al día y, sobre todo, cuando llegamos a casa o vamos a comer. Y si se evitarían las gripes, supongo que pasará también con otro montón de enfermedades.

Bueno, pues desde aquí lanzo la llamada al sentido común de los profesionales –que deben dar ejemplo-, al de los usuarios –que deben exigir y practicar esa higiene-, y a las autoridades para que realicen una campaña de concienciación en esta materia. Tanto dinero que se gastaron –creo que un poco alegremente o ¿quizá debería decir interesadamente?- en asustarnos con la gripe aviar y la porcina, ¿no podrían dedicar una parte del presupuesto en concienciar a la gente sobre las virtudes de la limpieza y su incidencia en la salubridad pública y privada?

En fin… yo, desde luego, seguiré con mi costumbre de lavarme cada vez que entro en mi trabajo o en mi casa al venir de la calle –he subido en autobús o metro y me he agarrado con la mano la barra de sujeción en la que debe estar las miasmas como piojos en costura- y, sobre todo, antes de sentarme a comer.

Les invito a hacer lo mismo.

domingo, 21 de noviembre de 2010

La imagen de la miseria

Acabo de ver un anuncio en televisión. Normalmente, no presto demasiada atención a los anuncios. Me aíslo de ellos y en pocas ocasiones me entero de lo que dicen o de cómo lo dicen. Sin embargo, ya hace tiempo que una cierta publicidad me martillea el corazón. No sé cómo explicarlo mejor. Cuando la pasan y oigo esa voz paternalista de alguien muy conocido que va relatándonos lo mal que lo pasan los nativos de países del tercer mundo y, al final, nos pide dinero para ayudarles, no sé la causa, pero se me encoge un poco el alma.

¿Es concienciación por lo mal que lo están pasando esas personas? No, no lo es. Hasta ayer no supe distinguir cuales eran los sentimientos que suscitaba en mí ese tipo de publicidad.

Normalmente, se trata de ONGs que no conoce nadie. Son nuevas y utilizan la imagen de alguien famoso en el sector de los deportes, actores, cantantes, etc. Ese famoso nos habla de la situación de pobreza, miseria, esclavitud, hambre… o cualquier otra calamidad que están pasando esas “pobres personas, esos pobres niños” y lo subrayo porque no es lo mismo ser una pobre persona que una persona pobre. La diferencia es abismal.

¿Saben lo que me suscita esos sentimientos, mezcla de lástima, intranquilidad y rechazo? Las imágenes que van apareciendo ante nuestros ojos de personas, en su mayoría niños, que van paseando por medio mundo su cara de miedo, de hambre, su miseria, su malnutrición, su enfermedad…

¿Es legítimo usar su imagen para recaudar fondos? Fondos que, tratándose de ONGs desconocidas tampoco sabemos dónde van a ir a parar, si a los pobres cuya imagen utilizan o a los bolsillos del Presidente de la ONG peticionaria. Y el famoso de turno, el que acoge amorosamente en sus brazos a todos esos pobres desgraciados –es lo que evoca el spot si no aparece expresamente- puede ser también, en el mejor de los casos,  una víctima al haberse dejado convencer para hacer semejante llamamiento con la mejor de las intenciones y sin cobrar por su trabajo.

¿Saben esas personas que salen en el spot que están siendo utilizadas para recaudar fondos? ¿Fiscalizan ellos de alguna manera que el dinero que se obtiene con la lástima que provoca su imagen llegue al destino que se promete? ¿No existe una Ley en España que prohíbe el uso de imágenes de menores para ciertas actividades? ¿No protege esa ley la imagen de esos niños que exhiben su desamparo lleno de moscas por medio mundo? ¿Se ha informado debidamente –de forma comprensible para ellos- a los padres de que la imagen de sus hijos se utilizará para fines comerciales y no cobrarán nada por ello y han dado su aprobación?

A veces tardas en darte cuenta del engaño porque éste está bien urdido y apela a nuestros sentimientos más humanitarios pero algo chirría. Ya se ha destapado algún caso de estafas efectuadas por ONGs. ¿Están estas organizaciones debidamente fiscalizadas? ¿Tienen obligación de recibir los fondos de los que se nutren por canales que dejen huella, de dar cuentas a alguna autoridad, de dejar que fiscalicen sus finanzas?

Siempre decimos que el fin no justifica los medios, y tratándose de la miseria que desgraciadamente existe en el mundo menos aun. A lo peor, va y nos encontramos con que, apelando a nuestros sentimientos de solidaridad, alguna de esas ONGs tiene su sede en un paraíso fiscal y el spot que pasan en los canales de la televisión española provoca unos ingresos que engrosan la cuenta de algún indeseable que no duda en aprovecharse de la imagen paupérrima de algunas personas.

Pero esas personas, esos niños tienen su dignidad incólume y debe ser respetada. Son pobres pero no son moneda de cambio para mover a lástima a nadie -¡Pobre negrito, cuántas moscas lleva encima!- y que done dinero para una causa que nadie ha podido comprobar.

Con todo esto no quiero que crean que generalizo mi opinión a todas las ONGs. Las hay muy serias y efectivas pero, curiosamente, no pasan anuncios de este tipo.

Deberíamos mostrar nuestro rechazo a la exhibición, sin ningún pudor, de personas en situación de pobreza, de enfermedad, de miseria, de esclavitud. ¿Por qué no se les pixela la cara como hacen con cualquier menor en la misma o parecida situación en España? ¿Por qué no se exige un consentimiento válido de las personas que aparecen en el anuncio? Claro, es mucho más rentable ver los ojos implorantes de un niño que ver un cuerpo que no te mira y no interpela a tu conciencia.

No me parece un medio adecuado para recaudar fondos. Es sensiblero y manipulador y las dos cosas son inadecuadas para una acción de caridad o solidaridad. Debemos ser solidarios, ayudar a nuestro prójimo -comenzando por el más próximo- pero por convicción no por un impulso provocado torticeramente.