sábado, 15 de enero de 2011

Las razones de una decisión


En mi anterior entrada les comenté cómo había surgido en mí el deseo de escribir una novela: de la percepción instantánea de un problema que los medios de comunicación airean cada vez más. No les voy a decir qué problema es este. Solo les voy a contar lo que sentí.
Sentí una tremenda indignación cuando conseguí imaginar los detalles de aquella noticia que tantas veces había oído y nunca me había calado. Sentí impotencia, sentí rabia ¿Sentí odio? No, no lo sentí. Pero sí sentí compasión por la víctima y por el autor. Con todo lo que esa palabra significa: padecer con. Acompañar en el sufrimiento.
Y me preguntarán Vds. ¿El autor sufrió? Y yo no les puedo contestar con seguridad nada. Lo más probable es que sintiera –y mucho- el hecho de que había sido descubierto. Lo que hizo seguramente no.
Hay personas que no tienen la capacidad de ponerse en la piel de los demás, de tratar de sentir lo que sienten otros, de compadecer. Eso a mí me mueve a compasión porque es una desgracia descomunal. Saber que estás dañando a otro ser y no ser capaz de parar de hacerlo, de dominarte... es digno de lástima.
Con ello no pido justificación para el autor. Nada más lejos de mi intención. Pero creo que se está tratando como delincuentes –que lo son- y aplicándoles los castigos previstos como si fueran unos delincuentes comunes y eso, eso no lo son. No son delincuentes comunes que reaccionen como una persona normal. A estos habría que aplicarles medidas de seguridad constantemente. Los delitos prescriben, las penas se cumplen o también se extinguen con el paso del tiempo pero las medidas de seguridad deben ser aplicadas siempre que una persona suponga un peligro para alguien. Y ellos no dejan nunca de ser un peligro. Estén donde estén: en la escuela, en la sanidad, en el ejército, en la cárcel, en la Iglesia, en el paro, en la familia... Siempre son y serán un peligro. No cambian. No pueden cambiar, a veces ni siquiera quieren cambiar.
Por eso sentí tanta emoción –y entiendan esta palabra como lo que es: la reacción corporal ante un estímulo- al comprender lo que era preciso que hubiera pasado para que dieran aquella noticia. La emoción se volvió sentimiento cuando la procesé. Del hipotálamo pasó a mi consciencia y la conciencia mi impuso la actuación.
Comencé una investigación en toda regla para comprender yo mismo si aquello eran hechos aislados que podían darse en cualquier parte o existía algún sector que los amparaba. Entonces fue cuando me di de narices con la hipocresía de quien dice una cosa y hace, no ya lo contrario, sino todo lo contrario; de quien niega el pan y la sal a todo un colectivo, a su visibilidad, a su normalización, y esconde y arropa dentro de su casa el abuso de las prácticas cuyo ejercicio normal niega para los demás. Solo es un sector pero ese sector es una realidad y de forma fáctica sostiene el entramado. Lo que no he podido saber es si ese sostenimiento se hace mediante la colaboración de unos miembros con otros o simplemente se mira a otra parte para no tener que actuar. Creo que es esto último, que ya es bastante, claro.
No crean que no tengo miedo. Lo tengo. Decir públicamente algunas cosas aunque sea a través de una obra de ficción –pero que refleja la realidad- es duro para cualquiera.
Quién ha leído mi novela declara que ésta produce un efecto enganche casi inmediato, y que luego deja una resaca difícil de sacarse de encima.
Solo me propuse, al escribir, tres cosas:
-         a) Que el texto fuera inteligible para todo el mundo.
-         b)  Que el lector deseara seguir leyendo.
-         c) Que provocara en el lector algún sentimiento.
Por los comentarios de quienes ya la han leído, creo que he conseguido las tres cosas.
No es perfecta pero no pretendo ganar el Nobel. Me conformo con transmitir mi rabia y mi impotencia a los demás y, si acaso, fomentar su conciencia protectora de los débiles.
Supongo que las críticas serán feroces y enconadas. Habrá quien niegue lo que digo. Pero lamentablemente el ambiente que describo es cierto. Los hechos inventados, desfigurados... pero ese mundo existe.
Ya me dirán.

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